Si queremos conservar los monumentos turísticos y ayudar al planeta, viajar tendrá que volver a ser un privilegio de los ricos
Pocos pueden decir que no han sido turistas en algún momento de su vida. Admitámoslo: todos somos turistas. En general ser turista está asociado a un ambivalente sentimiento de orgullo y cierto pudor. Nos gusta decir que hemos visitado países lejanos y destinos exóticos, pero al mismo tiempo nos avergüenza ser un turista más entre los millones que arrastran sus maletas penosamente por todos los rincones del planeta. Pero ya que ahora también somos todos muy ecológicos, además de social y culturalmente sensibles, quizá ha llegado el momento de determinar —por el bien del planeta y la economía mundial— quiénes realmente deben tener derecho a viajar.
Aunque es verdad que el
turismo es un negocio rentable y genera mucho empleo, también es cierto que
cuando se vuelve masivo pone en peligro la conservación de los lugares que
busca explotar. Para evitar la destrucción de los destinos turísticos más
populares será necesario reducir la cantidad de visitantes que recibe. Del
mismo modo en que se ponen límites a la cantidad de pescado que se puede pescar
de determinada especie para garantizar la sostenibilidad del recurso, se tiene
que limitar la cantidad de turistas con el fin de preservar la existencia de lo
que se pretende mostrar. Para esto no queda otra opción que establecer un
criterio discriminatorio para determinar quiénes pueden visitar esos lugares.
El primer problema que
genera el desplazamiento masivo de personas a un mismo lugar es ambiental y
energético. El turismo de masas produce una gran cantidad de basura, promueve
el tráfico aéreo, que aumenta el monóxido de carbono, empeorando con ello el
efecto invernadero que ocasiona el calentamiento global; asimismo supone un gran
desperdicio de recursos y energía, como agua y electricidad, afectando con ello
el suministro de la población local. Además, con el tiempo la presencia
constante de una gran cantidad de gente lentamente deteriora el lugar que se
está visitando. El segundo problema principal es económico: una gran proporción
del turismo de masas es low-cost,
esto significa que muchos turistas invierten poco dinero en los países que visitan,
limitándose al gasto mínimo; con ello los daños no son compensados por el
beneficio económico. Claro que en este caso la culpa también es de las agencias
de viajes que ofrecen paquetes turísticos de bajo coste con todo incluido, de modo
que el turista con pocos recursos tiene la cómoda sensación de haber pagado
todo de antemano antes de subirse al avión.
Todos (lamentablemente)
conocemos a alguien que ha viajado al Caribe a una isla pobre para dedicarse al
llamado «turismo de sol y playa» que, como su nombre indica, básicamente
implica quedarse varios días en un hotel en la playa bebiendo todas las piñas
coladas posibles desperdiciando el día tirado sobre la arena. He conocido
personas que tras viajar a la Republica Dominicana o a Cuba les he preguntado
sobre sus experiencias culturales en dichos lugares, es decir, su impresión
sobre las ciudades y la mentalidad o costumbres de la población nativa. Muchos responden
encogiéndose de hombros confesando que pasaron la mayor parte del tiempo en el
hotel emborrachándose, comiendo y tostándose al sol. Muchos viajeros muestran
poco o ningún interés en conocer la cultura local. Simplemente cruzan el Atlántico
para estar encerrado en un hotel durante cuatro o cinco días. Gran parte de
estos paquetes low-cost incluyen
todas las bebidas y comidas del hotel, así que los viajeros beben y comen todo
lo que pueden, mostrando una conducta típica de mentalidad de pobre, que tiende
a aprovechar al máximo cualquier cosa con «tarifa plana» pensando que con ello
han sacado el máximo beneficio a su dinero. Este tipo de turismo y turista debe
desaparecer.
Numerosos lugares
turísticos, como Venecia, actualmente sufren serios problemas por la constante
invasión de hordas de turistas que llenan sus plazas, ensucian sus calles y
contaminan el ambiente. Esto también ahuyenta a la población local, espantada
por los precios abusivos (para turistas) y hartos de la invasión de curiosos
que convierten la ciudad en una especie de Disneyland
renacentista, donde todo parece estar hecho para entretener a los visitantes.
Venecia entonces se convierte en un gran museo (y en un parque de atracciones,
empezando por el falso gondolero cantando fígaro,
fígaro…). Como tampoco es posible renunciar al turismo, ya que la ciudad básicamente
vive de esta actividad, lo único posible es seleccionar el tipo de turismo que
la ciudad necesita. Si se eliminaran las tarifas low-cost, sólo los turistas más pudientes visitarían el lugar. Estos
son los turistas que están dispuestos a gastar dinero en la ciudad —porque
pueden— impulsando la economía local y dejando riqueza entre la población. Lo
mismo se podría hacer en todos los demás grandes centros turísticos actualmente
sitiados por hordas de turistas.
El primer criterio
discriminador entonces será, como suele suceder, económico. Un monumento
turístico podría recibir la mitad de los visitantes que actualmente recibe
subiendo los precios. Esto permitiría seleccionar a los turistas que realmente
pueden gastar dinero en el lugar. Con esto se reducen los daños que el turismo
masivo ocasiona sin afectar la economía del lugar. La mitad de gente y la mitad
de daños con los mismos beneficios económicos. Parece una solución muy
razonable.
Es probable que algunos
protesten por considerar esta medida discriminatoria. Obviamente lo es; cuando
no hay sitio para todos es necesario discriminar. También podríamos considerar
la medida injusta contra aquellos turistas pobres pero cultos (que pertenecen a
lo que afectuosamente llamo la «plebe ilustrada») que poseen un auténtico
interés por conocer los restos materiales del pasado humano. Además, estas
personas suelen ser respetuosas con los lugares que visitan justamente porque
los aprecian, a diferencia del turista frívolo que hace una visita rápida y
superficial cuyo objetivo principal es tomarse fotografías para luego lucirse
en Facebook (con imágenes de mal gusto del tipo “I was here”). ¿Qué hacemos entonces con la plebe ilustrada que también
quiere y merece viajar? Creo que habría que establecer un segundo criterio, que
sería cultural. Las personas que por su cultura e interés realmente son capaces
de apreciar los lugares que quieren visitar deben poder hacerlo. A estas personas
se les cobrarían tarifas reducidas, a diferencia de los viajeros más pudientes que
pagarán tarifas completas.
Ahora bien, uno podría
preguntar ¿y cómo reconocer a esa plebe ilustrada que también quiere viajar?
Sencillo: con un examen. Así como en muchos casos se exigen visas para viajar a
ciertos destinos, también se exigirá superar un examen de conocimientos sobre
el lugar a visitar. Como ya sabemos que esto sería desastroso si se aplicase a
todos por igual, se tendría que aplicar sólo a aquellos turistas que careciendo
de recursos económicos para pagar la tarifa real todavía quieren viajar. Es
decir, los viajeros ricos estarían exonerados porque se supone que contribuirán
con su dinero, mientras los turistas pobres tendrían que superar un examen para
compensar su falta de contribución económica. Creo que es justo. Es verdad que
muchos de los turistas ricos también pueden ser incultos y poco respetuosos en
sus visitas, pero esto es parte del riesgo; al menos su dinero habrá servido
indirectamente para poder rechazar hordas de turistas igualmente nefastos.
En realidad viajar por
puro placer es algo que sólo debe realizarse si se tienen las condiciones económicas
para hacerlo sin sufrir penurias o sin endeudarse durante un año después del
viaje. Si uno no puede pagar un viaje sin hacer sacrificios o recortes después,
significa que en verdad ese viaje está fuera de su realidad económica. No tiene
sentido irse de crucero por el Mediterráneo si luego en el barco uno va a
gastar lo mínimo, o pasar penurias para pagar el viaje, que en realidad era
sólo el simulacro de un estilo de vida que uno no tiene. Los cruceros de lujo
son para las personas que realmente pueden pagarlo. Para el resto existen
infinitos lugares y actividades que pueden realizar para divertirse sin
endeudarse ni sentirse comparativamente pobres.
Si les sirve de consuelo,
aquellas personas que no tienen recursos para viajar en condiciones al menos ahora
tienen la posibilidad de conocer lugares lejanos a través de la televisión e
Internet. Aunque esto ya suena a poco, debemos tomar en cuenta que hace un
siglo atrás esto era impensable. Muy poca gente podía viajar y la mayoría sólo
viajaba a un par de ciudades dentro del mismo país, casi siempre por razones
laborales o familiares, pero no por placer, pues el turismo como actividad
recreativa aún no existía. El carácter nómada del hombre se perdió para siempre
cuando inventó la agricultura, las ciudades y el consecuente sedentarismo.
Finalmente, mucha gente
justifica sus ganas de viajar argumentando que quieren conocer otras culturas y
enriquecerse con nuevas experiencias. Todo esto suena muy bien, pero hay que
decir que una cultura extranjera no se conoce en una visita de una semana
haciendo excursiones programadas y tomando cientos de fotografías digitales
(que además muchas veces terminan desapareciendo en la infinitud del ciberespacio).
Una cultura foránea se conoce viviendo en el lugar como residente ―y no como
turista― durante al menos seis meses. Entonces recién uno puede realmente
conocer la mentalidad y el modo de vida de un país. Esto obviamente no se logra
en un viaje relámpago que sólo ofrece una visión superficial y estereotipada
del lugar a visitar.
Por último, cada uno
tendrá que determinar el valor que le dará al cuidado del medio ambiente y la
economía de los lugares que quiere conocer. Según su propia situación
económica, cada cual tendrá que evaluar qué es más importante: su propia
satisfacción personal de haber viajado y poder decir después “I was there”, o la satisfacción de
saber que al quedarse en casa está causando menos contaminación y está ayudando
—aunque sea de manera muy indirecta— a prevenir la destrucción de los lugares
que tanto desea conocer.
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