En realidad no quería escribir este artículo; es un tema ya muy trillado, pero sus consecuencias son tan relevantes que ya no se pueden ignorar o tratar como un asunto menor; tampoco se puede relativizar el asunto calificándolo como otro producto de una pintoresca y «enriquecedora» diversidad cultural. Así que una vez más preguntamos: ¿por qué en España casi todas las películas se exhiben dobladas al español? Si bien es cierto que se pueden ver las películas en Versión Original Subtitulada (V.O.S), las salas siempre son pequeñas diseñadas para un público limitado que muchos consideran snob o sospechosamente «intelectual», sencillamente porque este público es capaz de leer y al mismo tiempo seguir la trama de la película.
Creo que la mala costumbre de doblar las películas tiene su origen en las cuatro décadas de oscuridad cultural e intelectual que España sufrió durante los años de la dictadura franquista. Todavía se arrastra un solapado paternalismo que considera al ciudadano promedio como analfabeto o mentalmente disminuido, y por esto se le exige el menor esfuerzo posible para mantenerlo contento para que siga consumiendo. Bajo esta premisa se concluye que si todas las películas se proyectasen en versión original la gente dejaría de ir al cine y la industria cinematográfica sufría pérdidas terribles. Es el mismo razonamiento que emplearon los dueños de los bares españoles cuando argumentaron que si se prohibía fumar en sus locales la gente dejaría de acudir y sus negocios quebrarían. Pero esto ha demostrado ser totalmente falso. Si la gente va menos al bar no es porque no puedan fumar; simplemente han dejado de ir porque ya no pueden costearlo.
Mucha gente que penosamente arrastra clases de inglés durante años con desgana y resignación me ha confesado que cuando van al cine siempre ven las películas dobladas al español. He escuchado toda clase de pretextos, pero el más contundente y descarado es este: «yo voy al cine para divertirme, no para leer». Con esto se insinúa que leer es aburrido y que además exige un esfuerzo intelectual incompatible con el objetivo de divertirse. Otras personas ―incluso con niveles de inglés altos― admiten ver las películas dobladas movidos por un noble gesto de solidaridad hacia sus acompañantes cuyo nivel de inglés es pobre. Luego les pregunto si estos acompañantes saben leer español. En todos los casos la respuesta es afirmativa, por lo que debo deducir que obligarles a leer los subtítulos se considera una grave falta de delicadeza.
Otro pretexto típico es el siguiente: «si leo no me entero de la peli». La mayoría de la gente que usa este pretexto casi nunca ha visto una película subtitulada, simplemente adoptan el argumento por prejuicio y comodidad. Cuando les cuento que en la mayoría de países sudamericanos todas las películas se proyectan en versión original subtitulada —y que la mayor parte de la población sabe leer― me miran con recelo y desconfianza.
Los problemas de pronunciación inglesa de la población española no son novedad para nadie, y seguramente es el producto de varios factores. Uno de ellos es que el ciudadano promedio no está expuesto a los fonemas ingleses; el paternalismo estatal le ha protegido de cualquier sonido extranjero. Lo peor es que los pocos fonemas extranjeros que se mencionan en la publicidad y en los medios de comunicación masiva se pronuncian literalmente en español. Así que no sólo no se ayuda a que la población se familiarice con los fonemas extranjeros, sino que además se le perjudica. Se le engaña para evitarles el esfuerzo de pronunciar algo en otro idioma. Este engaño sistemático es incompatible con la reciente ambiciosa intención de inculcar el bilingüismo general en España (aunque en un sentido estricto millones de españoles ya son bilingües… hablan español, catalán, euskera o gallego).
Lo primero que uno debe hacer para hablar un idioma correctamente es aprender sus fonemas. Cuando no sabemos cómo se pronuncia un sonido en una lengua extranjera lo que hacemos es automáticamente pronunciarlo con los fonemas que tenemos a mano, es decir, con los fonemas de nuestra lengua natural. Así que la única forma de mejorar la pronunciación del inglés o de cualquier otro idioma es asimilando sus fonemas naturales. Claro que los estudiantes de inglés saben esto perfectamente, para eso hacen harto «listening», pero no se les ocurre que ir al cine también podría ser una experiencia pedagógica. Separan tajantemente ambas experiencias: se va a clase para estudiar, se va al cine para divertirse.
Sin duda, la pronunciación del inglés en muchos países sudamericanos es mucho mejor que en la península ibérica. ¿A qué se debe esta ventaja? Al menos una de las razones es bastante obvia: la gente en Sudamérica está mucho más expuesta a los fonemas anglosajones que aquí. Toda la vida han leído subtítulos en el cine y no se quejan ni les parece raro. Además, están expuestos a otros productos culturales en inglés, como la música, radio, video, Internet, etc. Si bien es verdad que saber cómo pronunciar correctamente palabras de la cultura popular como Spider-Man o Corn Flakes no es razón suficiente para dominar un idioma, al menos sí ayuda a reconocer la reproducción correcta de los fonemas ingleses. El oído se acostumbra a ciertos sonidos extranjeros que luego reconoce al momento de estudiar el idioma de manera formal.
Pero además de todo el daño lingüístico debemos hablar de lo que significa doblar una película en términos de expresión artística. Cuando se silencia la voz de un actor y se sustituye por una voz ajena se está destruyendo el 50% del trabajo de actuación. La voz es una parte inseparable de una buena actuación; no se puede mutilar sin afectar seriamente el trabajo del actor (con cierto dramatismo, yo considero esto «terrorismo cultural»). Claro que la industria del cine sabe esto y por eso existen los subtítulos (además es mucho más barato que el doblaje). Por otro lado, muchas veces el doblaje incluye modismos españoles que restan credibilidad a la actuación. Con el fin de hacer la voz más natural y espontánea se emplean jergas y expresiones cotidianas que en realidad hacen que la escena sea más ridícula que natural. Imagínense, por ejemplo, a un sobrio actor como Anthony Hopkins soltando exabruptos como ¡Coño!, ¡Me cago en la leche!, o ¿No te jode? (cuyo uso hasta ahora no comprendo bien).
Ante esta nefasta realidad propongo crear salas que exhiban películas en Versión Original No Subtitulada (V.O.N.S), aunque admito que posiblemente no sea una actividad muy rentable. Así como la gente dice que «si leen no se enteran», yo encuentro los subtítulos muy molestos cuando quiero escuchar lo que dicen los actores. Inevitablemente termino leyendo y escuchando a la vez. En este sentido los subtítulos incomodan como una traducción simultánea. Hace muchos años —antes de renunciar completamente a la televisión— tenía acceso a varios canales con programación en inglés. Pero los subtítulos me molestaban tanto que ideé una forma de ignorarlos; construí un artilugio de cartón con dos patitas (como una valla en miniatura) que colocaba delante del televisor para tapar los subtítulos. El invento ―que afectuosamente bauticé como el «tapa-tapa»— funcionó a la perfección (¡y además me sirvió para comprobar que estudiar escultura también puede tener alguna utilidad práctica!).
En realidad los idiomas son formas de describir y entender el mundo y no fueron originalmente diseñados para ser traducidos. La traducción es un mal producto de la democrática creencia actual de pensar que todo el mundo tiene derecho a acceder a la cultura universal. Tenía razón Octavio Paz cuando dijo que toda traducción es una traición. Ante esta verdad hay traiciones más grandes que otras y más posibles que otras. Traducir poesía, por ejemplo, debería estar estrictamente prohibido (bajo pena de cárcel sin fianza), por respeto al autor y a los potenciales lectores.
Lamentablemente los cambios en política cultural están subordinados a los intereses económicos. Nunca se introducen cambios por respeto a la cultura en sí misma. Por eso la perversa práctica del doblaje tiene el futuro asegurado en España (hay que mantener al espectador contento, no hay que exigirle nada, sobre todo con tanta piratería; si el espectador no quiere hacer el esfuerzo de leer, pues que así sea...). Además el gremio encargado del doblaje defenderá su negocio con uñas y dientes. Finalmente, debemos admitir que el ser humano es un animal adicto a la comodidad y al mínimo esfuerzo; por eso los hábitos que conducen a la mediocridad se instalan tan fácilmente en el cerebro triunfando luego en la vida cotidiana.
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