La decadencia de la ortografía en la era ciberespacial
Este tema no tiene nada
nuevo; es algo que se ha abordado muchas veces, pero dado que el mal ortográfico
persiste y se extiende, parece que todos los esfuerzos por contenerlo han
fracasado. Así que yo también me comprometo en la lucha por salvar el lenguaje escrito
de su degeneración. Sé que lo que voy a decir en estos párrafos podrá sonar muy
impopular y probablemente no recibiré muchos «me gusta» en Facebook; pero eso
me tiene sin cuidado. Toda resistencia tiene su precio.
Cada vez que le pregunto
a alguien (usualmente muy joven) por qué escribe mal me mira desconcertado como
si hubiese preguntado una obviedad. Además me lanza una mirada de soslayo que
me califica como un viejo fuera de moda. «Así se escribe en esta época»,
sentencian categóricamente con arrogante desenfado. Estos vejadores del
lenguaje además afirman saber como escribir correctamente, pero luego dicen que
este es el nuevo lenguaje de los jóvenes. Es decir, si escribes bien ya no eres
joven, ya no eres cool, no estás in. Simplemente no perteneces a los nuevos
tiempos modernos. Yo los miro con tristeza y pestañeo confundido.
La zona cero de la epidemia ortográfica parece estar en los segmentos
más jóvenes de la población conectada al ciberespacio, generación que cuando
escribe generalmente lo hace en oscuros mensajes SMS encriptados en sus
teléfonos celulares. Pero luego esta epidemia empezó a expandirse a edades cada
vez mayores. Claro está que los adultos no tan jóvenes se dejan contagiar
fácilmente en parte debido a esa irresistible tentación de querer ser
eternamente joven. La manera de usar el lenguaje describe el mundo y la forma
de pensar del hablante.
Pero más allá de la moda
de escribir mal están las consecuencias reales en sus afectados. Todo profesor
de colegio ha comprobado los efectos de la epidemia en sus jóvenes alumnos que,
embrutecidos como zombis posmodernos, están ciegos ante su propia enfermedad.
Lo que no saben es que la buena ortografía es un aprendizaje que empieza desde
muy temprana edad y se perfecciona lentamente durante años de estudio. Pero al
mismo tiempo, la mala ortografía —al igual que una feroz mala hierba— tiene su
propio crecimiento y sus perversos efectos también se enquistan en la
vulnerable mente de su portador.
Puedo entender que cuando
se usa el chat y se intenta charlar
en tiempo real se cometan muchos abusos por razones prácticas y por una inocultable
torpeza psicomotriz. Existe cierta licencia que envuelve la comunicación
inmediata, que al igual que la voz en tiempo real, está sujeta a errores y
abreviaciones. Pero esto no justifica el lenguaje mal escrito que se emplea impunemente
en correos electrónicos y en mensajes en Facebook y en otras redes sociales. La
deformación lingüística aquí se hace por pura flojera, es una extensión de los
malos hábitos de la comunicación por chat.
Uno de los barbarismos más
brutales que últimamente han mostrado sus síntomas en esta gran epidemia es la descarada
omisión de los signos de interrogación y exclamación al comienzo de las frases
(en una burda imitación de la ortografía inglesa). Claro que esto también se
hace por pereza; pero si en español se usan signos al comenzar las preguntas o
exclamaciones es porque el lenguaje así lo exige. El lector no puede saber si
la frase es interrogativa o no hasta leer el signo de interrogación final. En
inglés esto se soluciona utilizando una estructura gramatical inicial que anuncia
al lector que la frase es interrogativa.
Muchos académicos
justifican la deformación lingüística diciendo que el lenguaje es un fenómeno dinámico
que evoluciona al igual que lo hace un ser vivo, y que esas deformaciones no
deben ser entendidas como pérdidas sino como modificaciones que reflejan
cambios en la mentalidad de sus hablantes. Todo esto puede ser cierto, pero más
allá de la postura del «todo vale» considero que esta justificación ha
conducido a una indiferencia que finalmente empobrece y deja al lenguaje
indefenso. Ya nadie se preocupa por él. Sólo algunas minorías que usan el
lenguaje en su trabajo diario, como intelectuales, escritores, académicos o
periodistas se preocuparán de hacer un uso adecuado del idioma. Pero la gran
mayoría que lo usa de forma corriente ya parece haber perdido todo respeto
hacia las antiguas reglas.
Parece haber un patrón en
el proceso de la destrucción del lenguaje y cualquier otro sistema complejo.
Tal como señala la teoría del caos, todo sistema tiende hacia el desorden,
hacia la entropía constante. Y la lucha continua contra esta descomposición
demuestra que para mantener un sistema funcionado correctamente hace falta un
esfuerzo, una exigencia constante. Y cuando lo que se intenta preservar
pertenece, como el lenguaje, a todos y a nadie, la lucha es mucho más difícil.
Es como cuando se intenta mantener las calles limpias. Es un objetivo común que
demanda la colaboración de todos; pero entre los que usan las calles están
aquellos que tiran la basura en los papeleros y los que lo tiran a la calle,
justamente porque sienten que la calle no les pertenece, no se sienten
comprometidos en la tarea de mantenerla limpia.
¿Y por qué se tiende al
desorden; por qué los escribientes se rebelan alegremente contra las reglas de
ortografía? En parte es porque es más fácil no respetar las reglas, justamente porque
respetarlas exige un aprendizaje previo, exige conocerlas. Así que esta
rebelión también está asociada a la pereza, la ignorancia y la mediocridad.
Pero quizás la parte más perversa de esta epidemia silenciosa es el absurdo prestigio
social que la envuelve. Se ha instalado la creencia de que escribir mal es
ahora socialmente aceptable. Está de moda. Esto sólo motiva a los no infectados
a dejarse contaminar para ser más aceptados por los demás. Es una estrategia
perfecta para una epidemia que se extiende utilizando la inseguridad y el temor
a ser rechazado. Si escribir mal está de moda y está asociado a ser joven,
rebelde y audaz ¿cómo entonces convencer a la gente que escribir bien es
realmente importante, que la elegancia de las formas importa, que no se trata
de una pretenciosa frivolidad?
La solución del problema
requiere la complicidad de todos. Una posible medida sería corregir
inmediatamente todas las publicaciones en Facebook y otros medios que contienen
abusos y horrores de ortografía.
Cuando yo hago esto mi buena disposición suele ser vista como arrogancia y en
muchos casos mi interlocutor se enfada y patea el tablero. Yo siempre intento
explicar que corregir no es un acto de arrogancia sino un acto pedagógico de
protección y ayuda mutua (es decir, un acto de amor). Corrijo para curar y no
ser contagiado. Claro que sería mucho más fácil no hacer nada y dejar que la enfermedad
se expanda libremente, y de hecho esta epidemia se extiende sin parar porque
nadie hace nada por impedirlo, justamente porque se considera políticamente
incorrecto corregir el mal uso lingüístico en los demás, apelando a una
supuesta libertad expresiva, como si se tratara de una libertad de preferencias
musicales o gastronómicas.
Cuando alguien me corrige
quedo agradecido por haberme ayudado a ser un poco menos ignorante. Molestarse
sería estúpido. Lamentablemente mucha gente se siente ofendida. Pero yo les
digo: qué importa si alguien deja de hablarme o si se ofende si lo que he
conseguido es educar y proteger al lenguaje contra su descomposición. Es un
precio que bien vale la pena pagar una vez examinadas las prioridades.
Otra medida quizás un
poco más radical sería multar el mal uso y abuso del lenguaje. Claro que para
esto habría que instalar un complejo sistema para detectar los abusos y
castigarlos inmediatamente, pero seguro que deben existir personas capaces de
diseñar semejante sistema. Ahora que vivimos en la sociedad de la vigilancia
constante, vigilar la mala ortografía no debe ser tan difícil. Además el delito
gramatical queda expuesto y publicado sin que su autor pueda negarlo. Al mismo
tiempo la medida tendría un efecto secundario muy favorable: limitaría la
enorme cantidad de mensajes innecesarios que inundan el ciberespacio a diario,
limitando el rango de acción de los malvados piratas ortográficos.
Mientras tanto, todos
aquellos que aún creen que las formas importan deben luchar contra esta
epidemia ortográfica. Ya no sirve ignorarla y hacer como si no pasara nada. No
crean esa estúpida idea que sostiene que la mala ortografía es un derivado de
la libertad expresiva; eso es sólo una perversa estrategia para expandir la
enfermedad. La decadencia no puede ser el producto de la libertad. Finalmente la
epidemia ortográfica es también un subproducto de la ignorancia y la
mediocridad, enfermedades mucho más graves y contagiosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario