La insatisfacción existencial y el supuesto sentido de la vida
Lo sabemos: la vida no tiene sentido, a menos que queramos inventarlo. Quien haya logrado satisfacer sus necesidades vitales y luego haya tenido tiempo para pensar, seguro que se ha dado cuenta. Claro que la mayoría fingirá no saberlo (no nos gustan las malas noticias) y seguirá con su vida como si tuviese alguna trascendencia, como si perteneciera a alguna gran misión universal. La vanidad humana no tiene límites. Aunque ya traté este tema en el ensayo ¿Realmente es necesario que la vida tenga sentido? (julio del 2012) creo que todavía tengo algunas cosas más que decir al respecto.
La futilidad de la vida
aparece constantemente tras cada pequeña victoria, cada pequeña alegría, como
un gran bostezo, dibujando grietas en los cimientos más sólidos. Tras grandes
esfuerzos alcanzamos nuestras metas y luego nos preguntamos ¿y ahora qué? No
queda otra opción que inventar otra meta para crear un nuevo sentido, nuevas
razones para añadir más capítulos a la errática historia de la vida. Estamos en
una carrera sin fin por superarnos, por ser mejores, lo que en muchos casos
significa acumular dinero, conocimiento, experiencia, afecto, etc. (en la
definición de «mejores» el carácter cualitativo se confunde cada vez más con lo
cuantitativo). Toda postura edificante y optimista parece contener cierta
ingenuidad y autoengaño metafísico.
Las grandes religiones y
sistemas morales no son más que sofisticadas interpretaciones de la realidad.
Pero cuando se estudian en detalle casi da lo mismo elegir una que otra. ¿Qué conviene hacer? ¿Ser
un hedonista desenfrenado, retirarse a una cueva para seguir una vida de
contemplación ascética, ser un egoísta desalmado, o dedicarse a ayudar a los
demás? Todas las opciones pueden ser atractivas. ¿Ser tolerante y moderado o
ser un fanático intransigente? A pesar de esto hay gente que decide morir por
defender una creencia religiosa o moral. La gente que mata o muere por una idea
ha dejado claro que ha decidido creer que existe sentido en la vida, un sentido
tan fuerte que vale la pena matar o morir por ella. A lo sumo podríamos admirar
su indoblegable obstinación.
El bien que tanto
deseamos y desde donde construimos todas nuestras creencias morales es también el
producto de un relato histórico y contingente. Lo que consideramos el bien es
una convención adaptada al espíritu de los tiempos, al igual que el dios
actualmente vigente. Dios es un concepto cómodo porque tranquiliza y nos
permite dejar de hacer impertinentes preguntas filosóficas. Dios comienza donde
termina la honestidad filosófica. Ya que su existencia es incontrastable y pertenece
a aquello que llamamos «fe», su realidad escapa a la comprobación empírica. En
el fondo, por afirmación o negación, todos somos creyentes. Los creyentes creen que Dios existe; mientras los ateos creemos que no existe. Pero debemos
creer en el bien y en algún dios, ya que sin ellos caemos en el escepticismo
extremo. Necesitamos un punto de partida inamovible que permita, a partir de
ahí, construir algún sentido.
La tarea de encontrarle
sentido a la vida siempre fracasará por el simple hecho de que la vida es algo
que se nos da sin elección, es un hecho que tardíamente podemos cuestionar pero
no podemos negar como realidad fácticamente, puesto que estamos aquí. Todo
intento por justificar la vida es siempre insuficiente porque la vida existe
antes que cualquier posibilidad de justificación. Incluso el suicidio es una
negación tardía de la vida. El suicidio supone, de manera tal vez indirecta,
que la vida debió haber sido otra
cosa; supone un ideal que permanece latente y sin esclarecer. Pero, ¿de dónde
hemos sacado este ideal de vida plena y con significado?
Como ya expliqué en el
ensayo mencionado anteriormente, la naturaleza favorece la mediocridad,
entendida ésta como una conducta que busca el mínimo gasto energético para
obtener un resultado apenas suficiente para satisfacer sus necesidades
elementales. Son los individuos normales y mediocres los que prosperan en el
mundo natural, a pesar de la competencia de la selección natural. Si bien la
selección natural favorece a los mejores entre los casos normales, se ocupa más
en castigar la debilidad extrema que en premiar la excelencia. La ley natural
es simple e implacable: lo débil debe morir. Pero un animal normal que ha
alcanzado un buen equilibro energético entre sus gastos y beneficios es un
animal con grandes probabilidades de prosperar.
En nuestra especie, la
selección natural se ha visto anulada por la selección cultural, donde también
existe una constante competividad por recursos, energía, poder, sexo y todo
aquello que consideramos nos hará sentirnos realizados. Esto nos ha llevado a
una lucha sin cuartel, olvidando con ello nuestro estado de mediocridad
natural. Hemos decidido que el sentido de la vida debe estar en la acumulación,
en el exceso (un criterio cuantitativo), aunque en realidad no sepamos para qué
acumulamos cosas. Hemos hecho de la conducta capitalista el sentido de la
existencia. Si decidimos que la acumulación es el sentido de la vida, entonces
su consecución debería ser suficiente para conducirnos a la tranquilidad
existencial.
Pero para muchos esto no
basta. Aquellas personas que por sus
inclinaciones culturales y artísticas han dedicado sus vidas a la creación, el
estudio o la investigación son más propensas a ser asaltadas por el mal de la
insatisfacción existencial. Quizás es porque han crecido con la idea de que la
vida debe tener sentido y para que dicho sentido se alcance deben hacer algo
importante con sus vidas (además de acumular cosas). Esto supone un tormento
perpetuo. No basta con conseguir un empleo, ir al centro comercial los viernes
e irse a la playa durante unos días en verano. La vida es siempre algo
demasiado grande para abarcar, un monstruo insaciable, un pozo sin fondo.
En contraste, ¿cómo vivir
una vida intrascendente, anodina y sin creatividad alguna? ¿Cómo se pueden
acumular años de vida sin más sentido que la reproducción, la acumulación
material, el placer inmediato y la estabilidad social? La mayoría de la gente
vive vidas así, y sin embargo, tras una breve meditación, llegamos a la sorprendente
conclusión de que la vida en realidad era todo eso; descubrimos que los sueños
de grandeza, de heroicas revoluciones y momentos históricos, son en realidad
accidentes, pequeñas irregularidades en la aplastante mediocridad de la vida.
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