Los hábitos de consumo capitalista y el individuo como entidad filosófica también son causas del cambio climático
El cambio climático y la salud del planeta están de moda. De pronto todos se han vuelto ecologistas y comprometidos. Es bonito reciclar y poner la basura en tachos de distintos colores. Es bonito apoyar vía Facebook los intereses de los indios amazónicos, las especies amenazadas y los artesanos minoristas. Todo eso está muy bien. Pero detrás del problema existe una realidad mucho más profunda. Un asunto relacionado con hechos históricos, sociales y económicos; y sobre todo, el problema es el producto de una forma de entender la realidad, nuestras creencias sobre la forma en que debemos vivir.
El desastre ecológico que está sufriendo el planeta es la
consecuencia de varios factores, algunos de ellos naturales e inevitables. Pero
al menos dos son responsabilidad humana: la mentalidad capitalista y el imparable
crecimiento demográfico. Ambos factores van de la mano: a más gente, más
consumo de recursos. Existen numerosos estudios sobre el crecimiento
demográfico, y todos concluyen que hay demasiada gente en el planeta. Las
predicciones dicen que en el futuro la población mundial crecerá y luego se
estabilizará. Ninguna predicción habla de una reducción demográfica.
Uno de los factores que miden la riqueza de un país es la
cantidad de personas que habitan y trabajan en él. Esta fuerza de trabajo crea
riqueza, por lo tanto es indispensable para el crecimiento económico. Lo que no
se discute es la necesidad constante de crecer. ¿Por qué siempre hay que crecer
y acumular más dinero, más recursos, más cosas? El crecimiento es un concepto implícito
en el sistema económico porque es una parte fundamental del pensamiento
capitalista. Esta imparable tendencia a crecer es uno de los factores que más
daño hacen al planeta, ya que para crecer hay que consumir más recursos. Por
ende, a mayor crecimiento, mayor daño ambiental.
Reciclar, usar bombillas de bajo consumo y andar en
bicicleta son gestos muy simpáticos y nos hacen sentir mejor, pero a una escala
global aportan muy poco a la solución del problema. Todo eso no bastará para
detener el desastre. Un cambio real pasa
por un compromiso y un sacrificio mucho mayores. Hay que dejar de tener hijos,
no comprar automóviles, sacrificar las vacaciones en países lejanos, renunciar
a disfrutar de una piscina en verano, etc. El problema es que todo eso es
incompatible con la forma de vida que hemos heredado bajo la filosofía
capitalista que nos dicta que siempre debemos mejorar. Bajo la óptica
capitalista «mejorar» significa ganar más dinero, acumular objetos y gastar más
recursos. La moda ecologista ha sido absorbida por el capitalismo como una
forma más de consumo; se permite que exista porque se sabe que sus efectos son puramente
superficiales.
Frente a esta realidad se suele satanizar al capitalismo, al
mismo tiempo que se admiran otros sistemas más colectivos y solidarios. Pero la
realidad es que muy poca gente quiere vivir en una comunidad hippie (que
ciertamente es la forma de vida ecológica par
excellence). El capitalismo tampoco es el malo de la película. Si ha
triunfado es porque es el sistema que mejor refleja nuestra mentalidad, que
aunque sea feo decirlo, es una mentalidad individualista y egoísta. Queremos
más que los demás. El capitalismo también ha triunfado porque la riqueza es una
forma de distinción social. Todos quieren ser más ricos que sus vecinos,
porque, según el modelo estadounidense, enriquecerse es ser un winner.
Pero el capitalismo también ha creado muchas cosas buenas. En
su momento de apogeo, a comienzos del siglo XX, permitió a mucha gente mejorar
su calidad de vida. Creó puestos de trabajo y redujo la miseria. La idea de
crecer de forma imparable tenía sentido en un mundo y en un tiempo en que había
mucho espacio donde crecer, y había sitio para mucha más gente. La expansión
capitalista estaba plenamente justificada hace 100 años atrás. Pero el imperativo
de crecer debe tener un límite cuando el espacio para hacerlo es cada vez más reducido.
Entonces la tendencia a crecer ilimitadamente se vuelve un mal, una fuerza
negativa que conduce a un empeoramiento de las condiciones de vida; algo que
está ocurriendo hoy en todo el planeta.
Lo que no tiene límites es la avaricia humana. ¿Quién no
desea ser más rico? ¿Cuántas personas renuncian a comprar un auto nuevo u otro
departamento si tienen la posibilidad de hacerlo? ¿Cuántos empresarios se
negarán a hacer crecer su negocio para así no consumir más recursos naturales? Lamentablemente
estas personas son las que de verdad hacen la diferencia. Es muy fácil ser
ecologista si no tienes dinero para viajar en primera clase o comprar un
automóvil de lujo. El ecologismo es muy conveniente para las personas de pocos
recursos, que suelen ser ecologistas
en sus hábitos (incluso sin ser conscientes de ello).
En un tiempo sin guerras mundiales ni pandemias; una época donde
la ciencia médica minimiza la tasa de mortalidad infantil y extiende la
esperanza de vida cada vez más, la población crece imparablemente. Claro que a
nadie le gusta morir. Pero el bien individual se hace a expensas del bien
colectivo, y esto es una parte fundamental del problema. Los recursos del planeta
no están pensados para tanta gente. Las personas que tienen hijos están
contribuyendo —involuntariamente— con su grano de arena al infierno demográfico.
Claro que los Estados promueven que la gente se reproduzca porque ante una
población cada vez más anciana les preocupa que no haya suficientes personas
trabajando para pagar las pensiones futuras. Es un círculo vicioso. Necesitamos
más jóvenes para pagar las pensiones del futuro, con ello manteniendo o aumentando
la población. El problema parece no tener solución.
La mentalidad individualista es algo que va de la mano con
el impulso consumista del capitalismo. Cada individuo quiere enriquecerse a
expensas de los demás. Pero la aparición del individuo como entidad social y filosófica
es una creación histórica. El individuo moderno aparece como producto de los valores
morales y sociales de la Ilustración, es el hijo de los derechos ganados tras
la Revolución francesa. El individuo es ahora un agente activo, una realidad
con potencial para cambiar el mundo. Antiguamente, en la sociedad grecorromana
y medieval, el individuo como fenómeno social no existía. Cada persona era
parte de una comunidad y era en esa comunidad donde su vida tenía valor y
sentido. Por eso decía Aristóteles que el hombre era un animal político; se
realizaba en su sociedad a través de sus obras y aportes a la comunidad (y por
eso el exilio era un castigo terrible). Pero el individuo moderno irrumpe en la
historia como un agente capaz de tomar decisiones egoístas, protegido por el
poder del dinero y la ley, es capaz de afirmarse oponiéndose a su sociedad en
vez de colaborar con ella.
Los intereses del individuo están protegidos y garantizados
por los derechos políticos y sociales. Cada persona tiene derecho a consumir
todos los recursos que su economía le permita. Aquel que tenga dinero suficiente
es libre para construir una piscina en el jardín de su casa, sabiendo que el
agua es, cada vez más, un recurso precioso y escaso. Cada persona puede viajar
en avión a destinos lejanos cuantas veces quiera, contribuyendo con ello a la
acumulación de gases que causan el efecto invernadero. El capitalismo induce a
consumir y gastar dinero en todo lo que sea posible. Por eso la guerra contra
el cambio climático es una guerra perdida de antemano. Es la crónica de una
catástrofe anunciada. Para detener el consumo
irresponsable es necesario limitar la libertad de acción individual; pero los derechos
individuales son una parte sagrada del sistema democrático. Somos libres para
destruir y malgastar.
Para evitar la calamidad que se avecina hace falta un cambio
radical en nuestra forma de pensar y vivir. Será necesario tomar medidas
drásticas, incluso antidemocráticas, donde el bien individual esté subordinado
al bien colectivo. Los gobiernos tendrán que limitar el «derecho» de los
ciudadanos a destruir el planeta (si bien esto ya se intenta mediante multas y
otras medidas disuasorias, no es suficiente); tendrán que detener la avaricia
del mercado, regulando aquellos negocios que promuevan el consumo irresponsable
que agrava el problema de la contaminación ambiental. Pero al final sabemos que
quienes realmente gobiernan el mundo son aquellos que controlan el mercado. Las
grandes decisiones políticas y ambientales están subordinadas a intereses económicos;
porque detrás de los gobiernos hay hombres corrientes. Hombres que quieren ser
más ricos. ¿Para qué renunciar a placeres y bienes presentes en nombre de un
futuro lejano e incierto? Total, en 50 años más ya habremos reventado. ¡Qué las
generaciones futuras se encarguen del problema en su propio tiempo!
Si bien es cierto que poco a poco la población está adquiriendo
una precaria conciencia ecológica, los hábitos que se modifican son sólo
superficiales. En el fondo la gente sigue creyendo que puede vivir como siempre
ha vivido y que los recursos son inagotables. Lamentablemente mucha gente sólo
reflexiona sobre el problema cuando los efectos del cambio climático les afecta
individualmente. Mientras tanto debemos prepararnos para enfrentar los
desastres naturales que llegarán el próximo año, que según predicen los
expertos, será el más caluroso de la historia.
Mi pronóstico es pesimista. Las cumbres mundiales para
regular la contaminación industrial con el fin de detener o ralentizar el
calentamiento global están destinadas al fracaso. Son gestos políticos y
superficiales, porque en el fondo quien dicta las órdenes es el sistema
capitalista, que siempre aspira a consumir y crecer. Por otro lado nuestra época
es un momento fascinante para historiadores, antropólogos y filósofos. Somos
testigos privilegiados de la destrucción del planeta y nuestra decadencia como
especie. Lo imperdonable del caso es que sabemos las causas y lo que debemos
hacer para evitar el desastre, pero somos demasiado egoístas para hacerlo.
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