miércoles, 17 de octubre de 2012

De peces y hombres

¿Es el pescado de altamar parte de la dieta natural del hombre?


¿Qué clase de animal es el hombre? Es un animal terrestre que gracias a su inteligencia y desarrollo cultural ha logrado navegar los mares y alcanzar hábitats ajenos a sus particularidades anatómicas. El hombre ciertamente es capaz de nadar, pero es una habilidad adquirida por aprendizaje y no por instinto; mientras que en otros mamíferos terrestres, como los perros y los elefantes, nadar es una habilidad innata. Una sencilla evaluación anatómica del hombre revelará que es un animal adaptado para vivir sobre la tierra; por lo tanto su dieta natural también debe provenir de la tierra.  

A partir de esta premisa podemos deducir que desde el punto de vista biológico y evolutivo el hombre no está diseñado para alimentarse de peces y animales de altamar porque sencillamente son lugares ajenos a su hábitat natural. Las herramientas y habilidades naturales del hombre lo imposibilitan para capturar animales del océano. Sólo lo hace gracias a su desarrollo tecnológico y cultural, pero eso es algo ajeno a la alimentación que se deriva de sus particularidades anatómicas y ecológicas.

Concretamente mi tesis es que el hombre, siendo un animal terrestre, no debe comer animales que provienen de mar adentro, porque al hacerlo estaría violentando su dieta natural original. Pero esta condición no significa que el hombre no pueda saciar su hambre con peces y animales acuáticos. Puede comer peces y animales que viven en los ríos y lagos, tal como hace el oso pardo cuando se da un festín de salmones en los saltos de los ríos. El hombre está equipado con dos brazos que le permitirán, en un entorno estrictamente natural, atrapar peces despistados en los ríos y lagos. Quizás podamos admitir el uso de lanzas cortas para pescar en aguas someras, aunque esto ya implica una herramienta y una invasión cultural. Pero si admitimos que los chimpancés también usan ramitas para cazar hormigas como extensiones de sus dedos, podremos aceptar el uso de lanzas en el hombre.

Algunos sociobiólogos arguyen que la cultura también está determinada biológicamente, con esto la distinción entre naturaleza y cultura se vuelve borrosa hasta confundirse por completo. Claro que si consideramos la cultura como un derivado o una extensión de la naturaleza, toda diferencia se vuelve trivial. Ya no podremos hablar de naturaleza ni de cultura como dos realidades básicamente distintas. Yo creo que la cultura no está determinada, sino que es una creación contingente e histórica. La cultura es una historia de accidentes, guerras, ensayos, marchas y contramarchas, y no creo que tenga dirección alguna, al igual que la evolución biológica.

Siendo así, el hecho de que el hombre haya podido inventar embarcaciones y pescar animales del mar no implica que su organismo estaba diseñado para tal fin. Si el hombre fuese un animal que pudiera aguantar la respiración largamente y sumergirse como lo hacen los delfines y otros mamíferos marinos, entonces podríamos decir que estaba originalmente equipado para alimentarse del mar. Es verdad que desde hace miles de años el hombre ha sido capaz de alimentarse de los animales marinos, y probablemente su organismo ya se ha acostumbrado a dicha dieta, pero esto no es argumento suficiente para refutar lo dicho anteriormente. Es cierto que el carácter omnívoro y generalista de la dieta humana ha sido determinante para su sobrevivencia y expansión como especie. Pero el hecho de estar preparado para comer alimentos que no pertenecen a su hábitat natural no significa que dicha dieta sea recomendable.

¿Y qué hace un animal terrestre tan destructivo como el hombre flotando sobre el mar y atrapando miles de animales que viven en las profundidades? La presencia del hombre tiene un impacto devastador en la población de peces y mamíferos marinos. Sin duda, si el hombre no hubiese aprendido a navegar los mares, las poblaciones de animales marinos se habrían regulado por selección natural y por el complejo equilibrio que existe entre distintas especies, tal como sucedió durante millones de años antes de la emergencia del Homo sapiens. Por lo tanto es innegable que la intervención del hombre en las especies marinas ha creado un serio desequilibrio biológico en la biodiversidad oceánica.

Así como el hombre gracias a su avanzada tecnología es capaz de viajar al espacio exterior y caminar sobre la luna, evidentemente su organismo no está preparado para tal aventura extraterrestre. Si bien esto no es motivo para desaconsejar tales viajes, la espectacularidad de tales empresas no debe hacernos olvidar que el hombre es un animal terrestre y que la evolución no lo diseñó para despegar los pies de la superficie del planeta. El hecho es que ser capaz de hacer estas cosas no es motivo para pensar que son aconsejables o que el hombre no debe tener límites. El hombre cruza fronteras simplemente porque es capaz de hacerlo, y ser capaz de algo no justifica la acción ni la hace recomendable. Mucha gente cree que porque el hombre es capaz de hacer algo debe hacerlo.

Todos hemos oído hablar de los fantásticos planes para establecer una futura colonia humana en Marte. Pero aparte de los innumerables problemas técnicos que tal proyecto implica, los expertos en evolución han advertido que si tal empresa fuese posible las condiciones propias de Marte modificarían la constitución física del hombre. El hombre tendría que adaptarse a las nuevas condiciones del entorno. Entre ellas uno de los más serios es la diferencia de gravedad con respecto a la tierra (la ingravidez causa pérdida de masa muscular y problemas de descalcificación). Para eventualmente adaptarse a una superficie marciana el hombre tendría que evolucionar en una nueva especie. Y al hacerlo ya no sería un hombre, sería una nueva especie adaptada a un nuevo ambiente. Y esto sería la prueba para afirmar que el Homo sapiens no está adaptado para vivir en un entorno extraterrestre, y si insiste en hacerlo tendrá que dejar de ser lo que es.

Quizás el hecho de pescar animales de altamar no modifique la anatomía humana como lo haría vivir en Marte, pero una dieta ajena a su hábitat original sí debe tener consecuencias en su composición físico-química, del mismo modo en que un oso renuncia a comer salmones del río para comer hamburguesas del McDonald’s. Tal vez dicho oso engordará y parecerá muy sano, pero difícilmente podremos decir que esta nueva dieta antinatural es más recomendable que la anterior.

En todo caso, este argumento no será suficiente para dejar de comer pescado y mariscos; y probablemente sea cierto que una dieta rica en productos marinos sea saludable por la cantidad de proteínas y minerales que conlleva. Pero similar al argumento que utilizan los vegetarianos para justificar su rechazo a la carne, también podemos conseguir esas proteínas y nutrientes del mar en otras fuentes de alimento terrestre. En mi caso trato de no comer pescado que no puedo atrapar con las manos y hace años que dejé de comer «monstruos marinos», en parte por lo que he expuesto en este artículo y en parte simplemente porque no me gustan (algunos pican y otros están llenos de espinas traicioneras).


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