sábado, 13 de diciembre de 2014

Capitalismo, individualismo y desastre ambiental


Los hábitos de consumo capitalista y el individuo como entidad filosófica también son causas del cambio climático

El cambio climático y la salud del planeta están de moda. De pronto todos se han vuelto ecologistas y comprometidos. Es bonito reciclar y poner la basura en tachos de distintos colores. Es bonito apoyar vía Facebook los intereses de los indios amazónicos, las especies amenazadas y los artesanos minoristas. Todo eso está muy bien. Pero detrás del problema existe una realidad mucho más profunda. Un asunto relacionado con hechos históricos, sociales y económicos; y sobre todo, el problema es el producto de una forma de entender la realidad, nuestras creencias sobre la forma en que debemos vivir.

El desastre ecológico que está sufriendo el planeta es la consecuencia de varios factores, algunos de ellos naturales e inevitables. Pero al menos dos son responsabilidad humana: la mentalidad capitalista y el imparable crecimiento demográfico. Ambos factores van de la mano: a más gente, más consumo de recursos. Existen numerosos estudios sobre el crecimiento demográfico, y todos concluyen que hay demasiada gente en el planeta. Las predicciones dicen que en el futuro la población mundial crecerá y luego se estabilizará. Ninguna predicción habla de una reducción demográfica.

Uno de los factores que miden la riqueza de un país es la cantidad de personas que habitan y trabajan en él. Esta fuerza de trabajo crea riqueza, por lo tanto es indispensable para el crecimiento económico. Lo que no se discute es la necesidad constante de crecer. ¿Por qué siempre hay que crecer y acumular más dinero, más recursos, más cosas? El crecimiento es un concepto implícito en el sistema económico porque es una parte fundamental del pensamiento capitalista. Esta imparable tendencia a crecer es uno de los factores que más daño hacen al planeta, ya que para crecer hay que consumir más recursos. Por ende, a mayor crecimiento, mayor daño ambiental.

Reciclar, usar bombillas de bajo consumo y andar en bicicleta son gestos muy simpáticos y nos hacen sentir mejor, pero a una escala global aportan muy poco a la solución del problema. Todo eso no bastará para detener el desastre. Un cambio real pasa por un compromiso y un sacrificio mucho mayores. Hay que dejar de tener hijos, no comprar automóviles, sacrificar las vacaciones en países lejanos, renunciar a disfrutar de una piscina en verano, etc. El problema es que todo eso es incompatible con la forma de vida que hemos heredado bajo la filosofía capitalista que nos dicta que siempre debemos mejorar. Bajo la óptica capitalista «mejorar» significa ganar más dinero, acumular objetos y gastar más recursos. La moda ecologista ha sido absorbida por el capitalismo como una forma más de consumo; se permite que exista porque se sabe que sus efectos son puramente superficiales.

Frente a esta realidad se suele satanizar al capitalismo, al mismo tiempo que se admiran otros sistemas más colectivos y solidarios. Pero la realidad es que muy poca gente quiere vivir en una comunidad hippie (que ciertamente es la forma de vida ecológica par excellence). El capitalismo tampoco es el malo de la película. Si ha triunfado es porque es el sistema que mejor refleja nuestra mentalidad, que aunque sea feo decirlo, es una mentalidad individualista y egoísta. Queremos más que los demás. El capitalismo también ha triunfado porque la riqueza es una forma de distinción social. Todos quieren ser más ricos que sus vecinos, porque, según el modelo estadounidense, enriquecerse es ser un winner.

Pero el capitalismo también ha creado muchas cosas buenas. En su momento de apogeo, a comienzos del siglo XX, permitió a mucha gente mejorar su calidad de vida. Creó puestos de trabajo y redujo la miseria. La idea de crecer de forma imparable tenía sentido en un mundo y en un tiempo en que había mucho espacio donde crecer, y había sitio para mucha más gente. La expansión capitalista estaba plenamente justificada hace 100 años atrás. Pero el imperativo de crecer debe tener un límite cuando el espacio para hacerlo es cada vez más reducido. Entonces la tendencia a crecer ilimitadamente se vuelve un mal, una fuerza negativa que conduce a un empeoramiento de las condiciones de vida; algo que está ocurriendo hoy en todo el planeta.

Lo que no tiene límites es la avaricia humana. ¿Quién no desea ser más rico? ¿Cuántas personas renuncian a comprar un auto nuevo u otro departamento si tienen la posibilidad de hacerlo? ¿Cuántos empresarios se negarán a hacer crecer su negocio para así no consumir más recursos naturales? Lamentablemente estas personas son las que de verdad hacen la diferencia. Es muy fácil ser ecologista si no tienes dinero para viajar en primera clase o comprar un automóvil de lujo. El ecologismo es muy conveniente para las personas de pocos recursos, que suelen ser ecologistas en sus hábitos (incluso sin ser conscientes de ello).

En un tiempo sin guerras mundiales ni pandemias; una época donde la ciencia médica minimiza la tasa de mortalidad infantil y extiende la esperanza de vida cada vez más, la población crece imparablemente. Claro que a nadie le gusta morir. Pero el bien individual se hace a expensas del bien colectivo, y esto es una parte fundamental del problema. Los recursos del planeta no están pensados para tanta gente. Las personas que tienen hijos están contribuyendo —involuntariamente— con su grano de arena al infierno demográfico. Claro que los Estados promueven que la gente se reproduzca porque ante una población cada vez más anciana les preocupa que no haya suficientes personas trabajando para pagar las pensiones futuras. Es un círculo vicioso. Necesitamos más jóvenes para pagar las pensiones del futuro, con ello manteniendo o aumentando la población. El problema parece no tener solución.

La mentalidad individualista es algo que va de la mano con el impulso consumista del capitalismo. Cada individuo quiere enriquecerse a expensas de los demás. Pero la aparición del individuo como entidad social y filosófica es una creación histórica. El individuo moderno aparece como producto de los valores morales y sociales de la Ilustración, es el hijo de los derechos ganados tras la Revolución francesa. El individuo es ahora un agente activo, una realidad con potencial para cambiar el mundo. Antiguamente, en la sociedad grecorromana y medieval, el individuo como fenómeno social no existía. Cada persona era parte de una comunidad y era en esa comunidad donde su vida tenía valor y sentido. Por eso decía Aristóteles que el hombre era un animal político; se realizaba en su sociedad a través de sus obras y aportes a la comunidad (y por eso el exilio era un castigo terrible). Pero el individuo moderno irrumpe en la historia como un agente capaz de tomar decisiones egoístas, protegido por el poder del dinero y la ley, es capaz de afirmarse oponiéndose a su sociedad en vez de colaborar con ella.

Los intereses del individuo están protegidos y garantizados por los derechos políticos y sociales. Cada persona tiene derecho a consumir todos los recursos que su economía le permita. Aquel que tenga dinero suficiente es libre para construir una piscina en el jardín de su casa, sabiendo que el agua es, cada vez más, un recurso precioso y escaso. Cada persona puede viajar en avión a destinos lejanos cuantas veces quiera, contribuyendo con ello a la acumulación de gases que causan el efecto invernadero. El capitalismo induce a consumir y gastar dinero en todo lo que sea posible. Por eso la guerra contra el cambio climático es una guerra perdida de antemano. Es la crónica de una catástrofe anunciada. Para detener el consumo irresponsable es necesario limitar la libertad de acción individual; pero los derechos individuales son una parte sagrada del sistema democrático. Somos libres para destruir y malgastar.

Para evitar la calamidad que se avecina hace falta un cambio radical en nuestra forma de pensar y vivir. Será necesario tomar medidas drásticas, incluso antidemocráticas, donde el bien individual esté subordinado al bien colectivo. Los gobiernos tendrán que limitar el «derecho» de los ciudadanos a destruir el planeta (si bien esto ya se intenta mediante multas y otras medidas disuasorias, no es suficiente); tendrán que detener la avaricia del mercado, regulando aquellos negocios que promuevan el consumo irresponsable que agrava el problema de la contaminación ambiental. Pero al final sabemos que quienes realmente gobiernan el mundo son aquellos que controlan el mercado. Las grandes decisiones políticas y ambientales están subordinadas a intereses económicos; porque detrás de los gobiernos hay hombres corrientes. Hombres que quieren ser más ricos. ¿Para qué renunciar a placeres y bienes presentes en nombre de un futuro lejano e incierto? Total, en 50 años más ya habremos reventado. ¡Qué las generaciones futuras se encarguen del problema en su propio tiempo!
  
Si bien es cierto que poco a poco la población está adquiriendo una precaria conciencia ecológica, los hábitos que se modifican son sólo superficiales. En el fondo la gente sigue creyendo que puede vivir como siempre ha vivido y que los recursos son inagotables. Lamentablemente mucha gente sólo reflexiona sobre el problema cuando los efectos del cambio climático les afecta individualmente. Mientras tanto debemos prepararnos para enfrentar los desastres naturales que llegarán el próximo año, que según predicen los expertos, será el más caluroso de la historia.

Mi pronóstico es pesimista. Las cumbres mundiales para regular la contaminación industrial con el fin de detener o ralentizar el calentamiento global están destinadas al fracaso. Son gestos políticos y superficiales, porque en el fondo quien dicta las órdenes es el sistema capitalista, que siempre aspira a consumir y crecer. Por otro lado nuestra época es un momento fascinante para historiadores, antropólogos y filósofos. Somos testigos privilegiados de la destrucción del planeta y nuestra decadencia como especie. Lo imperdonable del caso es que sabemos las causas y lo que debemos hacer para evitar el desastre, pero somos demasiado egoístas para hacerlo.
 

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