viernes, 28 de septiembre de 2012

En serio, ¿alguien de verdad alguna vez aprendió a bailar rock & pop?



Tú que ahora eres lo suficientemente viejo como para recordar tus primeras fiestas juveniles en los oscuros años ochenta, haz memoria. Mírate en una esquina de la fiesta escondido tras el parlante, abrazado a tu vaso de ron con Coca-Cola; aterrado al pensar que pronto tendrás que salir al centro de la pista de baile y fingir que sabes bailar. Al frente se sienta una hilera de chicas que simulan no estar interesadas en sus potenciales pretendientes. Llevan el pelo como el trío letal de los Ángeles de Charlie.  Quieres sacar a la más guapa, pero te expones a un rechazo en público que te acomplejará por tus siguientes cinco años (por lo menos), así que inteligentemente eliges una chica menos llamativa. De pronto reconoces los pegajosos acordes iniciales del 45 de Footloose; entonces saltas al ruedo y te diriges a tu presa. Ella acepta sin ganas y sin apenas mirarte el acné que erupciona insolentemente en tu cara lampiña. Luego buscan algún vacío en la pista donde iniciar el ritual.

Entonces decides que es hora de bailar. Mueves tus extremidades inconexamente sin gracia, pero miras al vacío sin preocupación como si supieras lo que haces. No sabes que hacer con los brazos que quedan colgando penosamente (por fortuna uno sigue ocupado con el vaso de ron con Coca-Cola). Observas de reojo a tu pareja que también hace lo que puede en su versión irremediablemente femenina. Y todo esto se repite año tras año, pero nadie realmente sabe cómo aprendió esos primeros torpes pasos de baile que luego serán tan decisivos en las futuras conquistas y derrotas del corazón y la carne.

Si nadie sabe de dónde sacó su forma de bailar es porque no lo sacó de ninguna parte. Fue un aprendizaje autodidacta producto de la imitación de algunos ejemplos exitosos; de tardes viendo el video Thriller de Michael Jackson o los estrambóticos pasos de John Travolta en Saturday night fever. La pregunta es: ¿por qué la gente toma clases para aprender a bailar salsa, flamenco o tango, pero por lo general no toman clases para bailar rock, pop o salsa? Creo que es porque se ha instalado el dogma que sostiene que el rock y el pop se pueden bailar como sea. Es parte de una supuesta «expresión democrática corporal». Esto explica los movimientos torpes y sin gracia en las pistas de baile y la timidez e inseguridad que rodean a miles de Travoltas frustrados.

Y esto, que parece ser algo frívolo y pintoresco, en realidad tiene consecuencias trascendentales. El baile es una forma de seducción y participa activamente en la selección sexual. Dicho de otra forma, los mejores bailarines serán más exitosos que los torpes bailarines con dos pies izquierdos. Independientemente de la belleza física de una persona sus movimientos también tienen mucho que ver. Movimientos con gracia, coordinados y con ritmo aumentan el atractivo físico considerablemente (por algo «gracia» se define como belleza en movimiento).

En el caso de las mujeres, posiblemente ellas se fijen más en las habilidades desplegadas en la pista de baile por sus parejas, mientras que ellos se fijarán más en los atributos físicos de las chicas que en su forma de bailar (o dicho de una forma menos elegante, ¡qué importa como baile si está buena!). Además, un buen bailarín normalmente va acompañado de una personalidad extrovertida y sociable. El saberse hábil en la pista refuerza la autoestima y permite desplegar mayor seguridad. Estas virtudes son decisivas a la hora de intentar conquistar alguien del sexo opuesto.

Por todo esto me parece extraño que hasta el momento nadie haya convocado una manifestación masiva en las calles para exigir que el baile se tome más en serio. Incluso debería enseñarse en los colegios como asignatura obligatoria (quizá un peldaño por debajo en importancia tras asignaturas imprescindibles como literatura y filosofía). Y debería enseñarse en paralelo al tenebroso curso de educación sexual, pues ambas cosas ―el baile y el sexo— suelen manifestarse juntos. Pero los bailes que se deberían aprender en edad juvenil no son el flamenco, la danza árabe o el tango (sin menospreciar dichos bailes), sino los bailes que los jóvenes usan cada fin de semana de manera espontánea; es decir el rock, el pop y la salsa (prefiero no sugerir lo mismo para subgéneros decadentes como el reggaeton y el hip-hop —sin olvidar el desvergonzado «perreo», cuyo baile no requiere mayor aprendizaje).

Con estas lecciones de baile los jóvenes aprenderían los pasos básicos de cada género musical para luego añadirle pasos de su propia cosecha, así que no se diga que esto atenta contra la libertad del movimiento corporal. Más bien permitirá el nacimiento de un baile coordinado y con cierta belleza que ayudará al bailarín a sentirse más confiado en la pista de baile, además de ofrecer un espectáculo más digno a su pareja y de paso crear menos fealdad en el mundo (que no es poca cosa). Al mismo tiempo ayudará al danzante a vencer su timidez y competir con mayor seguridad en la feroz selección sexual que se desenvuelve sin piedad en las discotecas.

A todo esto se podría añadir la ventaja de reducir la vulnerabilidad de los jóvenes frente a esas grotescas coreografías que inundan las pantallas de televisión e Internet. La mayoría de esas coreografías sólo desvirtúan la esencia de los movimientos de baile de cada género, pero dado que dichos movimientos tienen como objetivo captar la atención del público ―acompañados por una pieza musical generalmente también de dudable calidad― son cada vez más extravagantes, como si se tratara de una película de Hollywood que no tiene más sentido que unos deslumbrantes efectos especiales destinados a iluminar envases gigantes de pop-corn.

Tras todo esto me imagino que el lector estará suponiendo que yo también pertenezco a esa trágica generación que tuvo que sacar sus primeros pasos de baile de un sombrero de mago. Es verdad; pero desde entonces he tenido tiempo para aprender algunos pasos más para salir del apuro. En todo caso, mal que bien, sigo siendo un hombre que baila.


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