El título de este artículo quizás parezca escandaloso, pero en realidad decir que la inteligencia humana es un error evolutivo no tiene como objeto subestimar su valor ni ignorar su maravillosa complejidad y riqueza. Sin duda, sería estúpido no reconocer que la inteligencia humana es una creación asombrosa. Pero ello no demuestra que desde el punto de vista evolutivo nuestra inteligencia no es una singularidad, un accidente en los azarosos caminos de la evolución. Afirmo que es un error porque para las demás especies y para el planeta nuestra inteligencia constituye un serio peligro. Mientras más inteligente somos, más destructivos somos para el entorno y los demás organismos cuyas inteligencias son mucho más modestas.
Creo que la inteligencia humana es un error porque está fuera de toda proporción con respecto a las otras especies. Ello nos hace cada vez menos naturales, menos animales. Por eso estamos cada vez más alejados de la naturaleza, y por lo mismo nos servimos de ella como una herramienta, un medio para satisfacer nuestros mezquinos y egoístas intereses humanos. La pasmosa desproporción de nuestra inteligencia en comparación con los demás animales nos hace sentir «especiales» ―y para muchos los elegidos de un dios que hemos inventado para hacernos también especiales― y nos hace creer que tenemos derecho a utilizar el resto del planeta para nuestro propio beneficio. Una de las lamentables herencias de la ideología cristiana fue justificar la explotación de la naturaleza por mandato directo de temperamental dios arquitecto del Génesis. Esto tranquiliza las conciencias piadosas de millones de creyentes que aprueban la instrumentalización de otros animales y el saqueo sistemático de recursos naturales para nuestra propia comodidad. Aunque es obvio que nuestra inteligencia se usa también para crear belleza e inventos útiles y sorprendentes, también la usamos para satisfacer placeres frívolos e innecesarios que sólo destruyen los recursos y el hábitat de los otros animales menos afortunados. Espero que mi reclamo no se confunda con posturas ecologistas de moda, ni con un sentimiento antiprogreso o antitecnológico. Creo que mi acusación pretende ir mucho más allá.
Resulta curioso pensar que nuestra capacidad intelectual es básicamente la misma que la de los cavernícolas que habitaban el planeta hace 20,000 años. Al examinar un cerebro primitivo un neurólogo diría que fisiológicamente son casi iguales al cerebro moderno; pero no son los cerebros los que han cambiado desde hace miles de años, son las ideas. Lo que quiere decir que las ideas modernas que pueblan nuestras cabezas también fueron potencialmente pensables hace miles de años, pero no fueron pensadas porque el entorno no exigió que lo fueran. Sucede algo similar cuando recordamos la vida hace 30 años sin Internet ni teléfonos celulares; sería burdo pensar que entonces éramos menos inteligentes porque no habíamos imaginado tales inventos. La historia de la inteligencia es un camino de retos que fueron superados muy lentamente. Al comienzo de la historia miles de personas sufrieron las consecuencias de las inclemencias del entorno, y fueron sólo algunos individuos quizás un poco más listos que el resto quienes tuvieron ideas revolucionarias para solucionar problemas y hacer la vida menos difícil.
Alguien podría objetar que la inteligencia humana no es producto de un error, puesto que su potencial no es responsable de las acciones morales que le siguen. Estos críticos consideran que es el uso que hacemos de esta inteligencia lo que es condenable, y no la inteligencia per se. Pero en un sentido estricto la inteligencia superior es la condición para poder entrar en cualquier deliberación moral, y es también la condición causal para elegir determinada conducta moral. En otras palabras, la inteligencia nos hace seres morales ―o «racionales», con toda la ambigüedad de la palabra―, y nos quita toda inocencia natural (los otros animales no son agentes morales, por lo tanto están exentos de cualquier responsabilidad moral). Al ser tan inteligentes es difícil no verse tentados en elegir conductas perversas y egoístas. La inteligencia siempre buscará desarrollar todo su potencial sin tomar demasiado en cuenta los convencionales límites morales, que al fin y al cabo también son creación suya. En cambio, una inteligencia cognitivamente más modesta, más animal, nos liberaría de la posibilidad de hacer un daño irreparable.
Uno de los factores que sin duda contribuyó al desarrollo de nuestra desmesurada inteligencia fue la invención de la agricultura y la ganadería hace aproximadamente 10,000 años. Antes de estos avances el nomadismo exigía seguir las migraciones de los animales, además de buscar frutos y vegetales que crecían de manera silvestre. Era una vida sujeta al azar. Con una existencia así había muy poco tiempo para sentarse a pensar en otras cosas aparte de comer y protegerse del clima. La agricultura luego trajo el sedentarismo. Esto permitió usar el cerebro para solucionar nuevos problemas, problemas que seguramente antes no existían en la rústica vida nómada. Ahora el hombre podía pensar en construir herramientas para cazar, cultivar, asegurar un aprovisionamiento constante de agua y comida, además de construir una vivienda más segura y permanente. Más tarde, el dominio de los metales permitió crear artefactos, herramientas y armas fuertes y durables.
Durante milenios el ser humano ha vivido en relativa armonía con el mundo natural, aún con sus inventos y tecnología, debía organizar sus actividades junto con la naturaleza, de la que tomaba su alimento y energía. En la Edad Moderna los inventos como la electricidad y la máquina de vapor permitieron el nacimiento de la revolución industrial y la producción en serie. Con esto se instala un sistema capitalista de producción masiva que pretende satisfacer todas nuestras necesidades de la vida moderna. Pero en realidad una vez satisfechas nuestras necesidades elementales todo lo demás es accesorio, es lujo y exceso, con fines esencialmente económicos. Pero no es necesario seguir enumerando todos los inventos que revolucionaron la inteligencia humana, basta con mencionar estos ejemplos para ilustrar cómo fueron algunos inventos y descubrimientos los que nos hicieron tan artificialmente inteligentes.
El cambio de producción, de una escala doméstica e individual típica de la producción artesanal medieval, a una producción masiva industrial, significó un cambio dramático en la utilización de los recursos para satisfacer esta nueva industrialización. Aquí ya tenemos un ejemplo del daño que nuestra inteligencia productiva hizo al resto del planeta. Creo que la antigua producción artesanal no afectaba seriamente la sostenibilidad de los recursos naturales, porque su escala era bastante reducida pensada para una población también sujeta a un crecimiento lento y limitado debido a la falta de medicina moderna. Con la llegada de la ciencia médica la esperanza de vida se duplica y con ello la cantidad de consumidores de toda esta producción masiva. Más gente requiere más recursos y ello significa una mayor depredación. En una época más simple la muerte temprana también aseguraba un gasto moderado de los recursos. El famoso término de moda «desarrollo sostenible» es una falacia que las empresas usan para ganarse una reputación ecológica para al mismo tiempo ser más simpáticos en los ojos de los clientes y así aumentar su negocio; pero la realidad es que todo desarrollo significa destrucción de recursos y hábitats de otros animales. Mientras no cambiemos la idea de seguir creciendo y acumulando dinero y bienes el desarrollo sostenible siempre será una falsedad colectiva.
La próxima vez que estén caminando en la calle y se encuentren con un rascacielos, deténganse a observarlo. Busquen en ese gigantesco y brutal objeto algún rasgo de naturaleza. Compárenlo con los árboles que lo decoran en su base. Luego examinen los veloces y poderosos automóviles que recorren la ciudad. ¿Dónde está la relación entre estos inventos y el entorno natural? No hay ninguna. Ahora comparen nuestra inteligencia con la del chimpancé, la vaca, el gato o la de una lagartija que se calienta al sol. Resulta evidente, —y de aquí proviene la tesis central de este texto— que la relación entre nuestra inteligencia humana y la de los demás animales es indudablemente desproporcionada, aún comparándola sólo con los llamados «mamíferos superiores», los animales cerebralmente más próximos a nosotros. Por eso creo que es un error. De haber tomado un curso tal vez menos estrambótico, la evolución nos hubiese hecho primates quizás algo más listos que los chimpancés y gorilas, pero con inteligencias similares y en proporción al resto de los primates. Pero aún así, tal vez todavía tendríamos viviendas (pero mucho más rústicas), algún tipo de vestimenta rudimentaria y algunas herramientas, como lo tenían los rudos y pelirrojos neandertales. Con ello esta inteligencia estaría en proporción con la de la biodiversidad que nos rodea; formaríamos parte del conjunto natural y dejaríamos de ser una especie tan nociva para las demás especies.
Ser tan inteligentes alimenta la egocéntrica creencia de que esta facultad única justifica nuestro deseo de dominar y utilizar a las demás especies y recursos naturales. Asimismo hace de la historia de la Tierra la historia del hombre en ella, simplemente porque los demás animales no hacen historia (en el sentido en que lo conocemos, claro está). Es también una peligrosa justificación para pensar que somos el producto final de un proceso evolutivo de tendencia perfeccionista; el producto final de un largo y tedioso camino evolutivo —como pensaban algunos de los primeros naturalistas como Lamarck―, insinuando con ello que la existencia de un lagarto no tiene más sentido que el de ser un paso intermedio entre su anodina simplicidad y nuestra significativa complejidad. Pero ya que somos los únicos que podemos hacer descripciones, el antropocentrismo es inevitable, pero ello no debería ser motivo para no imaginar que el planeta también le podría pertenecer a otras especies.
En tiempos geológicos somos una novedad de último minuto. Si el tiempo de permanencia fuese el criterio para decidir a quién le pertenece el planeta tendríamos que admitir que vivimos tardíamente en el planeta de los dinosaurios; y si asumimos como criterio el aspecto poblacional tendríamos que decir que vivimos en el planeta de los insectos. Pero vivimos en el planeta de los hombres simplemente porque nuestra inteligencia y lenguaje nos permite afirmarlo. Y también porque nunca una especie fue tan capaz de modificar y hacer tanto daño al entorno y a las otras especies. Somos una plaga y cometemos un impune genocidio biológico, pero como somos los verdugos a nadie parece importarle demasiado. Quizás cuando aparezca una especie más inteligente que nosotros y con la misma política con respecto a los demás animales y recursos, podremos entender el alcance de nuestra soberbia y prepotencia.
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