lunes, 22 de abril de 2013

El inconveniente de ser bueno

No respetar la ley permite a los criminales estar siempre en ventaja
 
Tras los diversos ataques terroristas que han ocurrido en los últimos años, era habitual ver a los líderes de los países afectados dirigiéndose al mundo entero, con gesto grave y solemne, diciendo: «los culpables serán castigados con todo el peso de la ley». Pero tal amenaza, lejos de intimidar, sólo genera un largo bostezo. ¿Qué significa ese anunciado «peso de la ley»? En el Estado de derecho, donde se pretende el respeto a los derechos humanos, los buenos siempre están en desventaja, limitados por las restricciones propias de la ley, mientras que los criminales —que no están obligados a seguir las reglas— tienen siempre un mayor rango de acción. Por eso los malos siempre estarán en ventaja.

Desde la filosofía moral este es un asunto que pertenece al terreno de la metaética: ¿qué convendría más si el objetivo sólo fuese derrotar al rival? Si uno tuviese que tomar en cuenta sólo la efectividad ―olvidándonos por un momento de la ideología y las razones detrás de la lucha— habría que admitir que se tiene más posibilidades de ganar en el bando de los malos. Los malos tienen en realidad el doble de ventajas, pues aprovechan la legitimidad y estructuras del mundo de «los buenos», además de las estrategias ilegítimas de su propio mundo; es como si en el campo de batalla usaran bazucas además de los rifles convencionales de los rivales (cuya ideología les prohíbe el uso de bazucas). Adicionalmente tienen la ventaja del elemento sorpresa, pues siempre, por definición de roles, golpean primero y por la espalda.

Quizás una de las debilidades de las leyes y reglas de convivencia es que están pensadas para gente «buena», gente que de antemano ya es civilizada y honesta. Y esto tal vez se deba a que las leyes están hechas por la gente que quiere que se viva en paz y seguridad, gente que cree en los valores de respeto y armonía social. Pero los criminales no creen en estas reglas, sino que las consideran medios para alcanzar fines ulteriores. Los terroristas y delincuentes aprovechan la libertad y confianza que debe existir en el Estado de derecho para atacar a traición. Es demasiado fácil hacerlo.

En realidad, pensándolo bien, es sorprendente que podamos caminar por la calle con tanta tranquilidad. Yo todavía me sorprendo al ver que (por lo general) nadie ataca a los demás para robarles, o que las mujeres puedan salir a la calle con ropa ligera sin que un montón de hombres no intenten agredirlas (como de hecho sucede en sociedades con altos índices de violencia sexual). Si podemos salir a la calle sin temor a ser asaltados en cada esquina es porque la mayoría de la población ha sido educada para no agredir a los demás. Pero tampoco dejamos de robar a la gente por temor a la ley (por pura coacción), sino que nos parece natural respetar a los demás. Nos han educado a convivir respetando a los demás; y es por eso que nos indignamos cuando alguien rompe la armonía social, abusando de la confianza que debe existir en el espacio público.

Los criminales, además de colocar bombas en espacios públicos matando y mutilando a decenas de personas inocentes, también usan medios ilegales como el chantaje y la tortura. Aunque nadie pondría en duda la legitimidad de los derechos humanos, debemos admitir que su aplicación tiene la desventaja de proteger a los criminales cuando son sometidos a interrogatorios. Todos recordamos las vergonzosas torturas durante la guerra de Irak por parte del ejército norteamericano. Lo curioso es que no recordemos las torturas realizadas por los terroristas o el ejército de Saddam Hussein. Si no lo recordamos es porque, de alguna u otra manera, damos por sentado que a los malos les es «lícito» torturar.

La tortura es algo horrible, pero suele ser efectiva. La mayoría de los interrogados se derrumban cuando el dolor físico se hace intolerable. Los malos saben esto, así que aplican la tortura y el maltrato físico cada vez que consideran que es necesario. En cambio, cuando la policía o el ejército interroga a un terrorista para sacarle información vital que podría evitar nuevos atentados, sólo puede intimidar al prisionero con amenazas verbales; pero las palabras no duelen y suelen ser poco eficaces para obtener información. Claro que con todo esto no intento justificar la tortura; sólo intento ilustrar cómo, al respetar la ley y los derechos humanos, se tiene mucha menos libertad de acción, mientras los malos tienen la ventaja de poder romper todas las reglas.

En China hay un homicidio por cada 100.000 habitantes, mientras que en los Estados Unidos la tasa es de 4.8 (datos del 2010). Estas cifras podrían ser indicadores de una realidad inquietante: hay más criminalidad en los países democráticos con tradición a respetar los derechos humanos (hay que matizar el caso de los EE.UU. debido a la pena de muerte) que en los países totalitarios donde los derechos humanos no se respetan o son violados sistemáticamente. En China la tasa de delincuencia es muy baja en comparación con los países libres y democráticos. La implacable represión del Estado reduce la delincuencia dramáticamente (debemos tomar en cuenta que en China la pena de muerte no sólo se aplica a delitos graves como el homicidio, sino a muchos delitos menores, como el trafico de drogas, la evasión de impuestos y la falsificación).

Probablemente China aún no está preparada para un sistema de libertad democrática. Tal vez las autoridades temen que una mayor libertad individual y un sistema penal menos severo podría favorecer una mayor delincuencia, que en verdad es cierto: la libertad, por su propia definición, implica el riesgo de ser usado para fines perversos, además de fines loables. Si bien el régimen comunista no es agradable a los ojos occidentales, debemos admitir que es eficaz a la hora de controlar una densidad poblacional tan alta como la que existe en China.

Cada vez que el terrorismo golpea aprovechando las libertades del Estado de derecho, paradójicamente ocasiona la reducción de esas mismas libertades. Tras los atentados a las Torres Gemelas en el 2001 las restricciones en el tráfico aéreo se han impuesto en el mundo entero, especialmente en los viajes a Estados Unidos (como habrán comprobado aquellos sufridos viajeros que han tenido que ir a ese país o simplemente hacer trasbordo en uno de sus aeropuertos). También se han multiplicado las cámaras de vigilancia en prácticamente todos los espacios públicos que acogen un gran tránsito de gente. Hace unos años en el metro de Madrid había un inquietante aviso en los pasillos que decía: «Más de mil cámaras velan por tu seguridad». Bajo el argumento de mejorar la seguridad, la sociedad se ha convertido en una sociedad orwelliana, donde todo el mundo es grabado en alguna cámara oculta en cualquier esquina. El anonimato en la ciudad es ahora algo imposible.

En conclusión, a mayor libertad mayor inseguridad. Siempre habrá gente que se aprovechará de la libertad para hacer daño, así que el incremento de seguridad tiene como precio la pérdida de libertad individual. Ese ambiente de paz y seguridad que se respira en los parques los domingos en la mañana con niños jugando y perros correteando está pensado para gente esencialmente buena. La vigencia de los derechos humanos universales también protegerá a aquellos individuos que no respetan estos derechos. Al mismo tiempo, el terrorismo es un problema crónico que probablemente nunca podrá ser erradicado del todo, y las medidas preventivas contra el terrorismo y la delincuencia nunca serán suficientes mientras se quieran preservar las libertades individuales. Los malos siempre están un paso más adelante; los buenos siempre reaccionan tardíamente, y tienen como función reestablecer el orden alterado por los malos. Las leyes que deben garantizar el orden público están hechas para los buenos, gente a la que le resulta difícil pensar que alguien pudiera ser tan canalla como para aprovecharse de la libertad que se ofrece para matar a otros.

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