Pocos animales domésticos han sido más incomprendidos que el gato. Es un animal que a nadie deja indiferente; por el contrario, siempre parece generar sentimientos extremos como el amor y la admiración o el rechazo y el temor. Muchas de las supersticiones que sobreviven en la actualidad provienen de tiempos muy remotos, y aunque en muchos casos el origen de la creencia se ha perdido, el contenido emocional aún se mantiene en forma de prejuicio irracional.
La edad dorada del gato fue hace unos 6 mil años en el antiguo Egipto, donde primero fue domesticado. Fue un animal muy apreciado porque mantenía a raya a los ratones que amenazaban las cosechas de grano, alimento clave para la supervivencia del pueblo egipcio. El gato fue entonces protegido y divinizado; incluso una de las diosas egipcias, Bastet —diosa de la armonía y la felicidad—, era representada con cabeza de gato, en consecuencia, todos los gatos domésticos fueron considerados encarnaciones de esta diosa. Se han encontrado miles de gatos cuidadosamente embalsamados como evidencia de la adoración egipcia hacia estos felinos, y la veneración era tal que matar a un gato se castigaba con la muerte. Pero la suerte de estos felinos cambió radicalmente en el siglo XIII con la persecución del que fueron objeto por parte de la iglesia Católica. Entonces pasaron de ser dioses a demonios.
Se cree que la persecución de los gatos tiene su origen en la relación que guardaban con la mitología pagana; como es bien conocido, la Iglesia demonizó muchos animales y objetos asociados al paganismo en su intento por dominar el terreno religioso y eliminar cualquier rastro de otros cultos no cristianos. En la mitología e iconografía nórdica y germánica, Freyja, diosa de la belleza, el amor y la fertilidad, aparece en un carro tirado por dos grandes gatos. Esta representación bastó para considerar a los gatos socios del mal y del diablo. En el imaginario popular esta maléfica asociación fue representada en la folclórica imagen de la vieja bruja con su caldero hirviente acompañada siempre por su fiel gato negro.
Esta absurda superstición medieval significó la muerte en la hoguera de miles de gatos, incluso se pagaba por sacos llenos de gatos para ser quemados vivos. La tortura y muerte de gatos se convirtió en espectáculo público y en muchos casos se realizaban en fechas especiales de la liturgia cristiana, como la Noche de San Juan. Como consecuencia de este exterminio la población de roedores creció imparablemente generando un ambiente insalubre, afectando las cosechas y permitiendo la expansión de plagas mortales. El ejemplo más conocido es la peste negra que azotó Europa en el siglo XIV; se calcula que un tercio de la población europea (unas 25 millones de personas) murió a causa de esta pandemia. Absurdamente, los gatos también fueron culpados por esta peste y en consecuencia muchos más fueron muertos en un irracional intento por detener la plaga. Mientras tanto, las ratas negras y sus pulgas —verdaderas responsables de la peste— se multiplicaban sin control ante la ausencia de su natural depredador que ardía en las hogueras de la superstición y el temor.
A diferencia del pensamiento clásico grecorromano, el pensamiento cristiano siente rechazo por el cuerpo y la sensualidad. Cualidades como la belleza, la elegancia, la gracia, la independencia, la astucia, y valores vitales como la fuerza, la agilidad, la rapidez y la depredación fueron considerados malvados, y los gatos ―que poseían todas estas virtudes― fueron por ello cruelmente perseguidos. La superstición se alimenta principalmente de dos fuentes: la ignorancia y el temor, dos grandes males dominantes en la Edad Media. Para la tosca mente medieval los gatos poseían características suficientes como para sospechar de ellos: sus sigilosos paseos nocturnos; los escalofriantes maullidos de las hembras en celo y los bufidos de los machos peleando; los dientes y las uñas afiladas y amenazantes, y los ojos reflectantes que nos espían en la oscuridad; todas estas manifestaciones debían ser señales del diablo.
Durante la cacería de brujas que se extendió por toda Europa desde el siglo XV hasta el XVIII se creía que los gatos eran brujas transformadas y esto fue otra razón para matarlos indiscriminadamente. El retrato de la típica bruja era una vieja de aspecto muy desagradable porque ello representaba el mal; adicionalmente su capacidad metamórfica incluía la posibilidad de convertirse en una bella doncella que aprovechaba sus atributos físicos para seducir a sus incautas víctimas. La belleza, cualidad compartida por la mujer y el gato, permitía seducir y engañar, por eso era perversa. Las desafortunadas mujeres que morían en la hoguera eran en realidad mujeres ancianas, solas y pobres, mayormente viudas; y aunque es cierto que algunas sí practicaban rituales mágicos y ritos paganos, estas prácticas eran en su mayoría rituales para invocar fertilidad o buenas cosechas pertenecientes a antiguos cultos panteístas y animistas. Dichas prácticas sólo eran «diabólicas» en la intolerante interpretación de la Iglesia que consideraba satánica cualquier práctica religiosa distinta a la cristiana. Otra cruel superstición cuenta que los gatos eran lanzados de las torres de las iglesias, si alguno sobrevivía al caer de pie, se creía que esto probaba que fueron ayudados por el diablo. Nunca debemos subestimar los límites de la estupidez humana.
Pero de entre todos los gatos ninguno lo ha pasado tan mal como el gato negro, rodeado por supersticiones descabelladas, ha sido estigmatizado durante siglos. La creencia más popular es la idea de que si un gato negro se cruza por nuestro camino (de derecha a izquierda) es señal de mala suerte; pero eso sí, el gato tiene que ser completamente negro, si se le encuentra alguna mancha blanca la maldición queda sin efecto. El color negro (que en un sentido estricto no es un color sino la ausencia de éste) tradicionalmente se ha relacionado con el mal, la desgracia y la muerte. Un gato negro de noche resulta aún más sospechoso, amparado por un camuflaje perfecto donde sólo brillan sus ojos «endemoniados» (desde el punto de vista evolutivo, un pelaje negro ofrece una ventaja adaptativa inigualable para pasar desapercibido en cacerías nocturnas).
Curiosamente, en Gran Bretaña, al igual que el tráfico y muchas otras cosas, la situación es inversa y los gatos negros dan buena suerte. En la literatura también encontramos numerosos ejemplos de los infortunios que traen los gatos negros. En el relato El gato negro de Edgar Allan Poe, el enajenado narrador mata a su esposa de un hachazo por culpa de su gato negro al que odiaba y temía profundamente. El asesino intenta esconder el cuerpo de su víctima emparedándolo en un sótano. Cuando la policía inspecciona el lugar sin encontrar pista alguna el asesino está a punto de quedar libre de toda sospecha hasta que los maullidos de su gato lo delatan. Sin saberlo había emparedado el cuerpo junto con el gato.
Afortunadamente, ahora muy poca gente cree en brujas voladoras y demonios. Sin embargo, ciertos prejuicios aún sobreviven cuando algunas personas intentan justificar su antipatía hacia los gatos afirmando que son, por ejemplo, «huraños y traicioneros». No es casualidad que la mayoría de las personas que piensan así nunca han tenido un gato. Tampoco es casualidad que la impopularidad de los gatos sea mayor en los países con una fuerte tradición católica. Por regla general, apreciamos más a los animales que se adaptan dócilmente a nuestros hábitos de vida, a los que nos obedecen ciegamente y a los que les podemos enseñar trucos simpáticos.
No olvidemos que el gato además de ser un animal hermoso, sociable, cariñoso y doméstico, antes es un felino depredador y carnívoro, diseñado para cazar y matar, ser independiente y sobrevivir con éxito en un mundo salvaje gobernado por el peligro, la oportunidad y el azar. Es un mundo ajeno que nos precede y que hemos olvidado. Sin embargo, esta realidad, lejos de asustarnos y alimentar viejas supersticiones, debería ser un motivo más para despertar nuestra admiración.
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