¿Qué aporta el ser humano al ecosistema, además de su destrucción?
La pregunta no refleja un simple romanticismo ecológico, sino más bien intenta indagar cuál es la función del ser humano en el ecosistema. Todo ser vivo, animal o vegetal, cumple una función; cada especie, directa o indirectamente, es útil a las demás especies, ya sea como alimento, depredador —que favorece el control de las poblaciones― o vehículo de reproducción. Las distintas especies interactúan entre sí alcanzando un equilibrio biológico que favorece la estabilidad y salud de las poblaciones mediante el implacable mecanismo de la selección natural.
Pero si estudiamos el
gasto energético que consume el ser humano y la relación entre lo que toma y lo
que aporta a su ecosistema, vemos que la mayor parte de su actividad es
predatoria. Asume que el resto del mundo natural está para servirle. Da por
sentado que los demás seres vivos existen como medio para su propia
subsistencia. Incluso ha aprendido a criar animales sólo para alimentarse de
ellos. El hombre es un animal que requiere un gasto desproporcionado de
recursos para satisfacer su estilo de vida actual, pero que retribuye muy poco
a la naturaleza y los demás animales. Ni siquiera es un tema de justicia
natural, es un asunto de equilibrio biológico. Como ser vivo es una especie muy
cara para el resto del planeta.
El ser humano considera
como «equilibrio natural» el momento en que sus propias necesidades están
plenamente satisfechas, sin tomar en cuenta en esa ecuación las necesidades de
los demás seres vivos. El Homo sapiens
es como un antiguo imperio colonial que devasta un nuevo territorio hasta agotar
todos sus recursos, y cuando se da cuenta que esos recursos son limitados y los
necesita, recién se preocupa por hacerlos sostenibles. Pero esta preocupación
no es desinteresada ni altruista, es puro egoísmo disfrazado de bondad
ecológica.
Todos los animales juegan
un rol en la cadena vital. Las vacas y ovejas, por ejemplo, cuando se alimentan
ayudan a mantener la hierba corta y al mismo tiempo ayudan a fertilizar la
tierra con sus excrementos; los grandes felinos cazan las presas más débiles,
enfermas o viejas contribuyendo con esto al trabajo de la selección natural.
Las abejas fertilizan a las flores en su constante búsqueda de polen; los
animales que mueren en la sabana africana sirven de alimento a los carroñeros,
desde los más grandes, hasta los insectos más pequeños. Existe una gran cadena
de regeneración vital. Pero el hombre participa muy poco en esta cadena,
creando un mecanismo de constante depredación sin retribución suficiente como
para considerarlo parte de esta gran cadena natural.
Sin caer en el
sentimentalismo verde, es un hecho innegable que el hombre ha causado la
extinción de cientos de especies, y actualmente sigue amenazando la existencia
de miles de animales que cada vez tienen menos espacio donde vivir o que sus
medios de subsistencia se han visto afectados por la demanda cada vez mayor del
hombre por energía, recursos y territorio. Sin duda, todo el ecosistema estaría
mejor sin la presencia del ser humano. El hombre, atrapado en su inevitable
antropocentrismo, parece tener una predisposición egoísta que le impide darse
cuenta que como animal social también tiene una función en la naturaleza, y que
su presencia no sólo no debería perjudicar a los demás animales, sino que también
debería serles útil.
Pero ni siquiera cuando
muere favorece a los demás seres vivos; tiene la extraña costumbre de
desperdiciar el cadáver protegiéndolo de los carroñeros. Lo más natural sería
dejar que el cadáver sirva de alimento a otros animales (ver mi artículo de
enero del 2011 Comer y ser comido: el
reciclaje del cuerpo) o enterrarlo directamente en la tierra para que sirva
como fertilizante. La incineración es ciertamente más higiénica, pero es una
práctica muy egoísta desde el punto de vista natural, pues ni siquiera los
gusanos llegan a aprovechar el cadáver.
Es asombrosa la cantidad
de energía y recursos que requiere una sola persona de un país desarrollado
para satisfacer sus necesidades cotidianas, mientras que al mismo tiempo genera
una gran cantidad de desperdicios. Lo peor es que hemos llegado a pensar que
tenemos derecho a tal gasto; pensamos que la vida debe ser así y que ese
derroche en energía y recursos es el precio que la naturaleza debe pagar para
satisfacer nuestra comodidad diaria. La contribución que hacemos en nuestro
trabajo diario para mantener la producción del mercado y la economía es mínima
en relación a la contribución como especie en un ecosistema natural. Quizá esto
se deba a que ya no vivimos en un entorno natural, sino que hemos creado una
realidad artificial que requiere de recursos naturales para su sostenibilidad,
pero que luego le da la espalda a todo ese mundo natural.
Lamentablemente hemos
hecho a todo el mundo creer que vivir con más comodidades materiales significa
mejorar nuestra calidad de vida. Hubiese sido mucho mejor y menos dañino
establecer el nivel de vida, no sólo desde el punto de vista material, sino
desde el punto de vista cultural ―despreciamos los beneficios de una buena
lectura, mientras alabamos los beneficios de un nuevo modelo de teléfono
celular. El arquetipo de habitante derrochador es indudablemente el ciudadano
estadounidense (seguido por el europeo), que desgraciadamente para el planeta
ha asociado el american dream con su
capacidad para el derroche y la opulencia. Lo peor es que ahora millones de
chinos e indios también quieren alcanzar ese nivel de vida porque creen —equivocadamente—
que ser capaces de tal derroche e irresponsabilidad ecológica significa hacerse
ricos. Es momento de cambiar esta nefasta idea antes de que sea demasiado tarde
para la sostenibilidad del planeta.
Si como realidad biológica
el ser humano sólo necesita comer, reproducirse y expandirse hasta garantizar
su viabilidad como especie, todo el gasto en recursos que hace a partir de este
punto es biológicamente innecesario. Claro que no podemos volver a los tiempos
de las cavernas, en que nuestro impacto ambiental era mínimo, pero sí podemos
reexaminar nuestro rol en el ecosistema y pensar en formas de satisfacer nuestras
necesidades —primero reconsiderando cuáles son nuestras verdaderas necesidades— sin causar tanto daño a los demás seres
vivos del planeta. Para todo esto antes hay que abandonar esa cómoda y egoísta
creencia que sostiene que todo el mundo natural y los demás animales están ahí
para servirnos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario