domingo, 22 de abril de 2012

DE ELEFANTES Y HOMBRES

El lamentable episodio que recientemente protagonizó el actual rey de España ha dado mucho que hablar; pero más que condenar el hecho en sí, me parece más interesante examinar las distintas valoraciones que se han realizado sobre este bochornoso incidente real.

Para empezar, cabe destacar el enfoque de los medios de comunicación y público españoles. Según lo que he leído y conversado durante toda esta semana, he descubierto que en España se considera que la conducta del rey es condenable en primer lugar por el dinero invertido en sus exóticas actividades privadas. Luego, en un muy segundo lugar, se habla de los elefantes, pero no porque realmente importen, sino porque «queda bien» decirlo (sobre todo es esta época en que está de moda ser «ecológico»). Pero la verdad es que a mucha gente no le indigna ni le parece raro ir de safari a cazar elefantes y otros animales en peligro de extinción.

Mucha gente se ha sentido ofendida ante la posibilidad de que el rey haya empleado dinero público para financiar sus vacaciones (aunque luego se ha dicho que el viaje fue una invitación). Entonces el ciudadano común se golpea el pecho con indignación y exclama con tristeza «el rey ha usado mi dinero para irse a cazar». Luego siente que ha sido víctima de un abuso. De alguna manera con esto se estaría insinuando que si el rey hubiese financiado la totalidad de su viaje con su propio dinero, entonces que mate elefantes u otro animal poco importa. Total, mucha gente se va de cacería...

Es verdad que la cacería existe y que es una práctica legal en varios países y muchos millonarios pagan mucho dinero por el placer de matar animales salvajes. Esto es un hecho y sería absurdo sorprenderse por ello. Lo que me sorprende es que la gente se ofenda porque el rey o cualquier persona pudiente quiera gastar dinero para divertirse. La opinión general afirma que es de mal gusto gastar un montón de dinero en «frivolidades» mientras el pueblo sufre penurias para llegar a fin de mes. Pero es totalmente normal que los ricos gasten mucho dinero en sus actividades privadas; para eso son ricos y pueden pagarlo. ¿Acaso el rey tiene que viajar en low-cost para ganarse la simpatía del pueblo?

Los ricos gastan porque pueden hacerlo y está bien que lo hagan. Sería absurdo fingir que son pobres para ser más simpáticos a los ojos del pueblo. Cuando la opinión pública se molesta porque alguien ha gastado mucho dinero en placeres privados, está demostrando ―obviamente sin reconocerlo― una inconfesable envidia. Y está claro que esta emoción no tiene nada de admirable. Lo realmente lamentable es que la gente se haya indignado con el rey más por los gastos «innecesarios» que por su reprobable afición de matar elefantes por diversión. La indiferencia y permisividad de gran parte del público español ante la práctica de matar animales por simple diversión revela una sensibilidad hacia los animales propia de la Edad Media. Y si de algo ha servido todo este embarazoso asunto ha sido para descubrir esta alarmante realidad.

El incidente también ha servido para encender el debate sobre la justificación de la caza. Muchos cazadores se apoyan en el dudoso argumento que afirma que la caza es necesaria para mantener el equilibrio poblacional de una determinada especie. Claro está que este ajuste poblacional se hace desde la conveniencia de nuestra propia especie. Pero si vamos a utilizar un argumento estrictamente biológico, debemos admitir que nuestra especie también es una plaga para las demás especies, así que también deberíamos controlar el desbordado crecimiento de nuestra propia especie con respecto a los demás animales que nos rodean.

Sería muy largo discutir aquí la legitimidad moral de la caza. La caza sólo me parece justificable cuando se realiza por los motivos que lo originaron, es decir, cuando se mata para comer. Un depredador debe matar para comer, así que sería insensato condenar esta conducta desde una óptica moral, porque un depredador natural no es libre para elegir sus hábitos alimenticios. Pero en nuestra cómoda sociedad moderna, si alguien es asaltado por unas ganas incontenibles de comer carne sólo tiene que acercarse al supermercado más cercano.

Los cazadores también afirman que la caza queda justificada porque está ligada a antiguos valores guerreros. Pero esto también es muy cuestionable. Los valores guerreros de nobleza y valentía sólo son tales cuando las condiciones de los combatientes son iguales. Si un rival tiene una gran ventaja sobre el otro todo honor guerrero queda anulado. Más bien, un combate en desigualdad de condiciones está más cerca al abuso y la cobardía. Hace miles de años, cuando la caza se hacía con lanzas, el cazador realmente se encontraba en peligro, y por ello cazar implicaba valentía, determinación y respeto por la innegable peligrosidad de la presa. Durante la batalla de las Termópilas los antiguos espartanos —que siempre preferían el combate con espada— estaban indignados por la cobardía del ejército persa que los atacaba con una lluvia de flechas eludiendo el noble combate cuerpo a cuerpo.

Pero la caza moderna ya no tiene esa nobleza ni valentía. Se mata la presa desde una distancia prudencial y segura con armas de fuego que no dejan posibilidad alguna al desafortunado animal (que además ni siquiera sabe que lo van a matar). Una victoria no es honorable si el vencido está indefenso. Y esto también funciona al revés: para los leones del antiguo circo romano no era honorable que los alimentasen con cristianos indefensos (un alimento abundante y barato en aquel tiempo). En cambio, el combate entre los antiguos gladiadores sí era honorable porque las condiciones eran similares. Aquí sí se podría hablar de nobles valores guerreros. Incluso la tauromaquia ―cuya crueldad obviamente desapruebo— contiene cierta nobleza guerrera, pues existe una gran proximidad física entre el toro y el torero, y este último está expuesto a un constante peligro real. Lo que no es honorable es que la suerte de toro esté echada de antemano, incluso si logra herir o matar al torero.

Quizás lo más vergonzoso de todo este asunto es descubrir que el rey implicado ha sido ―y sigue siendo— durante más de 40 años presidente honorario de la WWF. Esto no tiene justificación alguna. No se puede pretender defender públicamente a los animales en peligro de extinción y luego matarlos en excursiones privadas. Uno tiene que decidir a qué bando pertenece y actuar en consecuencia. Si uno quiere ser cazador al menos debe tener la decencia de defender su postura con coherencia y firmeza. Aunque personalmente no respeto a los hombres que matan animales por diversión, sí respeto a los hombres que tienen la valentía de defender sus valores y principios, aún si estos puedan parecer aborrecibles. Respeto la coherencia y la capacidad de asumir las consecuencias de nuestras creencias y valores. Lo que no es respetable es la hipocresía que se practica para ganarse la simpatía de los demás.

Ahora la WWF está considerando despojar al rey cazador del título honorario que ha llevado durante tantos años. La WWF tiene la obligación de hacerlo. Cualquier otra acción sería indecente e incoherente. Ojalá el mismo rey hubiese tenido la nobleza y decencia de renunciar a este título por voluntad propia (esto sí que hubiese sido un gesto verdaderamente «aristocrático»).

Finalmente, como ya todos saben, esta historia acabó con las oportunas disculpas del rey. Mucha gente se sintió aliviada (quizás porque les complacía ver a un personaje tan importante y poderoso abatido disculpándose como un niño arrepentido). Las disculpas son bienvenidas, ¿pero acaso esto significa borrón y cuenta nueva? De ninguna manera. El hecho de disculparse y admitir una falta no anula la infracción cometida ni la hace menos condenable.

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