domingo, 28 de abril de 2013

La vejez: un invento moderno


El envejecimiento es un mal cultural y no un fenómeno natural


Empezaré con una pequeña historia de terror. En mi barrio suelo ver en las mañanas a un grupo de viejos (incluye a las viejas, claro está) haciendo ejercicios al aire libre frente a un centro deportivo donde también suelen nadar. Siguen las órdenes de un instructor que los hace moverse y marchar de un lado a otro. Yo los miro con desasosiego y tristeza. Sus movimientos, lentos y torpes, me hacen pensar en un ejército zombi al mejor estilo de las películas apocalípticas de moda. Por momentos pareciera que estuvieran a punto de intentar una versión no autorizada del famoso videoclip Thriller de Michael Jackson.

En el mismo centro deportivo he comenzado a nadar dos veces por semana. La piscina abre tarde, en horario de funcionario español (9 a.m.) y antes de esa hora ya hay un grupo de ancianos esperando impacientemente para meterse al agua. Yo trato de meterme lo antes posible para poder nadar un rato antes de que se llene de viejos, pero apenas nado un par de largos y el agua ya empieza a infestarse. A los viejos que me rodean en la piscina los he llamado ―acertadamente― «malaguas» (medusas) ya que suelen flotar a la deriva, al parecer con el único objetivo de molestar a aquellos que intentan nadar en serio. Obviamente los viejos van a la piscina en la mañana porque la mayoría son jubilados y tienen bastante tiempo libre. Soy yo quien está invadiendo el horario de la «gente mayor».

Ya sé que esto puede parecer injusto de mi parte, y en realidad no tengo nada contra los viejos. Envejecer es un acto involuntario y el precio que se paga por aplazar la muerte. Pero estos encuentros cercanos con la tercera edad me han hecho reflexionar sobre la realidad detrás del envejecimiento. Para el lector impaciente, adelanto la conclusión antes de exponer los argumentos: llegar a viejo no es algo natural, la naturaleza no incluyó la vejez en sus planes. La larga vida que ahora vivimos es una creación cultural producto del progreso tecnológico y científico; y los problemas que acompañan al envejecimiento —los achaques y enfermedades— son el precio que se paga por alterar el curso inicial de la evolución. La vejez como norma es una novedad evolutiva, un invento cultural de los últimos 150 años.

Quizás algún lector escandalizado habrá notado que me refiero a los ancianos como «viejos» y no como «gente mayor». Esto no es un descuido sino algo plenamente intencionado. Estoy totalmente en contra de la actual moda histérica de corrección política y eufemismos blandengues. Todo eso me parece —y perdonen la expresión— una verdadera mariconada. Desde que los puritanos del idioma han tomado el poder en los medios, sólo los objetos son viejos, las personas son mayores. Yo creo que las cosas deben ser llamadas por su nombre, y esto no debe ofender a nadie. Que un anciano sea llamado «persona mayor» no lo hace rejuvenecer, del mismo modo en que un gordo no adelgaza cuando se le califica como «persona grande». El problema no está en las palabras ―las palabras sólo intentan describir las cosas―, el problema está en la actitud que se adopta hacia ellas. Llamar «mayores» a los viejos es una forma de decir que ser viejo es vergonzoso. Yo creo que ser viejo no es motivo para avergonzarse ni requiere el uso de eufemismos pasteurizados para negar la realidad.

Si analizamos la esperanza de vida de los últimos siglos veremos que, en términos históricos, vivir más de 40 años es un lujo muy reciente producto del avance en medicina e higiene (la esperanza de vida mundial a comienzos del siglo XIX era de 30-40 años). El cuerpo humano no está preparado para llegar a viejo. Si llegamos a viejos es gracias a la ayuda de la ciencia médica y por haber adoptado vidas sedentarias y poco aventureras. Ya no es común morir en el campo de batalla empuñando una espada, ni solemos cruzar los mares para conquistar tierras ignotas pobladas por gigantes y caníbales poco amistosos. La vida posmoderna es relativamente cómoda, segura y predecible. Del mismo modo, la vejez es algo muy raro en el mundo salvaje. La mayoría de animales vive lo suficiente como para reproducirse y cuidar de su prole hasta que puedan valerse por sí mismos, luego generalmente mueren de alguna enfermedad o son devorados por algún depredador.

En la naturaleza la llegada de la vejez se castiga con la muerte. La paulatina pérdida de facultades, velocidad y salud impiden a un animal cumplir sus funciones adecuadamente. Pensemos, por ejemplo, en el caso del león (cuyo único depredador «natural» es el hombre). Las leonas que empiezan a envejecer pierden velocidad y fuerza para cazar, y las que resultan heridas o están enfermas simplemente no pueden cazar en absoluto, finalmente muriendo de hambre. El león, por su parte, debe defender a la manada y demostrar que es el macho dominante. Un macho alfa es constantemente retado por machos jóvenes que aspiran a ocupar un mejor puesto en el grupo. Cuando el macho alfa envejece suele ser derrotado por un macho más joven y fuerte. De esta manera la vejez es castigada en la naturaleza, porque envejecer es ser menos eficiente en las actividades necesarias para sobrevivir.

La mayor parte de la humanidad nunca alcanzó la vejez. La gente moría entre los 30 y 40 años, cuando todavía conservaban su vitalidad biológica. Incluso era raro que una mujer llegara hasta la menopausia. Esto quiere decir que la lenta y progresiva decadencia que se arrastra en la vejez es una anormalidad en la naturaleza. Uno podría decir que dado que es posible vivir hasta los 100 años, el ser humano debería aspirar a llegar a esa edad, pero cuando un cuerpo empieza a envejecer todas sus funciones empiezan a deteriorarse, y si el proceso continúa, la muerte llega cuando el deterioro corporal alcanza un nivel irrecuperable. En este sentido, la vejez, desde sus inicios, es también una forma muy lenta de morir.

Sin duda, el temor a la muerte y el predominio del criterio cuantitativo sobre el cualitativo son los factores que promueven la constante extensión de la vida humana. Seguimos considerando la muerte como un fracaso, por ello se intenta evitarla hasta lo imposible, sin tomar en cuenta la calidad de vida de los interesados. Todos parecen estar más interesados en la cantidad de años que se vive en vez de la calidad. Pero vivir 100 años no es algo deseable si las condiciones físicas nos impiden disfrutar de esos largos años. Por eso la obsesión de conservar la vida a toda costa es irracional; es parte de lo que el filósofo Peter Singer llama la «sacralización de la vida humana», la idea de creer que la vida es un valor intrínseco que debe protegerse incondicionalmente. Sin embargo, es mucho más fácil afirmar que la vida humana es sagrada que responder por qué lo es.

Existe una clara contradicción en nuestra actitud hacia la vejez. Por un lado buscamos vivir cada vez más tiempo intentando dar una vida digna a los ancianos; pero al mismo tiempo a los viejos se les considera inútiles en el área laboral, tras cierta edad se desecha al trabajador considerándolo inservible. Y ahora esto ni siquiera sucede después de los 65 sino mucho antes, y esto lo saben bien todas las personas que tuvieron la desgracia de perder su trabajo antes de los 60 años y ahora viven un penoso limbo sin trabajo y sin pensión hasta los 65. Esta contradicción muestra que el envejecimiento es un problema aún por resolver. Actuamos con respeto hacia la vejez, pero al mismo tiempo la despreciamos, porque vivimos en una sociedad donde el valor personal está determinado por la capacidad para generar riqueza. 

Lo más absurdo del culto a la inmortalidad es creer que el Estado tiene derecho a obligar a alguien a seguir vivo sin tomar en cuenta la opinión del interesado. Las nuevas leyes que defienden la eutanasia en enfermos terminales o en personas que sufren un gran dolor físico son totalmente razonables y humanas. Pero la muerte asistida debería extenderse no sólo a los enfermos, sino a toda persona que libremente decida poner fin a su vida. Generalmente se cree que las tendencias suicidas son producto de la depresión, como si el querer poner fin a la vida fuese también otro fracaso existencial, como si uno estuviese obligado a vivir hasta que la muerte decida el fin sin consultarnos. Ciertamente el suicidio no requiere ser legal para existir, pero hasta que no lo sea siempre será visto como un acto subversivo y su ejecución siempre será un asunto estética y moralmente desagradable.

La vida es el bien más privado que existe y resulta escandaloso que una persona no tenga derecho a decidir si quiere vivir o morir. Por eso creo que si alguien no quiere envejecer hasta el punto de no poder valerse por sí mismo y sufrir penosas dolencias físicas, no se debería penalizar esta decisión. Llegar a viejo no debería ser algo que se alcanza por defecto, sino algo que se elige afirmativamente en libertad. Una vida no debe valorarse por su extensión, sino por su calidad. El suicidio es un acto socialmente reprobado, sobre todo por influencia de una interpretación moral religiosa que lo considera un «pecado», porque para muchos creyentes la vida es un regalo divino, por lo tanto el único que tiene derecho a quitar la vida es Dios. El individuo ni siquiera es dueño de su propia vida. Lamentablemente esta es la interpretación que todavía predomina en el horizonte cultural actual (y la gente suele ignorar que el suicidio ha sido un acto socialmente aceptado y admirado en muchas sociedades en épocas distintas —incluso en el cristianismo primitivo). El sujeto sigue siendo un niño que debe recibir órdenes de un dios-padre.

Mientras tanto, la población mundial sigue creciendo, los viejos tardan más en morir y pocos niños mueren al nacer. El resultado es un desequilibrio cada vez mayor entre la presión demográfica y los recursos necesarios para sostenerla. Además, en muchos países con una alta población envejecida y un gran desempleo (como España), existe el problema cada vez mayor de cómo pagar pensiones dignas con los aportes de una masa laboral cada vez menor. Mientras la población siga pensando que vivir cada vez más años es algo deseable, los problemas asociados a la vejez también se incrementarán. Llegar a viejo debería ser el resultado de una elección personal y libre, y no una realidad impuesta por el Estado y la sociedad.


 

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