sábado, 13 de abril de 2013

La historia perdida


La evolución cultural es también producto del olvido y la destrucción de las ideas de los vencidos
 
Se dice que «la historia la escriben los vencedores», y si bien esto es cierto, también es cierto que la herencia cultural ―las ideas que triunfan en la historia― depende en gran parte de variables contingentes, hechos fortuitos y decisiones personales, muchas veces triviales, que finalmente determinaron el curso del pensamiento occidental. Aunque esto no es nada nuevo, siempre es bueno recordarlo para darnos cuenta de que sólo podemos hablar de un progreso histórico y moral en un contexto relativo. La filosofía de la historia de Hegel, que propuso un progreso lineal ascendente de la historia, es una ilusión producto de una visión preconcebida de la historia del ser humano.

La mayoría de nuestras ideas morales, políticas y filosóficas se formaron en la antigua Grecia, hace más de dos mil años. Nuestros conceptos de justicia, igualdad, democracia y libertad son versiones «actualizadas» de ideas que se pensaron hace siglos; y si hacemos un seguimiento histórico descubriremos claramente cómo estas ideas lograron sedimentarse en la cultura oficial. El que dichas ideas vencieran no basta para cubrirlas con un halo de legitimidad y superioridad moral; dichas ideas ganaron porque sus defensores tuvieron el poder para someter a las ideas contrarias. Es lo que sucedió con la metafísica de la permanencia de Parménides contra la metafísica del cambio de Heráclito, el idealismo platónico frente al materialismo de Demócrito, y el monoteísmo judeocristiano contra el politeísmo romano.

Pero además de la hegemonía histórica de las ideas vencedoras, debemos hablar de todas esas ideas ―algunas seguramente brillantes— que desaparecieron en el olvido o entre las llamas que destruyeron las grandes bibliotecas de la Antigüedad (como la de Alejandría), o todos esos textos que fueron destruidos víctimas de la intolerancia religiosa e intelectual. Da escalofríos pensar en todas las ideas que quedaron enterradas bajo los escombros del imperio romano con la llegada de los mil años de oscuridad de la Edad Media. Sabemos que la Iglesia católica destruyó (o manipuló) miles de textos porque sus contenidos contradecían o ponían en peligro la incuestionable verdad de los dogmas cristianos. Se suele considerar que el paso del politeísmo al monoteísmo fue un paso de evolución cultural, pero al mismo tiempo la supremacía de una sola religión monoteísta condujo a una intolerancia intelectual e imaginativa pasmosa, empujando la historia del pensamiento a un retroceso de varios siglos (ver mi artículo de febrero del 2011 Las miserias del monoteísmo).

¿Qué hubiera pasado si el rey persa Jerjes I hubiese vencido a los griegos en la definitiva batalla de Salamina? ¿Y si Aníbal, montado en sus últimos elefantes, no se hubiera detenido indeciso a las puertas de Roma? ¿Y si el emperador Constantino no se hubiese convertido al cristianismo, y el idealismo platónico no hubiese sido convenientemente reciclado por los pensadores cristianos medievales? Y para poner ejemplos más recientes, ¿qué hubiese pasado si la Alemania nazi no hubiese decidido atacar dos frentes (europeo y ruso) al mismo tiempo, reduciendo drásticamente sus posibilidades de ganar la guerra? ¿Y si Japón no hubiese atacado a Estados Unidos a traición en Pearl Harbour ―en un error estratégico incomprensible—, medida que obligó a los norteamericanos a entrar en la guerra para finalmente derrotar al entonces «eje del mal»?

Las dudas de Aníbal salvaron al Imperio romano de una temprana extinción. De haber marchado sobre Roma quizás la realidad de África ahora sería muy distinta; quizás África hubiera tenido un papel predominante en la cultura occidental europea. Si Alemania hubiese ganado la Segunda Guerra Mundial, posiblemente ahora el alemán sería el idioma internacional por excelencia, mientras que ―recordando que la historia la escriben los vencedores― el nacionalsocialismo sería ahora más respetado que el capitalismo actual. Los comunistas rusos seguirían siendo los malos de la historia, y probablemente los judíos hubiesen sido totalmente exterminados, mientras que se hubiera descrito el holocausto como un acto justificado por la supuesta maldad e inferioridad intrínseca del pueblo judío. El concepto mismo de libertad está condicionado por la ideología de los vencedores. El tipo de libertad que ahora defendemos es la que favorece al capitalismo, y es por eso que creemos en ella. En una sociedad comunista o totalitaria tendríamos un concepto muy distinto de libertad; pero aún así, de alguna manera u otra, nos sentiríamos «libres».

Los «malos» de la historia son los vencidos. Obviamente, los vencedores deben elaborar un discurso para justificar su victoria, argumentando que si vencieron es porque sus razones e ideas eran superiores a las ideas de los perdedores. De esta manera la historia se justifica a sí misma. Esto no obliga a una discusión moral sobre la validez de las ideas vencedoras, pero sí implica perder la ingenuidad ante la supuesta superioridad de estas ideas. Posiblemente todas las ideas pueden valorarse como buenas y nobles mientras sean útiles al grupo que está en el poder. Esto significa que no podemos pensar que hay ideas intrínsecamente buenas o malas. La esclavitud fue bien vista durante siglos, y lentamente fue abolida, no por razones morales, sino por razones básicamente económicas. En muchas sociedades la esclavitud ya no era económicamente viable. Sólo después aparecieron discursos morales que defendían el supuesto derecho a la «libertad natural» del hombre.

Una de las mayores tragedias de la cultura mundial fue la pérdida de gran cantidad de textos e ideas desarrolladas en la Antigüedad clásica. Estremece pensar en todos los textos que desaparecieron tras la decadencia de la Grecia antigua (al mismo tiempo es irónico que Sócrates sea tan recordado teniendo en cuenta que no escribió nada). Lo que ahora sabemos de muchos pensadores griegos son, en su mayor parte, sólo fragmentos de su prolífica obra. ¿Qué hubiera pasado si hubiésemos rescatado toda esa creación intelectual? La pregunta es ociosa pues es imposible saberlo, y además ya es demasiado tarde, pero al menos sirve para reflexionar sobre la fragilidad de la herencia cultural.

El pensamiento platónico fue rescatado por los autores medievales porque era compatible con el pensamiento cristiano. Al mismo tiempo, muchas de las ideas originales de los sofistas griegos fueron despreciadas porque Platón los detestaba considerándolos meros mercaderes del conocimiento, ya que la tarea principal de los sofistas no era la búsqueda desinteresada de la verdad (ideal típicamente platónico), sino preparar a los alumnos en retórica para poder convencer a los demás en los debates públicos —algo muy importante en la vida política griega—, sin tener en cuenta si se tenía razón o no. Asimismo, muy pocas obras de los dramaturgos griegos se salvaron. La verdadera tragedia de la tragedia griega es saber que de Sófocles apenas conocemos 7 de las 120 obras que se dice escribió, mientras que de Esquilo y Eurípides también se salvó muy poco de su extensa producción. Si la tragedia Edipo rey se hubiera perdido, Freud seguramente no habría concebido su malpensado complejo de Edipo (en realidad creo que muy poca gente realmente piensa en acostarse con su madre y matar a su padre).

Por otro lado, muchas de las ideas históricamente victoriosas son ventajosas en determinados contextos, mientras que en otros tienen consecuencias terriblemente nefastas. La democracia, por ejemplo, tiene sentido y es justa es una sociedad con una clase media y educación homogéneas; mientras que en sociedades con grandes desigualdades sociales y educativas la democracia demuestra ser un sistema desastroso que finalmente legitima la elección de gobernantes mediocres y corruptos, como suele suceder en muchos países que presumen de ser «democráticos» (ver mi artículo de abril del 2011 El peligro de la democracia entre desiguales).

En la década de los setenta Richard Dawkins acuñó la palabra «memes» por analogía a los genes para referirse a la herencia cultural, aquellas ideas que se transmiten culturalmente de generación en generación; ideas que logran fijarse en la historia y que determinan el curso del pensamiento y la cultura. El problema que se esconde tras los memes es que al confundirse con el mecanismo que opera en los genes, muchas veces se considera que la trasmisión memética implica que las ideas que logran fijarse son intrínsicamente superiores, y que, imitando a la selección natural, son resaltados por la selección cultural como los memes más fuertes y valiosos. Esta forma de pensar puede ser muy peligrosa y puede conducir al fanatismo y a la ceguera histórica. Muchos de los memes que actualmente operan en la cultura se han establecido, no por su supuesta superioridad intrínseca, sino mediante la fuerza, la sangre y el azar. Pero en ello no hay garantía alguna de calidad.

Coincido con el filósofo Zygmunt Bauman en que el progreso moral no existe. El progreso moral lineal es un relato inventado por los vencedores para justificar sus propias crueldades. Muchas veces se suele confundir el progreso tecnológico —que es indudable— con el progreso moral. Son dos cosas completamente distintas. La tecnología muchas veces ha estado al servicio de nuevas y más eficientes maneras de matar, desde las ingeniosas máquinas de guerra de Leonardo Da Vinci, los mortíferos cohetes V1 y V2 de Hitler, hasta la incontestable bomba atómica. El curso de la historia no tiene dirección alguna y la ilusión de progreso moral es producto de una mirada relativa limitada a un determinado contexto histórico. Aquellos valores supremos que ahora defendemos con tanta pasión, como la igualdad y la justicia, algún día podrían resultar contraproducentes y caer en desuso cuando dejen de servir a aquellos que estén en el poder. Los «buenos» y los «malos» de la historia son creaciones morales cuyos roles pueden cambiar constantemente.

Finalmente, debemos reconocer que la historia está hecha de numerosas variables impredecibles, donde son las guerras, la muerte, el azar, la intolerancia, la avaricia y el poder, muchas veces los factores que determinan el curso de la evolución cultural. Asimismo, el fantasma de aquellas ideas que se hundieron para siempre en el mar del olvido será algo que nos perseguirá incesantemente y que al menos debe servir para recordarnos que la historia que ahora vivimos es sólo una de las muchas posibles, tal vez peor o mejor que todas las otras que nunca se concretaron.

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