Tras los diversos ataques terroristas que han ocurrido en los últimos años, era habitual ver a los líderes de los países afectados dirigiéndose al mundo entero, con gesto grave y solemne, diciendo: «los culpables serán castigados con todo el peso de la ley». Pero tal amenaza, lejos de intimidar, sólo genera un largo bostezo. ¿Qué significa ese anunciado «peso de la ley»? En el Estado de derecho, donde se pretende el respeto a los derechos humanos, los buenos siempre están en desventaja, limitados por las restricciones propias de la ley, mientras que los criminales —que no están obligados a seguir las reglas— tienen siempre un mayor rango de acción. Por eso los malos siempre estarán en ventaja.
Desde la filosofía moral
este es un asunto que pertenece al terreno de la metaética: ¿qué convendría más
si el objetivo sólo fuese derrotar al rival? Si uno tuviese que tomar en cuenta
sólo la efectividad ―olvidándonos por un momento de la ideología y las razones
detrás de la lucha— habría que admitir que se tiene más posibilidades de ganar
en el bando de los malos. Los malos tienen en realidad el doble de ventajas,
pues aprovechan la legitimidad y estructuras del mundo de «los buenos», además
de las estrategias ilegítimas de su propio mundo; es como si en el campo de
batalla usaran bazucas además de los rifles convencionales de los rivales (cuya
ideología les prohíbe el uso de bazucas). Adicionalmente tienen la ventaja del
elemento sorpresa, pues siempre, por definición de roles, golpean primero y por
la espalda.
Quizás una de las debilidades
de las leyes y reglas de convivencia es que están pensadas para gente «buena»,
gente que de antemano ya es civilizada y honesta. Y esto tal vez se deba a que
las leyes están hechas por la gente que quiere que se viva en paz y seguridad,
gente que cree en los valores de respeto y armonía social. Pero los criminales
no creen en estas reglas, sino que las consideran medios para alcanzar fines
ulteriores. Los terroristas y delincuentes aprovechan la libertad y confianza
que debe existir en el Estado de derecho para atacar a traición. Es demasiado
fácil hacerlo.
En realidad, pensándolo
bien, es sorprendente que podamos caminar por la calle con tanta tranquilidad.
Yo todavía me sorprendo al ver que (por lo general) nadie ataca a los demás
para robarles, o que las mujeres puedan salir a la calle con ropa ligera sin
que un montón de hombres no intenten agredirlas (como de hecho sucede en sociedades
con altos índices de violencia sexual). Si podemos salir a la calle sin temor a
ser asaltados en cada esquina es porque la mayoría de la población ha sido
educada para no agredir a los demás. Pero tampoco dejamos de robar a la gente
por temor a la ley (por pura coacción), sino que nos parece natural respetar a los demás. Nos han
educado a convivir respetando a los demás; y es por eso que nos indignamos cuando
alguien rompe la armonía social, abusando de la confianza que debe existir en
el espacio público.
Los criminales, además de
colocar bombas en espacios públicos matando y mutilando a decenas de personas
inocentes, también usan medios ilegales como el chantaje y la tortura. Aunque
nadie pondría en duda la legitimidad de los derechos humanos, debemos admitir
que su aplicación tiene la desventaja de proteger a los criminales cuando son
sometidos a interrogatorios. Todos recordamos las vergonzosas torturas durante
la guerra de Irak por parte del ejército norteamericano. Lo curioso es que no
recordemos las torturas realizadas por los terroristas o el ejército de Saddam Hussein.
Si no lo recordamos es porque, de alguna u otra manera, damos por sentado que a
los malos les es «lícito» torturar.
La tortura es algo
horrible, pero suele ser efectiva. La mayoría de los interrogados se derrumban
cuando el dolor físico se hace intolerable. Los malos saben esto, así que
aplican la tortura y el maltrato físico cada vez que consideran que es necesario.
En cambio, cuando la policía o el ejército interroga a un terrorista para
sacarle información vital que podría evitar nuevos atentados, sólo puede
intimidar al prisionero con amenazas verbales; pero las palabras no duelen y
suelen ser poco eficaces para obtener información. Claro que con todo esto no
intento justificar la tortura; sólo intento ilustrar cómo, al respetar la ley y
los derechos humanos, se tiene mucha menos libertad de acción, mientras los
malos tienen la ventaja de poder romper todas las reglas.
En China hay un homicidio
por cada 100.000 habitantes, mientras que en los Estados Unidos la tasa es de
4.8 (datos del 2010). Estas cifras podrían ser indicadores de una realidad
inquietante: hay más criminalidad en los países democráticos con tradición a
respetar los derechos humanos (hay que matizar el caso de los EE.UU. debido a la
pena de muerte) que en los países totalitarios donde los derechos humanos no se
respetan o son violados sistemáticamente. En China la tasa de delincuencia es
muy baja en comparación con los países libres y democráticos. La implacable
represión del Estado reduce la delincuencia dramáticamente (debemos tomar en
cuenta que en China la pena de muerte no sólo se aplica a delitos graves como
el homicidio, sino a muchos delitos menores,
como el trafico de drogas, la evasión de impuestos y la falsificación).
Probablemente China aún
no está preparada para un sistema de libertad democrática. Tal vez las
autoridades temen que una mayor libertad individual y un sistema penal menos
severo podría favorecer una mayor delincuencia, que en verdad es cierto: la
libertad, por su propia definición, implica el riesgo de ser usado para fines perversos,
además de fines loables. Si bien el régimen comunista no es agradable a los
ojos occidentales, debemos admitir que es eficaz a la hora de controlar una
densidad poblacional tan alta como la que existe en China.
Cada vez que el
terrorismo golpea aprovechando las libertades del Estado de derecho,
paradójicamente ocasiona la reducción de esas mismas libertades. Tras los
atentados a las Torres Gemelas en el 2001 las restricciones en el tráfico aéreo
se han impuesto en el mundo entero, especialmente en los viajes a Estados Unidos
(como habrán comprobado aquellos sufridos viajeros que han tenido que ir a ese
país o simplemente hacer trasbordo en uno de sus aeropuertos). También se han
multiplicado las cámaras de vigilancia en prácticamente todos los espacios
públicos que acogen un gran tránsito de gente. Hace unos años en el metro de
Madrid había un inquietante aviso en los pasillos que decía: «Más de mil
cámaras velan por tu seguridad». Bajo el argumento de mejorar la seguridad, la
sociedad se ha convertido en una sociedad orwelliana, donde todo el mundo es
grabado en alguna cámara oculta en cualquier esquina. El anonimato en la ciudad
es ahora algo imposible.
En conclusión, a mayor
libertad mayor inseguridad. Siempre habrá gente que se aprovechará de la
libertad para hacer daño, así que el incremento de seguridad tiene como precio
la pérdida de libertad individual. Ese ambiente de paz y seguridad que se
respira en los parques los domingos en la mañana con niños jugando y perros
correteando está pensado para gente esencialmente buena. La vigencia de los derechos humanos universales también protegerá a aquellos individuos que no respetan
estos derechos. Al mismo tiempo, el terrorismo es un problema crónico que
probablemente nunca podrá ser erradicado del todo, y las medidas preventivas
contra el terrorismo y la delincuencia nunca serán suficientes mientras se
quieran preservar las libertades individuales. Los malos siempre están un paso
más adelante; los buenos siempre reaccionan tardíamente, y tienen como función
reestablecer el orden alterado por los malos. Las leyes que deben garantizar el
orden público están hechas para los buenos, gente a la que le resulta difícil
pensar que alguien pudiera ser tan canalla como para aprovecharse de la
libertad que se ofrece para matar a otros.
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