El significado de las palabras condiciona nuestra reacción hacia ellas
¿Quién no quiere ser libre e independiente? «Somos libres,
seámoslo siempre» proclama el himno peruano. Todos queremos ser libres. Pero antes
que nada hay que advertir que, debido a su carga semántica, resulta difícil
rechazar palabras como independencia,
libertad y autonomía sin un análisis previo de sus predicados y contextos. Por
ello las preguntas que se hacen en los referéndums independentistas ―como en el
reciente caso de Escocia― llegan con una trampa oculta; una trampa creada por
la carga semántica de la misma pregunta.
Esto lo saben bien los políticos que promueven el
independentismo, por eso tienen mucho cuidado a la hora de formular la pregunta
de la discordia. La pregunta suele hacerse en positivo, quizás porque el ser
humano tiene cierta inclinación inconsciente a responder afirmativamente a
preguntas afirmativas. Existe una minuciosa estrategia psicológica detrás de la
construcción de las interrogantes; porque tal como señala la filosofía del
lenguaje, la forma de la pregunta contiene ya de por sí la mitad de la
respuesta. La consulta que se le hizo al pueblo escocés fue ¿Debería Escocia
ser un país independiente? (Should
Scotland be an independent country?). De entrada, sin meditación previa, la
pregunta se respondería afirmativamente; simplemente porque sí, porque ser
independiente tiene una carga semántica positiva. En principio todos quieren ser
libres e independientes, sin considerar las consecuencias reales de esta
situación.
Además, la respuesta afirmativa Yes fue promocionada con un atractivo logo con los colores azul y
blanco de Escocia. El cartel del Sí era bonito, lo que lo hacía más atractivo
como respuesta inmediata. Mientras el No era de un tétrico color oscuro. La
respuesta afirmativa está asociada a nociones de continuidad, concordia y
aceptación. Son conceptos amables y sugerentes. El No es, además de negación y
rechazo, desarmonía y discontinuidad. Por eso las respuestas Sí y No también
conllevan una valoración semántica que las hace más o menos atractivas al
ciudadano, condicionando su voto.
Deberíamos preguntarnos por qué no se formuló la pregunta de
la siguiente manera: ¿Debería Escocia seguir siendo parte de Gran Bretaña? (Should Scotland continue being part of Great Britain?). El significado
de la pregunta es la misma, pero su formulación puede inducir a una respuesta
opuesta. La partícula «seguir siendo» parece referir a una valoración
conservadora y poco arriesgada, lo que de entrada puede inclinar al ciudadano a
optar por el No. Tal vez por eso la pregunta se formuló desde la perspectiva
contraria; justamente porque ser independiente está asociado a conceptos como
progreso, crecimiento, riqueza y libertad. La palabra independencia tiene un significado positivo en sí misma, y ello
ejerce un inevitable efecto de seducción sobre el votante.
La fiebre independentista está basada, entre otras cosas, en
una (obvia) obsesión por convertirse en un país autónomo, lo que a su vez está
asentado en un inconfesable complejo de ser sólo
una región o provincia dentro de un país más grande. Indudablemente un país
tiene un estatus geopolítico mayor que una región. También existe el deseo de
diferenciarse del resto del país, lo que implica cierto grado de intolerancia y
xenofobia. Para declararse como un país distinto hay que asumir que la región
tiene más diferencias que similitudes con el resto del país, y ello
justificaría la separación. Por eso el independentismo es siempre discordia y
fragmentación.
En la mentalidad sudamericana la palabra independencia está envuelta en un
tufillo colonial. Inmediatamente pensamos en el periodo independentista del
siglo XIX. Para un sudamericano «independizarse» es sinónimo de librarse de un
gobierno imperialista explotador e injusto. Pero este concepto no puede
aplicarse en los movimientos independentistas de países que no son colonias ni
satélites de gobiernos imperialistas. Ciertamente Escocia no es una colonia de
Gran Bretaña, ni depende de ella. Es parte del Reino Unido de Gran Bretaña cuyo
gobierno central está en Londres. Emanciparse de Gran Bretaña no implica
librarse de un gobierno autoritario y explotador.
En los países que están formados por regiones con un grado
mayor o menor de autonomía, independizarse resulta ser un proceso innecesario y
engorroso que sólo conduce a un infierno burocrático donde hay que dividir y
duplicar todas las áreas del gobierno y la sociedad; es decir, un largo y
complicado proceso que no ofrece mayores ventajas al ciudadano de a pie. El
ciudadano que vota por la independencia de su región no llega a ser «más libre»
que antes. Sólo cambiarán sus autoridades. Los que realmente se benefician con la
emancipación son los políticos y empresarios que la promueven, pues si tienen
éxito ocuparán los puestos más altos del gobierno y podrán establecer las
nuevas reglas del juego según sus propios intereses. Al final el nacionalismo
resulta ser un gesto de propaganda, un artificio emotivo que busca convencer y
mover al ciudadano bajo la ilusión de independencia. El nacionalismo por sí
mismo siempre contiene matices de irracionalidad y fanatismo que suelen ser
utilizados con fines xenófobos y perversos.
No hay que caer en las trampas ocultas del lenguaje. Ser
independientes y libres no tiene sentido «porque sí». Sin conocer el contexto y
condiciones que rodean tal libertad, ser libre es un gesto vacío. En la
historia sudamericana la fiebre independentista empezó con Haití, que luego resultó
ser ―hasta el día de hoy― el país más pobre de toda la región. Independizarse
del yugo imperialista no trajo riqueza ni prosperidad a sus habitantes. La
lucha por la autonomía, inspirada en los valores igualitarios de la revolución
francesa, degeneró en una brutal guerra de odio racial. Desde el punto de vista
histórico se podría considerar que Haití se independizó prematuramente (la
primera declaración de independencia fue en 1801); conformada por una población
de exesclavos, carecía de una élite intelectual capaz de gobernar el país con
eficacia y planificación.
En el caso peruano, el desastroso intento del general
Velasco para erradicar la oligarquía mediante la implementación forzada de la
reforma agraria creó campesinos que de pronto se convirtieron en propietarios
autónomos de sus tierras, pero lamentablemente carecían del conocimiento
necesario para administrarlas con eficiencia, lo que finalmente trajo pobreza y
miseria a los que supuestamente debía beneficiar. Paradójicamente, aquellos
campesinos, ahora independientes y
dueños de sus tierras, estaban mejor cuando eran peones. Como vemos, ser libre
no siempre es sinónimo de progreso y bienestar.
Hay que agradecer que el movimiento independentista en
Escocia fuese derrotado en su propio campo y con sus propias reglas. Y es
injusto afirmar que aquellos que votaron por el No lo hicieron por cobardía,
temerosos de perder sus privilegios buscando evitar un supuesto desastre
nacional. Mucha gente que votó por permanecer en Gran Bretaña lo hizo por
convicción, porque realmente eso quieren. Se sienten parte de una gran nación y
al mismo tiempo se sienten escoceses. No son sentimientos excluyentes. No hay
razón para una escisión radical. Para esta gente ser independiente (en su acepción nacionalista) es un gesto ilusorio
construido sobre una semántica engañosa.
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