domingo, 3 de marzo de 2013

Turismo de masas: viajo, luego existo


Si queremos conservar los monumentos turísticos y ayudar al planeta, viajar tendrá que volver a ser un privilegio de los ricos

Pocos pueden decir que no han sido turistas en algún momento de su vida. Admitámoslo: todos somos turistas. En general ser turista está asociado a un ambivalente sentimiento de orgullo y cierto pudor. Nos gusta decir que hemos visitado países lejanos y destinos exóticos, pero al mismo tiempo nos avergüenza ser un turista más entre los millones que arrastran sus maletas penosamente por todos los rincones del planeta. Pero ya que ahora también somos todos muy ecológicos, además de social y culturalmente sensibles, quizá ha llegado el momento de determinar —por el bien del planeta y la economía mundial— quiénes realmente deben tener derecho a viajar.

Aunque es verdad que el turismo es un negocio rentable y genera mucho empleo, también es cierto que cuando se vuelve masivo pone en peligro la conservación de los lugares que busca explotar. Para evitar la destrucción de los destinos turísticos más populares será necesario reducir la cantidad de visitantes que recibe. Del mismo modo en que se ponen límites a la cantidad de pescado que se puede pescar de determinada especie para garantizar la sostenibilidad del recurso, se tiene que limitar la cantidad de turistas con el fin de preservar la existencia de lo que se pretende mostrar. Para esto no queda otra opción que establecer un criterio discriminatorio para determinar quiénes pueden visitar esos lugares.

El primer problema que genera el desplazamiento masivo de personas a un mismo lugar es ambiental y energético. El turismo de masas produce una gran cantidad de basura, promueve el tráfico aéreo, que aumenta el monóxido de carbono, empeorando con ello el efecto invernadero que ocasiona el calentamiento global; asimismo supone un gran desperdicio de recursos y energía, como agua y electricidad, afectando con ello el suministro de la población local. Además, con el tiempo la presencia constante de una gran cantidad de gente lentamente deteriora el lugar que se está visitando. El segundo problema principal es económico: una gran proporción del turismo de masas es low-cost, esto significa que muchos turistas invierten poco dinero en los países que visitan, limitándose al gasto mínimo; con ello los daños no son compensados por el beneficio económico. Claro que en este caso la culpa también es de las agencias de viajes que ofrecen paquetes turísticos de bajo coste con todo incluido, de modo que el turista con pocos recursos tiene la cómoda sensación de haber pagado todo de antemano antes de subirse al avión.

Todos (lamentablemente) conocemos a alguien que ha viajado al Caribe a una isla pobre para dedicarse al llamado «turismo de sol y playa» que, como su nombre indica, básicamente implica quedarse varios días en un hotel en la playa bebiendo todas las piñas coladas posibles desperdiciando el día tirado sobre la arena. He conocido personas que tras viajar a la Republica Dominicana o a Cuba les he preguntado sobre sus experiencias culturales en dichos lugares, es decir, su impresión sobre las ciudades y la mentalidad o costumbres de la población nativa. Muchos responden encogiéndose de hombros confesando que pasaron la mayor parte del tiempo en el hotel emborrachándose, comiendo y tostándose al sol. Muchos viajeros muestran poco o ningún interés en conocer la cultura local. Simplemente cruzan el Atlántico para estar encerrado en un hotel durante cuatro o cinco días. Gran parte de estos paquetes low-cost incluyen todas las bebidas y comidas del hotel, así que los viajeros beben y comen todo lo que pueden, mostrando una conducta típica de mentalidad de pobre, que tiende a aprovechar al máximo cualquier cosa con «tarifa plana» pensando que con ello han sacado el máximo beneficio a su dinero. Este tipo de turismo y turista debe desaparecer.

Numerosos lugares turísticos, como Venecia, actualmente sufren serios problemas por la constante invasión de hordas de turistas que llenan sus plazas, ensucian sus calles y contaminan el ambiente. Esto también ahuyenta a la población local, espantada por los precios abusivos (para turistas) y hartos de la invasión de curiosos que convierten la ciudad en una especie de Disneyland renacentista, donde todo parece estar hecho para entretener a los visitantes. Venecia entonces se convierte en un gran museo (y en un parque de atracciones, empezando por el falso gondolero cantando fígaro, fígaro…). Como tampoco es posible renunciar al turismo, ya que la ciudad básicamente vive de esta actividad, lo único posible es seleccionar el tipo de turismo que la ciudad necesita. Si se eliminaran las tarifas low-cost, sólo los turistas más pudientes visitarían el lugar. Estos son los turistas que están dispuestos a gastar dinero en la ciudad —porque pueden— impulsando la economía local y dejando riqueza entre la población. Lo mismo se podría hacer en todos los demás grandes centros turísticos actualmente sitiados por hordas de turistas.

El primer criterio discriminador entonces será, como suele suceder, económico. Un monumento turístico podría recibir la mitad de los visitantes que actualmente recibe subiendo los precios. Esto permitiría seleccionar a los turistas que realmente pueden gastar dinero en el lugar. Con esto se reducen los daños que el turismo masivo ocasiona sin afectar la economía del lugar. La mitad de gente y la mitad de daños con los mismos beneficios económicos. Parece una solución muy razonable.

Es probable que algunos protesten por considerar esta medida discriminatoria. Obviamente lo es; cuando no hay sitio para todos es necesario discriminar. También podríamos considerar la medida injusta contra aquellos turistas pobres pero cultos (que pertenecen a lo que afectuosamente llamo la «plebe ilustrada») que poseen un auténtico interés por conocer los restos materiales del pasado humano. Además, estas personas suelen ser respetuosas con los lugares que visitan justamente porque los aprecian, a diferencia del turista frívolo que hace una visita rápida y superficial cuyo objetivo principal es tomarse fotografías para luego lucirse en Facebook (con imágenes de mal gusto del tipo “I was here”). ¿Qué hacemos entonces con la plebe ilustrada que también quiere y merece viajar? Creo que habría que establecer un segundo criterio, que sería cultural. Las personas que por su cultura e interés realmente son capaces de apreciar los lugares que quieren visitar deben poder hacerlo. A estas personas se les cobrarían tarifas reducidas, a diferencia de los viajeros más pudientes que pagarán tarifas completas.

Ahora bien, uno podría preguntar ¿y cómo reconocer a esa plebe ilustrada que también quiere viajar? Sencillo: con un examen. Así como en muchos casos se exigen visas para viajar a ciertos destinos, también se exigirá superar un examen de conocimientos sobre el lugar a visitar. Como ya sabemos que esto sería desastroso si se aplicase a todos por igual, se tendría que aplicar sólo a aquellos turistas que careciendo de recursos económicos para pagar la tarifa real todavía quieren viajar. Es decir, los viajeros ricos estarían exonerados porque se supone que contribuirán con su dinero, mientras los turistas pobres tendrían que superar un examen para compensar su falta de contribución económica. Creo que es justo. Es verdad que muchos de los turistas ricos también pueden ser incultos y poco respetuosos en sus visitas, pero esto es parte del riesgo; al menos su dinero habrá servido indirectamente para poder rechazar hordas de turistas igualmente nefastos.

En realidad viajar por puro placer es algo que sólo debe realizarse si se tienen las condiciones económicas para hacerlo sin sufrir penurias o sin endeudarse durante un año después del viaje. Si uno no puede pagar un viaje sin hacer sacrificios o recortes después, significa que en verdad ese viaje está fuera de su realidad económica. No tiene sentido irse de crucero por el Mediterráneo si luego en el barco uno va a gastar lo mínimo, o pasar penurias para pagar el viaje, que en realidad era sólo el simulacro de un estilo de vida que uno no tiene. Los cruceros de lujo son para las personas que realmente pueden pagarlo. Para el resto existen infinitos lugares y actividades que pueden realizar para divertirse sin endeudarse ni sentirse comparativamente pobres.

Si les sirve de consuelo, aquellas personas que no tienen recursos para viajar en condiciones al menos ahora tienen la posibilidad de conocer lugares lejanos a través de la televisión e Internet. Aunque esto ya suena a poco, debemos tomar en cuenta que hace un siglo atrás esto era impensable. Muy poca gente podía viajar y la mayoría sólo viajaba a un par de ciudades dentro del mismo país, casi siempre por razones laborales o familiares, pero no por placer, pues el turismo como actividad recreativa aún no existía. El carácter nómada del hombre se perdió para siempre cuando inventó la agricultura, las ciudades y el consecuente sedentarismo.

Finalmente, mucha gente justifica sus ganas de viajar argumentando que quieren conocer otras culturas y enriquecerse con nuevas experiencias. Todo esto suena muy bien, pero hay que decir que una cultura extranjera no se conoce en una visita de una semana haciendo excursiones programadas y tomando cientos de fotografías digitales (que además muchas veces terminan desapareciendo en la infinitud del ciberespacio). Una cultura foránea se conoce viviendo en el lugar como residente ―y no como turista― durante al menos seis meses. Entonces recién uno puede realmente conocer la mentalidad y el modo de vida de un país. Esto obviamente no se logra en un viaje relámpago que sólo ofrece una visión superficial y estereotipada del lugar a visitar.

Por último, cada uno tendrá que determinar el valor que le dará al cuidado del medio ambiente y la economía de los lugares que quiere conocer. Según su propia situación económica, cada cual tendrá que evaluar qué es más importante: su propia satisfacción personal de haber viajado y poder decir después “I was there”, o la satisfacción de saber que al quedarse en casa está causando menos contaminación y está ayudando —aunque sea de manera muy indirecta— a prevenir la destrucción de los lugares que tanto desea conocer.


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