miércoles, 3 de diciembre de 2014

Arte, incomprensión y censura


El reciente conflicto entre un artista y un grupo de animalistas renueva el debate sobre los límites del arte contemporáneo

Apu Cóndor disecado con chaleco bordado y feto de llama.

Los límites de lo que es o no es arte es un tema en constante debate. Pero si las características esenciales del arte son la libertad y la creatividad, entonces resulta contradictorio asumir que existen límites definidos de lo que puede ser considerado como arte. El reciente conflicto entre la exposición del artista Marco Carpio y un grupo de defensores de los derechos de los animales (que llamaremos animalistas, a falta de un término mejor) ha traído como consecuencia una clara proclamación de lo que no es arte. Según los animalistas del Grupo Caridad —el bando agresor— el cadáver de un animal no puede ser arte porque ello atenta contra la dignidad del animal expuesto. Aquellos que no siguieron el caso en Facebook y en los medios de comunicación necesitarán una breve explicación del caso.


La exposición de Carpio (terminó el 30 de noviembre) se titulaba Después de las alas de los pájaros, e incluyó un par de impresionantes instalaciones donde había colocado una gran cantidad de aves disecadas en un muro hecho a base de pan. Las aves fueron un préstamo de una colección científica debidamente certificada y el artista había realizado todos los trámites necesarios y tenía todos los permisos en regla. La muestra también incluyó un cóndor con las alas extendidas ataviado con un chaleco bordado y un feto de llama que daba la bienvenida al visitante. Todo se desarrollaba con normalidad y sin problemas hasta que un grupo de animalistas convocó a sus seguidores en Facebook para que llamaran al local protestando contra la exposición de los pájaros disecados, alegando que ello atentaba contra la dignidad de dichos animales. Lo que siguió fue un acoso incesante, además de insultos y amenazas contra el autor de la exposición. El ataque fue tan implacable que el local donde se realizaba la muestra (Casona de Artesanos Don Bosco, en Barranco) tuvo que cerrar la exposición temporalmente para que los trabajadores del local pudieran continuar con sus laborales cotidianas.

Lo curioso del caso es que las partes en conflicto básicamente comparten la misma filosofía e intereses. Marco Carpio es un artista que participa activamente en temas ambientales y en la conservación y protección animal. En un sentido estricto, el primer animalista es él, pues según la DRAE «animalista» se le dice al pintor que retrata animales; el uso del mismo término para describir al defensor de los derechos de los animales aún no ha sido reconocido oficialmente por el Diccionario; es un término que se ha popularizado por su uso. Así que desde el punto de visto semántico fue una guerra civil entre animalistas. La obra de Carpio es el resultado de una dramática experiencia en Madre de Dios durante los cuatro años iniciales de la expansión de la minería aurífera ilegal, en donde el artista fue un testigo directo de la degradación del hombre y la naturaleza. Entre sus múltiples lecturas la muestra de Carpio tenía como objetivo crear conciencia sobre la necesidad de proteger el hábitat de las aves expuestas; incluso algunas aves pertenecen a especies en peligro de extinción. Esto es lo absurdo y fascinante del caso. El punto en discusión es la utilización de cadáveres para transmitir el mensaje. Pero el tema de la dignidad de los cadáveres es algo irreductible a un discurso objetivo (todos o nadie puede tener razón). Creer que algo tiene dignidad o no es casi un asunto de fe, un tema personal e intransferible.

Obviamente el artista también creía que la exposición de las aves disecadas no atentaba contra su dignidad, sino todo lo contrario; según el texto de Juan Osorio que acompañaba la muestra «las aves exhalan un halo de esperanza, tanto por ellas mismas como por su mundo en agonía». Pero por más que intentó explicar su postura los ataques siguieron con cada vez mayor virulencia. Los animalistas mostraron una actitud intolerante y cerrada. Insultaron al autor y a su obra y por poco asaltan la galería con palos y antorchas, al peor estilo de una turba medieval. El entendimiento entre ambas partes fue imposible. Al final Carpio tuvo que mover una de las piezas «sensibles» (el cóndor) a un espacio interior de la galería para impedir que sea vista desde la calle. Además tuvo que publicar un texto explicativo con el respaldo de científicos y personalidades relacionadas a la conservación animal. Con ello la exposición siguió abierta y pudo ser visitada por una gran cantidad de público que atraídos por la publicidad del caso quisieron comprobar los hechos personalmente.

Tras la batalla el claro vencedor fue Marco Carpio. Ganó el arte comprometido con fines conservacionistas contra la ignorancia, la estupidez y la intolerancia. Carpio también ha sentado un predecente importante en el arte contemporáneo peruano: el uso de cadáveres con el fin de inducir a una reflexión filosófica personal sobre la delicada convivencia del hombre con su entorno y los demás animales. Sabemos que, debido al tabú occidental de la exposición de la muerte, el uso de cadáveres siempre trae controversia, pero es una práctica ya ampliamente aceptada en el terreno artístico; basta con mencionar las polémicas piezas de Damien Hirst, uno de los más importantes artistas a nivel mundial. Y décadas atrás numerosos artistas hacían sangrientos performances con cadáveres de vacas, cerdos y otros animales.

La indignación de los animalistas es interesante porque los animales expuestos pertenecen a una colección científica. Si bien no son piezas abiertas al público general, sí pueden ser visitadas con fines científicos y educativos. Habría que preguntarle a las personas ofendidas si la exposición de cadáveres disecados en los museos también atenta contra la dignidad animal. Si es así entonces todas las personas que atacaron la muestra de Carpio deberían ir a protestar a las puertas del Museo de Historia Natural. La siguiente pregunta sería ¿por qué es indigno exhibir un cadáver en un entorno artístico y por qué no es indigno exhibirlo en un museo? ¿Qué tipo de cambio sufrió la dignidad del cadáver al salir del museo y entrar en la galería?

De alguna manera los textos explicativos —que se publicaron tardíamente a raíz del ataque animalista— tenían como finalidad justificar y purificar el gesto trasgresor de Carpio al exhibir las aves muertas. Pero esta medida defensiva también contiene un par de preguntas incómodas: ¿necesita el arte escudarse tras las amables palabras de la ciencia y la ecología para tener validez? ¿La instalación hubiese sido «menos digna» sin la complicidad de la ciencia? Uno de los científicos que firmó el texto alegó que la exposición tenía una importante función educativa porque permitió al público observar una gran cantidad de aves que normalmente no podría ver. Si bien esto es cierto, no coincide con la intención inicial del artista (en realidad era difícil identificar a las aves expuestas sin ser un entendido en ornitología). Carpio —que a pesar de vivir en un entorno occidental está más cerca de una cosmovisión andina y amazónica— cree que la santidad del cadáver es un tema sobredimensionado. Para él la exhibición del cuerpo es un asunto mucho más natural. La presencia del cadáver no es algo morboso ni debe dar pie a tanto escándalo. Para Carpio cada una de las aves expuestas también contenía su entorno y su pasado, su propia historia personal que de alguna manera irrumpió y se hizo presente en un espacio humano y artificial. En este sentido el cuerpo expuesto está plenamente justificado.

Está claro que las personas ofendidas estaban haciendo una clara distinción entre el arte como simulacro de lo real y el arte como realidad. Se puede tolerar el retrato pictórico de un animal muerto, pero no se puede admitir la presencia real del animal. El arte siempre contiene cierta irrealidad, por ello no puede admitir la paradoja de ser real. El cadáver expuesto se convierte en «irreal» al formar parte de un espacio artístico. Esto es algo que no han entendido (o no han querido entender) las personas ofendidas. No admiten el carácter irreal de la propuesta del artista. La obra de arte es siempre un simulacro, independientemente de su forma. El arte es siempre algo que no es del todo real. Cuando el arte pretende ser demasiado real se sale de la esfera de lo artístico para entrar al mundo real. Pero en el mundo real no hay obras de arte, sólo hay objetos.

Entre los incontables insultos y comentarios publicados en Internet, algunos señalaban que el siguiente paso a la exposición de cadáveres de animales sería la exposición de cuerpos humanos. Lo curioso es que la utilización de cuerpos humanos con fines educativos ya existe. El mejor ejemplo es Bodies, una exposición itinerante que ha dado la vuelta al mundo entero donde se usan cuerpos humanos reales que han sido preservados mediante una técnica que en cierta manera los plastifica. El resultado es una maravillosa clase de anatomía de primer nivel (afortunadamente tuve la oportunidad de verlo en Madrid hace unos años). La muestra, que incluye la exposición de fetos humanos, recalca que los cadáveres han sido tratados con cuidado y respeto conservando con ello su dignidad. Aunque un observador atento objetará que en Bodies el uso de cuerpos humanos está circunscrito dentro de una perspectiva educativa. No es una exposición artística. Es verdad. Parece que todavía ningún artista se ha atrevido a exhibir el cadáver humano como arte.

La incursión de los animalistas en la crítica de arte contemporáneo ha convertido a Marco Carpio en la encarnación del artista-héroe incomprendido por las masas bárbaras e intolerantes; y al mismo tiempo ha comprometido la reputación de los grupos defensores de los animales. Al final las víctimas reales de la guerra animalista han sido los animales maltratados que los agresores dicen defender, porque muchas de las personas que defendieron la obra de Carpio probablemente ya no querrán apoyar la labor del Grupo Caridad (que en su campo seguramente es digno de admiración). Y esto es realmente lamentable. Yo mismo he sido voluntario en una importante protectora de animales en Madrid durante ocho años, y aunque he visto algunos casos de reacciones extremas, nunca he visto algo parecido a lo ocurrido con la obra de Carpio.

El sueño de Martín, Aves disecadas en un muro de pan.
Que el caso quede como un claro ejemplo de lo que puede ocurrir cuando se emiten opiniones alegremente sin la información debida. El Grupo Caridad fue sumamente irresponsable al incitar a sus seguidores a atacar el local donde Carpio exponía su obra. Al final el tiro les salió por la culata. Le dieron a Carpio la publicidad que necesitaba para difundir el mensaje de su obra a un nivel mediático que seguramente jamás imaginó; y al mismo tiempo mostraron que el gesto de su institución, que inicialmente pretendió ser un acto de compasión y justicia, fue en realidad una gran animalada.
 

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