sábado, 9 de marzo de 2013

Homo sapiens: una especie demasiado cara para el planeta


¿Qué aporta el ser humano al ecosistema, además de su destrucción?
 
La pregunta no refleja un simple romanticismo ecológico, sino más bien intenta indagar cuál es la función del ser humano en el ecosistema. Todo ser vivo, animal o vegetal, cumple una función; cada especie, directa o indirectamente, es útil a las demás especies, ya sea como alimento, depredador —que favorece el control de las poblaciones― o vehículo de reproducción. Las distintas especies interactúan entre sí alcanzando un equilibrio biológico que favorece la estabilidad y salud de las poblaciones mediante el implacable mecanismo de la selección natural.

Pero si estudiamos el gasto energético que consume el ser humano y la relación entre lo que toma y lo que aporta a su ecosistema, vemos que la mayor parte de su actividad es predatoria. Asume que el resto del mundo natural está para servirle. Da por sentado que los demás seres vivos existen como medio para su propia subsistencia. Incluso ha aprendido a criar animales sólo para alimentarse de ellos. El hombre es un animal que requiere un gasto desproporcionado de recursos para satisfacer su estilo de vida actual, pero que retribuye muy poco a la naturaleza y los demás animales. Ni siquiera es un tema de justicia natural, es un asunto de equilibrio biológico. Como ser vivo es una especie muy cara para el resto del planeta.

El ser humano considera como «equilibrio natural» el momento en que sus propias necesidades están plenamente satisfechas, sin tomar en cuenta en esa ecuación las necesidades de los demás seres vivos. El Homo sapiens es como un antiguo imperio colonial que devasta un nuevo territorio hasta agotar todos sus recursos, y cuando se da cuenta que esos recursos son limitados y los necesita, recién se preocupa por hacerlos sostenibles. Pero esta preocupación no es desinteresada ni altruista, es puro egoísmo disfrazado de bondad ecológica.

Todos los animales juegan un rol en la cadena vital. Las vacas y ovejas, por ejemplo, cuando se alimentan ayudan a mantener la hierba corta y al mismo tiempo ayudan a fertilizar la tierra con sus excrementos; los grandes felinos cazan las presas más débiles, enfermas o viejas contribuyendo con esto al trabajo de la selección natural. Las abejas fertilizan a las flores en su constante búsqueda de polen; los animales que mueren en la sabana africana sirven de alimento a los carroñeros, desde los más grandes, hasta los insectos más pequeños. Existe una gran cadena de regeneración vital. Pero el hombre participa muy poco en esta cadena, creando un mecanismo de constante depredación sin retribución suficiente como para considerarlo parte de esta gran cadena natural.

Sin caer en el sentimentalismo verde, es un hecho innegable que el hombre ha causado la extinción de cientos de especies, y actualmente sigue amenazando la existencia de miles de animales que cada vez tienen menos espacio donde vivir o que sus medios de subsistencia se han visto afectados por la demanda cada vez mayor del hombre por energía, recursos y territorio. Sin duda, todo el ecosistema estaría mejor sin la presencia del ser humano. El hombre, atrapado en su inevitable antropocentrismo, parece tener una predisposición egoísta que le impide darse cuenta que como animal social también tiene una función en la naturaleza, y que su presencia no sólo no debería perjudicar a los demás animales, sino que también debería serles útil.

Pero ni siquiera cuando muere favorece a los demás seres vivos; tiene la extraña costumbre de desperdiciar el cadáver protegiéndolo de los carroñeros. Lo más natural sería dejar que el cadáver sirva de alimento a otros animales (ver mi artículo de enero del 2011 Comer y ser comido: el reciclaje del cuerpo) o enterrarlo directamente en la tierra para que sirva como fertilizante. La incineración es ciertamente más higiénica, pero es una práctica muy egoísta desde el punto de vista natural, pues ni siquiera los gusanos llegan a aprovechar el cadáver.

Es asombrosa la cantidad de energía y recursos que requiere una sola persona de un país desarrollado para satisfacer sus necesidades cotidianas, mientras que al mismo tiempo genera una gran cantidad de desperdicios. Lo peor es que hemos llegado a pensar que tenemos derecho a tal gasto; pensamos que la vida debe ser así y que ese derroche en energía y recursos es el precio que la naturaleza debe pagar para satisfacer nuestra comodidad diaria. La contribución que hacemos en nuestro trabajo diario para mantener la producción del mercado y la economía es mínima en relación a la contribución como especie en un ecosistema natural. Quizá esto se deba a que ya no vivimos en un entorno natural, sino que hemos creado una realidad artificial que requiere de recursos naturales para su sostenibilidad, pero que luego le da la espalda a todo ese mundo natural.

Lamentablemente hemos hecho a todo el mundo creer que vivir con más comodidades materiales significa mejorar nuestra calidad de vida. Hubiese sido mucho mejor y menos dañino establecer el nivel de vida, no sólo desde el punto de vista material, sino desde el punto de vista cultural ―despreciamos los beneficios de una buena lectura, mientras alabamos los beneficios de un nuevo modelo de teléfono celular. El arquetipo de habitante derrochador es indudablemente el ciudadano estadounidense (seguido por el europeo), que desgraciadamente para el planeta ha asociado el american dream con su capacidad para el derroche y la opulencia. Lo peor es que ahora millones de chinos e indios también quieren alcanzar ese nivel de vida porque creen —equivocadamente— que ser capaces de tal derroche e irresponsabilidad ecológica significa hacerse ricos. Es momento de cambiar esta nefasta idea antes de que sea demasiado tarde para la sostenibilidad del planeta.

Si como realidad biológica el ser humano sólo necesita comer, reproducirse y expandirse hasta garantizar su viabilidad como especie, todo el gasto en recursos que hace a partir de este punto es biológicamente innecesario. Claro que no podemos volver a los tiempos de las cavernas, en que nuestro impacto ambiental era mínimo, pero sí podemos reexaminar nuestro rol en el ecosistema y pensar en formas de satisfacer nuestras necesidades —primero reconsiderando cuáles son nuestras verdaderas necesidades— sin causar tanto daño a los demás seres vivos del planeta. Para todo esto antes hay que abandonar esa cómoda y egoísta creencia que sostiene que todo el mundo natural y los demás animales están ahí para servirnos.

No hay comentarios: