El reciente conflicto entre un artista y un grupo de animalistas renueva el debate sobre los límites del arte contemporáneo
| Apu Cóndor disecado con chaleco bordado y feto de llama. |
Los límites de lo que es o no es arte es un tema en constante debate. Pero
si las características esenciales del arte son la libertad y la creatividad,
entonces resulta contradictorio asumir que existen límites definidos de lo que
puede ser considerado como arte. El reciente conflicto entre la exposición del
artista Marco Carpio y un grupo de defensores de los derechos de los animales (que
llamaremos animalistas, a falta de un
término mejor) ha traído como consecuencia una clara proclamación de lo que no es arte. Según los animalistas del
Grupo Caridad —el bando agresor— el cadáver de un animal no puede ser arte
porque ello atenta contra la dignidad del animal expuesto. Aquellos que no siguieron
el caso en Facebook y en los medios de comunicación necesitarán una breve
explicación del caso.
La exposición de Carpio (terminó el 30 de noviembre) se titulaba Después de las alas de los pájaros, e
incluyó un par de impresionantes instalaciones donde había colocado una gran
cantidad de aves disecadas en un muro hecho a base de pan. Las aves fueron un
préstamo de una colección científica debidamente certificada y el artista había
realizado todos los trámites necesarios y tenía todos los permisos en regla. La
muestra también incluyó un cóndor con las alas extendidas ataviado con un
chaleco bordado y un feto de llama que daba la bienvenida al visitante. Todo se
desarrollaba con normalidad y sin problemas hasta que un grupo de animalistas convocó
a sus seguidores en Facebook para que llamaran al local protestando contra la
exposición de los pájaros disecados, alegando que ello atentaba contra la
dignidad de dichos animales. Lo que siguió fue un acoso incesante, además de
insultos y amenazas contra el autor de la exposición. El ataque fue tan
implacable que el local donde se realizaba la muestra (Casona de Artesanos Don
Bosco, en Barranco) tuvo que cerrar la exposición temporalmente para que los
trabajadores del local pudieran continuar con sus laborales cotidianas.
Lo curioso del caso es que las partes en conflicto básicamente comparten la
misma filosofía e intereses. Marco Carpio es un artista que participa activamente
en temas ambientales y en la conservación y protección animal. En un sentido
estricto, el primer animalista es él, pues según la DRAE «animalista» se le
dice al pintor que retrata animales; el uso del mismo término para describir al
defensor de los derechos de los animales aún no ha sido reconocido oficialmente
por el Diccionario; es un término que se ha popularizado por su uso. Así que desde
el punto de visto semántico fue una guerra civil entre animalistas. La obra de
Carpio es el resultado de una dramática experiencia en Madre de Dios durante
los cuatro años iniciales de la expansión de la minería aurífera ilegal, en
donde el artista fue un testigo directo de la degradación del hombre y la
naturaleza. Entre sus múltiples lecturas la muestra de Carpio tenía como
objetivo crear conciencia sobre la necesidad de proteger el hábitat de las aves
expuestas; incluso algunas aves pertenecen a especies en peligro de extinción.
Esto es lo absurdo y fascinante del caso. El punto en discusión es la
utilización de cadáveres para transmitir el mensaje. Pero el tema de la
dignidad de los cadáveres es algo irreductible a un discurso objetivo (todos o
nadie puede tener razón). Creer que algo tiene dignidad o no es casi un asunto
de fe, un tema personal e intransferible.
Obviamente el artista también creía que la exposición de las aves disecadas
no atentaba contra su dignidad, sino todo lo contrario; según el texto de Juan
Osorio que acompañaba la muestra «las aves exhalan un halo de esperanza, tanto
por ellas mismas como por su mundo en agonía». Pero por más que intentó
explicar su postura los ataques siguieron con cada vez mayor virulencia. Los
animalistas mostraron una actitud intolerante y cerrada. Insultaron al autor y a
su obra y por poco asaltan la galería con palos y antorchas, al peor estilo de
una turba medieval. El entendimiento entre ambas partes fue imposible. Al final
Carpio tuvo que mover una de las piezas «sensibles» (el cóndor) a un espacio
interior de la galería para impedir que sea vista desde la calle. Además tuvo
que publicar un texto explicativo con el respaldo de científicos y
personalidades relacionadas a la conservación animal. Con ello la exposición
siguió abierta y pudo ser visitada por una gran cantidad de público que atraídos
por la publicidad del caso quisieron comprobar los hechos personalmente.
Tras la batalla el claro vencedor fue Marco Carpio. Ganó el arte comprometido
con fines conservacionistas contra la ignorancia, la estupidez y la
intolerancia. Carpio también ha sentado un predecente importante en el arte contemporáneo
peruano: el uso de cadáveres con el fin de inducir a una reflexión filosófica
personal sobre la delicada convivencia del hombre con su entorno y los demás
animales. Sabemos que, debido al tabú occidental de la exposición de la muerte,
el uso de cadáveres siempre trae controversia, pero es una práctica ya
ampliamente aceptada en el terreno artístico; basta con mencionar las polémicas
piezas de Damien Hirst, uno de los más importantes artistas a nivel mundial. Y
décadas atrás numerosos artistas hacían sangrientos performances con cadáveres
de vacas, cerdos y otros animales.
La indignación de los animalistas es interesante porque los animales
expuestos pertenecen a una colección científica. Si bien no son piezas abiertas
al público general, sí pueden ser visitadas con fines científicos y educativos.
Habría que preguntarle a las personas ofendidas si la exposición de cadáveres
disecados en los museos también atenta contra la dignidad animal. Si es así
entonces todas las personas que atacaron la muestra de Carpio deberían ir a
protestar a las puertas del Museo de Historia Natural. La siguiente pregunta
sería ¿por qué es indigno exhibir un cadáver en un entorno artístico y por qué
no es indigno exhibirlo en un museo? ¿Qué tipo de cambio sufrió la dignidad del
cadáver al salir del museo y entrar en la galería?
De alguna manera los textos explicativos —que se publicaron tardíamente a
raíz del ataque animalista— tenían como finalidad justificar y purificar el gesto trasgresor de Carpio
al exhibir las aves muertas. Pero esta medida defensiva también contiene un par
de preguntas incómodas: ¿necesita el arte escudarse tras las amables palabras
de la ciencia y la ecología para tener validez? ¿La instalación hubiese sido
«menos digna» sin la complicidad de la ciencia? Uno de los científicos que firmó
el texto alegó que la exposición tenía una importante función educativa porque
permitió al público observar una gran cantidad de aves que normalmente no podría
ver. Si bien esto es cierto, no coincide con la intención inicial del artista
(en realidad era difícil identificar a las aves expuestas sin ser un entendido
en ornitología). Carpio —que a pesar de vivir en un entorno occidental está más
cerca de una cosmovisión andina y amazónica— cree que la santidad del cadáver
es un tema sobredimensionado. Para él la exhibición del cuerpo es un asunto mucho
más natural. La presencia del cadáver no es algo morboso ni debe dar pie a
tanto escándalo. Para Carpio cada una de las aves expuestas también contenía su
entorno y su pasado, su propia historia personal que de alguna manera irrumpió
y se hizo presente en un espacio humano y artificial. En este sentido el cuerpo
expuesto está plenamente justificado.
Está claro que las personas ofendidas estaban haciendo una clara distinción
entre el arte como simulacro de lo real y el arte como realidad. Se puede
tolerar el retrato pictórico de un animal muerto, pero no se puede admitir la
presencia real del animal. El arte siempre contiene cierta irrealidad, por ello
no puede admitir la paradoja de ser real. El cadáver expuesto se convierte en «irreal»
al formar parte de un espacio artístico. Esto es algo que no han entendido (o
no han querido entender) las personas ofendidas. No admiten el carácter irreal de la propuesta del artista. La
obra de arte es siempre un simulacro, independientemente de su forma. El arte
es siempre algo que no es del todo real. Cuando el arte pretende ser demasiado
real se sale de la esfera de lo artístico para entrar al mundo real. Pero en el
mundo real no hay obras de arte, sólo hay objetos.
Entre los incontables insultos y comentarios publicados en Internet,
algunos señalaban que el siguiente paso a la exposición de cadáveres de
animales sería la exposición de cuerpos humanos. Lo curioso es que la utilización
de cuerpos humanos con fines educativos ya existe. El mejor ejemplo es Bodies, una exposición itinerante que ha
dado la vuelta al mundo entero donde se usan cuerpos humanos reales que han
sido preservados mediante una técnica que en cierta manera los plastifica. El
resultado es una maravillosa clase de anatomía de primer nivel (afortunadamente
tuve la oportunidad de verlo en Madrid hace unos años). La muestra, que incluye
la exposición de fetos humanos, recalca que los cadáveres han sido tratados con
cuidado y respeto conservando con ello su dignidad. Aunque un observador atento
objetará que en Bodies el uso de
cuerpos humanos está circunscrito dentro de una perspectiva educativa. No es
una exposición artística. Es verdad. Parece que todavía ningún artista se ha
atrevido a exhibir el cadáver humano como arte.
La incursión de los animalistas en la crítica de arte contemporáneo ha
convertido a Marco Carpio en la encarnación del artista-héroe incomprendido por
las masas bárbaras e intolerantes; y al mismo tiempo ha comprometido la reputación
de los grupos defensores de los animales. Al final las víctimas reales de la
guerra animalista han sido los animales maltratados que los agresores dicen
defender, porque muchas de las personas que defendieron la obra de Carpio
probablemente ya no querrán apoyar la labor del Grupo Caridad (que en su campo
seguramente es digno de admiración). Y esto es realmente lamentable. Yo mismo
he sido voluntario en una importante protectora de animales en Madrid durante
ocho años, y aunque he visto algunos casos de reacciones extremas, nunca he visto
algo parecido a lo ocurrido con la obra de Carpio.
| El sueño de Martín, Aves disecadas en un muro de pan. |
Que el caso quede como un claro ejemplo de lo que puede ocurrir cuando se
emiten opiniones alegremente sin la información debida. El Grupo Caridad fue
sumamente irresponsable al incitar a sus seguidores a atacar el local donde Carpio
exponía su obra. Al final el tiro les salió por la culata. Le dieron a Carpio
la publicidad que necesitaba para difundir el mensaje de su obra a un nivel mediático
que seguramente jamás imaginó; y al mismo tiempo mostraron que el gesto de su
institución, que inicialmente pretendió ser un acto de compasión y justicia,
fue en realidad una gran animalada.
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