¿Qué clase de animal es
el hombre? Es un animal terrestre que gracias a su inteligencia y desarrollo
cultural ha logrado navegar los mares y alcanzar hábitats ajenos a sus
particularidades anatómicas. El hombre ciertamente es capaz de nadar, pero es
una habilidad adquirida por aprendizaje y no por instinto; mientras que en otros
mamíferos terrestres, como los perros y los elefantes, nadar es una habilidad
innata. Una sencilla evaluación anatómica del hombre revelará que es un animal
adaptado para vivir sobre la tierra; por lo tanto su dieta natural también debe
provenir de la tierra.
A partir de esta premisa
podemos deducir que desde el punto de vista biológico y evolutivo el hombre no
está diseñado para alimentarse de peces y animales de altamar porque
sencillamente son lugares ajenos a su hábitat natural. Las herramientas y
habilidades naturales del hombre lo imposibilitan para capturar animales del
océano. Sólo lo hace gracias a su desarrollo tecnológico y cultural, pero eso
es algo ajeno a la alimentación que se deriva de sus particularidades
anatómicas y ecológicas.
Concretamente mi tesis es
que el hombre, siendo un animal terrestre, no debe comer animales que provienen
de mar adentro, porque al hacerlo estaría violentando su dieta natural
original. Pero esta condición no significa que el hombre no pueda saciar su
hambre con peces y animales acuáticos. Puede comer peces y animales que viven
en los ríos y lagos, tal como hace el oso pardo cuando se da un festín de
salmones en los saltos de los ríos. El hombre está equipado con dos brazos que
le permitirán, en un entorno estrictamente natural, atrapar peces despistados en
los ríos y lagos. Quizás podamos admitir el uso de lanzas cortas para pescar en
aguas someras, aunque esto ya implica una herramienta y una invasión cultural.
Pero si admitimos que los chimpancés también usan ramitas para cazar hormigas
como extensiones de sus dedos, podremos aceptar el uso de lanzas en el hombre.
Algunos sociobiólogos
arguyen que la cultura también está determinada biológicamente, con esto la
distinción entre naturaleza y cultura se vuelve borrosa hasta confundirse por
completo. Claro que si consideramos la cultura como un derivado o una extensión
de la naturaleza, toda diferencia se vuelve trivial. Ya no podremos hablar de naturaleza ni de cultura como dos realidades básicamente distintas. Yo creo que la
cultura no está determinada, sino que es una creación contingente e histórica.
La cultura es una historia de accidentes, guerras, ensayos, marchas y
contramarchas, y no creo que tenga dirección alguna, al igual que la evolución
biológica.
Siendo así, el hecho de que
el hombre haya podido inventar embarcaciones y pescar animales del mar no implica
que su organismo estaba diseñado para tal fin. Si el hombre fuese un animal que
pudiera aguantar la respiración largamente y sumergirse como lo hacen los
delfines y otros mamíferos marinos, entonces podríamos decir que estaba
originalmente equipado para alimentarse del mar. Es verdad que desde hace miles
de años el hombre ha sido capaz de alimentarse de los animales marinos, y
probablemente su organismo ya se ha acostumbrado a dicha dieta, pero esto no es
argumento suficiente para refutar lo dicho anteriormente. Es cierto que el
carácter omnívoro y generalista de la dieta humana ha sido determinante para su
sobrevivencia y expansión como especie. Pero el hecho de estar preparado para
comer alimentos que no pertenecen a su hábitat natural no significa que dicha
dieta sea recomendable.
¿Y qué hace un animal
terrestre tan destructivo como el hombre flotando sobre el mar y atrapando
miles de animales que viven en las profundidades? La presencia del hombre tiene
un impacto devastador en la población de peces y mamíferos marinos. Sin duda,
si el hombre no hubiese aprendido a navegar los mares, las poblaciones de
animales marinos se habrían regulado por selección natural y por el complejo
equilibrio que existe entre distintas especies, tal como sucedió durante millones
de años antes de la emergencia del Homo
sapiens. Por lo tanto es innegable que la intervención del hombre en las
especies marinas ha creado un serio desequilibrio biológico en la biodiversidad
oceánica.
Así como el hombre
gracias a su avanzada tecnología es capaz de viajar al espacio exterior y
caminar sobre la luna, evidentemente su organismo no está preparado para tal aventura
extraterrestre. Si bien esto no es motivo para desaconsejar tales viajes, la
espectacularidad de tales empresas no debe hacernos olvidar que el hombre es un
animal terrestre y que la evolución no lo diseñó para despegar los pies de la superficie
del planeta. El hecho es que ser capaz de hacer estas cosas no es motivo para
pensar que son aconsejables o que el hombre no debe tener límites. El hombre
cruza fronteras simplemente porque es capaz de hacerlo, y ser capaz de algo no
justifica la acción ni la hace recomendable. Mucha gente cree que porque el
hombre es capaz de hacer algo debe hacerlo.
Todos hemos oído hablar
de los fantásticos planes para establecer una futura colonia humana en Marte.
Pero aparte de los innumerables problemas técnicos que tal proyecto implica,
los expertos en evolución han advertido que si tal empresa fuese posible las condiciones
propias de Marte modificarían la constitución física del hombre. El hombre tendría
que adaptarse a las nuevas condiciones del entorno. Entre ellas uno de los más
serios es la diferencia de gravedad con respecto a la tierra (la ingravidez
causa pérdida de masa muscular y problemas de descalcificación). Para
eventualmente adaptarse a una superficie marciana el hombre tendría que
evolucionar en una nueva especie. Y al hacerlo ya no sería un hombre, sería una
nueva especie adaptada a un nuevo ambiente. Y esto sería la prueba para afirmar
que el Homo sapiens no está adaptado
para vivir en un entorno extraterrestre, y si insiste en hacerlo tendrá que
dejar de ser lo que es.
Quizás el hecho de pescar
animales de altamar no modifique la anatomía humana como lo haría
vivir en Marte, pero una dieta ajena a su hábitat original sí debe tener
consecuencias en su composición físico-química, del mismo modo en que un oso
renuncia a comer salmones del río para comer hamburguesas del McDonald’s. Tal
vez dicho oso engordará y parecerá muy sano, pero difícilmente podremos decir
que esta nueva dieta antinatural es más recomendable que la anterior.
En todo caso, este
argumento no será suficiente para dejar de comer pescado y mariscos; y
probablemente sea cierto que una dieta rica en productos marinos sea saludable
por la cantidad de proteínas y minerales que conlleva. Pero similar al
argumento que utilizan los vegetarianos para justificar su rechazo a la carne,
también podemos conseguir esas proteínas y nutrientes del mar en otras fuentes
de alimento terrestre. En mi caso trato de no comer pescado que no puedo
atrapar con las manos y hace años que dejé de comer «monstruos marinos», en
parte por lo que he expuesto en este artículo y en parte simplemente porque no
me gustan (algunos pican y otros están llenos de espinas traicioneras).
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