viernes, 22 de junio de 2012

¿LA MONOGAMIA REALMENTE PROMUEVE LA FELICIDAD?


Seguramente el título de este artículo podría ser una invitación a pensar que intento, como muchos otros, defender la poligamia y de paso demoler una vez más los supuestamente sólidos cimientos de la monogamia cristiana y burguesa. Pero si el lector ha pensado ya todo esto debo advertirle que la intención de este texto no es ése. Lo que pretendo discutir aquí es si la monogamia como comportamiento social mayoritario (al menos en Occidente) es una práctica que favorece la felicidad y estabilidad emocional del individuo.

No quiero repetir aquí todas las razones antropológicas, sociales y religiosas que favorecieron la sedimentación de la monogamia en las sociedades occidentales (el amor apasionado es producto del deseo reproductivo; la monogamia favorece la estabilidad familiar y la protección de los hijos, etc.) —ya sabemos todo eso. Me interesa más discutir el aspecto psicológico del tema; indagar en la posible paz mental que conlleva la exclusividad afectiva y sexual. Esta exclusividad supone que un individuo debe depositar todos sus afectos y expectativas en una sola persona. Y esto, como veremos, tiene sus riesgos. En tiempos de escasez de alimentos los animales generalistas (los que admiten una dieta variada) tienen más posibilidades de sobrevivir que los especialistas (por ejemplo, el oso panda se extingue inexorablemente por, entre otras razones, la extrema especialización de su dieta); del mismo modo, la poligamia en el reino animal es prácticamente universal porque ayuda a garantizar la supervivencia de la especie. Claro está que en los animales no humanos no existe el factor afectivo que en nuestra especie entendemos como el amor y el enamoramiento —su aplicación afectiva en un individuo concreto (que algunos psiquiatras clasifican como un desorden mental).

He aquí la pregunta central de este artículo: ¿es más conveniente ser monógamo que polígamo para ser feliz? Veamos las consecuencias de la monogamia afectiva y sexual: la pareja resulta ser el depositario de los deseos, afectos y emociones del amante. El amante monógamo es en términos evolutivos un especialista del amor, deposita todo su afecto y felicidad en un solo individuo exponiéndose a una frágil dependencia; en caso que la pareja desapareciera, termine la relación o dejase al amante por otra persona, el amante monógamo sufrirá inconsolablemente. Desde el punto de vista de la psicología evolutiva la monogamia parece ser una costumbre muy arriesgada con respecto a la felicidad del sujeto enamorado. Sin duda, un amante polígamo goza de una mayor protección emocional al haber depositado sus necesidades afectivas y sexuales en más de una persona. En caso de que una de las parejas despareciera, el amante polígamo siempre podrá consolarse con la compañía de sus otras parejas.

Sabemos que uno de los argumentos a favor de la monogamia es que garantiza (o debería garantizar) la paternidad de los padres; así el padre estará bastante seguro de que está criando a su propio hijo y no al hijo del vecino. Esta realidad antropológica explica con suficiencia las razones prácticas de la monogamia, pero no dice nada acerca del factor psicológico que he expuesto en el párrafo anterior. Como millones de otros hombres, también he experimentado los tormentos que supone depositar los afectos en una sola mujer y luego enfrentar la pérdida de esa mujer o su rechazo. El dolor emocional puede llegar a ser indescriptible, y por eso me sorprende que a pesar de este peligro inminente la monogamia siga siendo una institución que muy poca gente cuestione. Es algo que aceptamos sin hacer preguntas; quizás porque los típicos argumentos que favorecen la poligamia han sido caricaturizados enfocándose en los aspectos más hedonistas y superficiales del tema. Imaginamos al jeque árabe rodeado por veinte doncellas haciendo la danza del vientre. Pero quizás ya sea hora de enfocar el tema con mayor profundidad.

El mundo está lleno de amantes abandonados que deambulan arrastrando los escombros de sus maltratados corazones. La vida está saturada de proyectos abortados de felicidad compartida, de planes frustrados y sueños imposibles de vidas felices y radiantes. Sin duda gran parte de esta realidad está sustentada por unas expectativas irrealizables hinchadas por la publicidad y la sociedad de consumo que perversamente han logrado relacionar la felicidad con la estabilidad afectiva. Claro está que cuando una pareja monogámica se corresponde plenamente la satisfacción afectiva y sexual puede llegar a ser total; y es esta plenitud la que ocupa el ideal afectivo en las sociedades modernas, pero es probable que el número de parejas felices sea muy inferior al número de relaciones que no logran alcanzar ese romántico ideal.

Queda por investigar si la monogamia afectiva que practicamos es algo que hemos heredado culturalmente (un meme victorioso, por usar la terminología de Richard Dawkins) o si es algo heredado de nuestro bagaje genético. Desde la óptica evolutiva la monogamia sería perjudicial pues contradice seriamente la orden de reproducción indiscriminada que todo animal sigue durante su vida. La monogamia en nuestra especie es un lujo producto de la superpoblacion actual. Hace miles de años, cuando el Homo sapiens sobrevivía precariamente en pequeñas tribus de cazadores-recolectores, la monogamia hubiese sido el camino seguro a la extinción. Indudablemente, la selección natural favoreció aquellos grupos humanos donde la poligamia era la norma.

Si la monogamia afectiva y sexual es un derivado del crecimiento de la población, resulta bastante obvio que su aplicación actual resulta del todo conveniente, ya que así la población crecerá menos; y al contrario, en un mundo polígamo la tasa reproductiva sería exponencialmente más alta. Si ya hemos superpoblado el planeta, creo que lo más razonable sería aceptar cualquier práctica reproductiva que detenga y disminuya este absurdo crecimiento poblacional (claro que podríamos sugerir la prohibición total de las relaciones sexuales, pero no creo que sería una medida muy popular). Entonces la monogamia podría ayudar a reducir la población, pero insisto en que no creo que ayude a alcanzar la felicidad o al menos un estado de paz emocional. El depositar todos los huevos afectivos en una sola canasta tiene grandes riesgos.

Por otro lado, la monogamia promueve la aparición de celos posesivos que torturan al amante. Si el amante está convencido de que su pareja le debe fidelidad, siempre estará atento a posibles pretendientes y competidores que intentarán arrebatársela. Esto también conlleva un fuerte desasosiego emocional que en muchos casos despierta en el amante despechado un irrefrenable deseo de eliminar el objeto de sus afectos para impedir que sea disfrutado por otros. En una sociedad poligámica los celos tendrían poca cabida pues serían completamente innecesarios. Quizás por eso muchas comunidades hippies pudieron experimentar una verdadera vida de love and peace.

Las relaciones de pareja favorecen, además de un fuerte vínculo emocional, una sólida relación de cooperación (en términos etológicos esto se entiende como ayuda mutua). Esta conducta social también conlleva una gran interdependencia entre la pareja, por ello cuando ésta se rompe los miembros sufren consecuencias muy dolorosas: quedan huérfanos de afecto, sexo y apoyo. Claro que las amistades y la familia también tienen un rol importante aquí, pero la relación entre los amantes es en muchos casos más fuerte y dependiente que entre los otros miembros del clan. Con todo esto parece ser que una sociedad polígama sería más adecuada para proteger al individuo de las contingencias de las relaciones monogámicas. Esos vínculos afectivos y de cooperación se extenderían entre más individuos logrando un entramado social de mayor seguridad afectiva.

Finalmente, la monogamia puede describirse, en términos capitalistas, como la propiedad privada del amor y el sexo. Y sabemos que toda forma de propiedad privada también conlleva emociones desagradables como la envidia, los celos y el resentimiento. Posiblemente en una sociedad polígama estos sentimientos negativos serían menos frecuentes y quizás la ansiada paz emocional sería un fin menos utópico.


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