La evolución cultural es también producto del olvido y la destrucción de las ideas de los vencidos
Se dice que «la historia la escriben los vencedores», y si bien esto es cierto, también es cierto que la herencia cultural ―las ideas que triunfan en la historia― depende en gran parte de variables contingentes, hechos fortuitos y decisiones personales, muchas veces triviales, que finalmente determinaron el curso del pensamiento occidental. Aunque esto no es nada nuevo, siempre es bueno recordarlo para darnos cuenta de que sólo podemos hablar de un progreso histórico y moral en un contexto relativo. La filosofía de la historia de Hegel, que propuso un progreso lineal ascendente de la historia, es una ilusión producto de una visión preconcebida de la historia del ser humano.
La mayoría de nuestras
ideas morales, políticas y filosóficas se formaron en la antigua Grecia, hace más
de dos mil años. Nuestros conceptos de justicia, igualdad, democracia y
libertad son versiones «actualizadas» de ideas que se pensaron hace siglos; y si
hacemos un seguimiento histórico descubriremos claramente cómo estas ideas
lograron sedimentarse en la cultura oficial. El que dichas ideas vencieran no basta
para cubrirlas con un halo de legitimidad y superioridad moral; dichas ideas
ganaron porque sus defensores tuvieron el poder para someter a las ideas
contrarias. Es lo que sucedió con la metafísica de la permanencia de Parménides
contra la metafísica del cambio de Heráclito, el idealismo platónico frente al
materialismo de Demócrito, y el monoteísmo judeocristiano contra el politeísmo
romano.
Pero además de la
hegemonía histórica de las ideas vencedoras, debemos hablar de todas esas ideas
―algunas seguramente brillantes— que desaparecieron en el olvido o entre las
llamas que destruyeron las grandes bibliotecas de la Antigüedad (como la de Alejandría),
o todos esos textos que fueron destruidos víctimas de la intolerancia religiosa
e intelectual. Da escalofríos pensar en todas las ideas que quedaron enterradas
bajo los escombros del imperio romano con la llegada de los mil años de
oscuridad de la Edad Media. Sabemos que la Iglesia católica destruyó (o
manipuló) miles de textos porque sus contenidos contradecían o ponían en
peligro la incuestionable verdad de los dogmas cristianos. Se suele considerar
que el paso del politeísmo al monoteísmo fue un paso de evolución cultural,
pero al mismo tiempo la supremacía de una sola religión monoteísta condujo a
una intolerancia intelectual e imaginativa pasmosa, empujando la historia del pensamiento
a un retroceso de varios siglos (ver mi artículo de febrero del 2011 Las miserias del monoteísmo).
¿Qué hubiera pasado si el
rey persa Jerjes I hubiese vencido a los griegos en la definitiva batalla de
Salamina? ¿Y si Aníbal, montado en sus últimos elefantes, no se hubiera
detenido indeciso a las puertas de Roma? ¿Y si el emperador Constantino no se hubiese
convertido al cristianismo, y el idealismo platónico no hubiese sido convenientemente
reciclado por los pensadores cristianos medievales? Y para poner ejemplos más
recientes, ¿qué hubiese pasado si la Alemania nazi no hubiese decidido atacar
dos frentes (europeo y ruso) al mismo tiempo, reduciendo drásticamente sus
posibilidades de ganar la guerra? ¿Y si Japón no hubiese atacado a Estados
Unidos a traición en Pearl Harbour ―en un error estratégico incomprensible—,
medida que obligó a los norteamericanos a entrar en la guerra para finalmente
derrotar al entonces «eje del mal»?
Las dudas de Aníbal
salvaron al Imperio romano de una temprana extinción. De haber marchado sobre Roma
quizás la realidad de África ahora sería muy distinta; quizás África hubiera
tenido un papel predominante en la cultura occidental europea. Si Alemania
hubiese ganado la Segunda Guerra Mundial, posiblemente ahora el alemán sería el
idioma internacional por excelencia, mientras que ―recordando que la historia
la escriben los vencedores― el nacionalsocialismo sería ahora más respetado que
el capitalismo actual. Los comunistas rusos seguirían siendo los malos de la
historia, y probablemente los judíos hubiesen sido totalmente exterminados,
mientras que se hubiera descrito el holocausto como un acto justificado por la
supuesta maldad e inferioridad intrínseca del pueblo judío. El concepto mismo de
libertad está condicionado por la ideología de los vencedores. El tipo de libertad
que ahora defendemos es la que favorece al capitalismo, y es por eso que
creemos en ella. En una sociedad comunista o totalitaria tendríamos un concepto
muy distinto de libertad; pero aún así, de alguna manera u otra, nos
sentiríamos «libres».
Los «malos» de la
historia son los vencidos. Obviamente, los vencedores deben elaborar un
discurso para justificar su victoria, argumentando que si vencieron es porque
sus razones e ideas eran superiores a las ideas de los perdedores. De esta
manera la historia se justifica a sí misma. Esto no obliga a una discusión
moral sobre la validez de las ideas vencedoras, pero sí implica perder la
ingenuidad ante la supuesta superioridad de estas ideas. Posiblemente todas las
ideas pueden valorarse como buenas y nobles mientras sean útiles al grupo que
está en el poder. Esto significa que no podemos pensar que hay ideas intrínsecamente buenas o malas. La esclavitud fue bien vista durante
siglos, y lentamente fue abolida, no por razones morales, sino por razones
básicamente económicas. En muchas sociedades la esclavitud ya no era
económicamente viable. Sólo después aparecieron discursos morales que defendían
el supuesto derecho a la «libertad natural» del hombre.
Una de las mayores
tragedias de la cultura mundial fue la pérdida de gran cantidad de textos e
ideas desarrolladas en la Antigüedad clásica. Estremece pensar en todos los
textos que desaparecieron tras la decadencia de la Grecia antigua (al mismo
tiempo es irónico que Sócrates sea tan recordado teniendo en cuenta que no
escribió nada). Lo que ahora sabemos de muchos pensadores griegos son, en su
mayor parte, sólo fragmentos de su prolífica obra. ¿Qué hubiera pasado si hubiésemos
rescatado toda esa creación intelectual? La pregunta es ociosa pues es
imposible saberlo, y además ya es demasiado tarde, pero al menos sirve para
reflexionar sobre la fragilidad de la herencia cultural.
El pensamiento platónico
fue rescatado por los autores medievales porque era compatible con el
pensamiento cristiano. Al mismo tiempo, muchas de las ideas originales de los
sofistas griegos fueron despreciadas porque Platón los detestaba
considerándolos meros mercaderes del conocimiento, ya que la tarea principal de
los sofistas no era la búsqueda desinteresada de la verdad (ideal típicamente
platónico), sino preparar a los alumnos en retórica para poder convencer a los
demás en los debates públicos —algo muy importante en la vida política griega—,
sin tener en cuenta si se tenía razón
o no. Asimismo, muy pocas obras de los dramaturgos griegos se salvaron. La
verdadera tragedia de la tragedia griega es saber que de Sófocles apenas
conocemos 7 de las 120 obras que se dice escribió, mientras que de Esquilo y
Eurípides también se salvó muy poco de su extensa producción. Si la tragedia Edipo rey se hubiera perdido, Freud
seguramente no habría concebido su malpensado complejo de Edipo (en realidad
creo que muy poca gente realmente piensa en acostarse con su madre y matar a su
padre).
Por otro lado, muchas de
las ideas históricamente victoriosas son ventajosas en determinados contextos,
mientras que en otros tienen consecuencias terriblemente nefastas. La
democracia, por ejemplo, tiene sentido y es justa es una sociedad con una clase
media y educación homogéneas; mientras que en sociedades con grandes
desigualdades sociales y educativas la democracia demuestra ser un sistema
desastroso que finalmente legitima la elección de gobernantes mediocres y
corruptos, como suele suceder en muchos países que presumen de ser
«democráticos» (ver mi artículo de abril del 2011 El peligro de la democracia entre desiguales).
En la década de los
setenta Richard Dawkins acuñó la palabra «memes» por analogía a los genes para referirse
a la herencia cultural, aquellas ideas que se transmiten culturalmente de
generación en generación; ideas que logran fijarse en la historia y que determinan
el curso del pensamiento y la cultura. El problema que se esconde tras los
memes es que al confundirse con el mecanismo que opera en los genes, muchas
veces se considera que la trasmisión memética
implica que las ideas que logran fijarse son intrínsicamente superiores, y
que, imitando a la selección natural, son resaltados por la selección cultural como
los memes más fuertes y valiosos. Esta forma de pensar puede ser muy peligrosa
y puede conducir al fanatismo y a la ceguera histórica. Muchos de los memes que
actualmente operan en la cultura se han establecido, no por su supuesta superioridad
intrínseca, sino mediante la fuerza, la sangre y el azar. Pero en ello no hay
garantía alguna de calidad.
Coincido con el filósofo
Zygmunt Bauman en que el progreso moral no existe. El progreso moral lineal es
un relato inventado por los vencedores para justificar sus propias crueldades.
Muchas veces se suele confundir el progreso tecnológico —que es indudable— con
el progreso moral. Son dos cosas completamente distintas. La tecnología muchas
veces ha estado al servicio de nuevas y más eficientes maneras de matar, desde
las ingeniosas máquinas de guerra de Leonardo Da Vinci, los mortíferos cohetes V1
y V2 de Hitler, hasta la incontestable bomba atómica. El curso de la historia
no tiene dirección alguna y la ilusión de progreso moral es producto de una
mirada relativa limitada a un determinado contexto histórico. Aquellos valores supremos
que ahora defendemos con tanta pasión, como la igualdad y la justicia, algún
día podrían resultar contraproducentes y caer en desuso cuando dejen de servir a
aquellos que estén en el poder. Los «buenos» y los «malos» de la historia son creaciones morales cuyos roles pueden
cambiar constantemente.
Finalmente, debemos
reconocer que la historia está hecha de numerosas variables impredecibles,
donde son las guerras, la muerte, el azar, la intolerancia, la avaricia y el
poder, muchas veces los factores que determinan el curso de la evolución
cultural. Asimismo, el fantasma de aquellas ideas que se hundieron para siempre
en el mar del olvido será algo que nos perseguirá incesantemente y que al menos
debe servir para recordarnos que la historia que ahora vivimos es sólo una de
las muchas posibles, tal vez peor o mejor que todas las otras que nunca se
concretaron.
No hay comentarios:
Publicar un comentario