domingo, 11 de noviembre de 2012

Cuando el amor se acaba

Las relaciones de pareja en la era de la obsolescencia programada 


El enamoramiento es un trastorno temporal que afecta la percepción y el entendimiento del amante. Aunque esta definición psiquiátrica puede parecer fría y poco romántica, todos aquellos que han padecido el amor y que luego se han curado saben que es verdad (y como el amor también es ciego, aquellos que están enamorados están impedidos para ver dicha realidad). Lo cierto es que existe un desfase entre nuestra visión tradicional del «amor eterno» y su duración real. En tiempos en que la mayoría de nuestros artefactos cotidianos están perversamente fabricados con el mecanismo de la llamada «obsolescencia programada», vale la pena preguntarnos si nuestro amor eterno también tiene una caducidad encubierta que la enfermedad amablemente nos oculta.

En todo caso nos seguimos enamorando torpemente pensando que la enfermedad durará para siempre, aunque la evidencia disponible lo niegue repetidamente. Esta es justo una de las características fundamentales del trastorno amoroso: la sensación de vivir un sentimiento eterno que se extenderá infinitamente. Por eso el enamorado puede repetir impune que su amor durará «para siempre». La realidad luego le pondrá límites a esa supuesta eternidad.

Sabemos que el amor en las sociedades occidentales tradicionales se vive de manera muy distinta que en otras partes del mundo. En la sociedad occidental se suele vivir un largo noviazgo antes de tomar el paso decisivo hacia el matrimonio. Aquellos que pasaron por esta fase conocen bien sus consecuencias: se llega al registro civil cuando la fase más intensa del amor ya ha pasado. Esto es una de las más extrañas contradicciones del amor en Occidente. Se espera a que el amor pasional haya pasado para tomar la decisión de casarse y vivir juntos para siempre, cuando es evidente que ese «para siempre» nunca será como tan intenso como al inicio de la relación.

Algunas parejas no entienden por qué ese entusiasmo inicial desparece con el tiempo y creen (equivocadamente) que están haciendo algo mal. Luego leen penosos libros de autoayuda que intentan reavivar la «llama de la pasión» en la relación, cuando dicha llama hace tiempo se ha extinguido (los disfraces ridículos, látigos y fantasías eróticas sólo sirven para aplazar lo inevitable). Pero esta caducidad no implica un fallo en la relación; es más bien el curso natural de los afectos humanos. Lo que está mal no es la naturaleza de nuestros sentimientos, sino las instituciones y rituales que las envuelven. La gente se sigue casando con la idea de que ese matrimonio durará para siempre o al menos debería hacerlo (justamente porque el enamoramiento los trastorna con la perspectiva de la eternidad).

Sabemos que el vulgo es sentimental y que en general sus sentimientos participan de la visión platónica y cristiana que considera que ciertos afectos, como el amor, deben ser puros y atemporales, o que ciertos valores, como los de la verdad y la justicia, existen en un mundo ideal libre de toda contaminación humana. Podemos entender que dichas personas han sido víctimas de un prolongado adoctrinamiento cargado de idealismo platónico-religioso. Lo curioso es que dicha deformación cultural también ha deformado los sentimientos naturales de estas personas. Ellos creen que sus sentimientos realmente son eternos y que existe la justicia en el mundo y que el mundo debería ser de determinada manera.

La caducidad del amor tiene una explicación racional desde el punto de vista de la psicología evolutiva. El amor se expresa fácticamente mediante la atracción física, y esto tiene como objetivo final el sexo. Y la finalidad del sexo (aunque generalmente no se practique como tal) es la reproducción. El amor romántico no es más que la contraparte afectiva del sexo. Obviamente esto no es nada nuevo, pero muchos investigadores del amor han descubierto ciertos patrones en la duración del amor de pareja. Se suele decir que muchas parejas de separan tras cuatro o cinco años de relación. Este periodo de tiempo no sería casual sino que tendría una explicación evolutiva.

Hace miles de años, cuando una pareja de cavernícolas se gustaban copulaban inmediatamente (¡claro que antes el macho seducía a la hembra con un cariñoso mazazo en la cabeza!). Tras las cópulas la hembra quedaba embarazada rápidamente así que los hijos llegaban al comienzo de la relación afectiva (no uso la palabra «amor» por precaución, ya que según algunos estudiosos el amor romántico como lo entendemos hoy recién apareció en la Edad Media, específicamente en el siglo XI en Italia). Suponiendo que una pareja tuviera dos hijos tras cuatro años juntos, después de ese tiempo los hijos ya serían lo suficientemente grandes como para buscar su propia comida y sobrevivir. Antes de esta edad los niños dependen totalmente de los padres para conseguir alimento y protección, por lo tanto conviene que los padres estén juntos durante ese tiempo (el humano recién nacido es uno de los mamíferos más vulnerables y prematuros del reino animal). Una vez cumplida cierta edad los niños requieren menos protección, así que los padres ya no necesitan estar juntos para criarlos. Esto explicaría la caducidad promedio de cuatro años en una relación afectiva. Y luego, dado que el Homo sapiens es una especie predominantemente polígama, conviene buscar nuevas parejas para seguir poblando el planeta.

La neurociencia también ofrece una explicación paralela a la caducidad del sentimiento amoroso. El cerebro enamorado libera una serie de sustancias químicas generando un trastorno que modifica la percepción del agente y que conducen a un comportamiento obsesivo (pensar en la persona amada constantemente). El desgaste bioquímico es tal que el cerebro no puede aguantar demasiado tiempo y debe necesariamente volver a su estado normal. Pero como el cerebro tiende a ser adictivo, induce después al agente a encontrar otra persona para volver a enamorarse y nuevamente liberar todas esas sustancias químicas para satisfacer sus urgencias hedonistas.

Es verdad que estas interpretaciones no son tan atractivas como los coloridos relatos contados en los cuentos de hadas, pero ofrecen una buena explicación a la caducidad del sentimiento amoroso. Si estas teorías son ciertas, el amor nunca fue concebido para durar para siempre. Debía tener una función específica y temporal. De alguna manera el amor fue traicionado por el idealismo cultural que le impuso exigencias de durabilidad que no podía cumplir. Luego mucha gente se siente decepcionada porque sus afectos no logran ser duraderos, como si hubiesen fallado.

La tragedia del amor en Occidente es la siguiente: las parejas deciden vivir juntos y tener hijos cuando el amor pasional ya está por extinguirse. Van al altar casi resignados a seguir juntos por inercia y comodidad. Claro que cuando tienen hijos esto puede fortalecer y prolongar la relación afectiva justamente porque los niños necesitan de la asistencia de ambos padres. Por eso las parejas que suelen tener varios hijos con ciertos años de diferencia tienden a durar más tiempo, los hijos les sirven como una prórroga afectiva. En muchos casos la relación de pareja sobrevive al límite de los cuatro años porque cuando se cumple este tiempo la pareja recién decide vivir juntos y tener hijos, con ello iniciando una segunda temporada de cuatro años a partir del nacimiento del primer hijo. Las parejas que deciden convivir sin casarse y sin tener hijos son un caso distinto. En cierta manera logran «engañar» el declive de la pasión tras el matrimonio, aunque al mismo tiempo, al no casarse y no tener hijos, están más libres para separarse sin demasiadas molestias (perversamente uno también podría pensar que no se casan ni tienen hijos porque en el fondo no creen en la eternidad de su amor).

Pero me parece lamentable que las parejas esperen hasta que la fiebre del amor pasional haya bajado para casarse y tener hijos. Claro que lo hacen movidos por razones puramente instrumentales. Quieren estar seguros de la otra persona, quieren un buen trabajo para garantizar una cómoda y apacible vida burguesa. Parece que el amor romántico y tormentoso no fuera suficiente; quieren saber si existen otras razones que los mantienen unidos. Pero luego se quejan de cierta frialdad y quieren que la llama de la pasión se mantenga encendida con la misma fuerza tras los años. Esto revela que existe una contradicción entre los tiempos naturales y culturales del enamoramiento. Mientras este desequilibrio no se ajuste la gente seguirá pensando que han fracasado cuando sus sentimientos naturales hayan cambiado defraudando el ideal del amor eterno.

La mentalidad occidental suele criticar los matrimonios arreglados que se celebran en algunos países orientales como, por ejemplo, la India. Se considera una violación a la libertad individual. Creemos que cada uno debe tener el derecho a amar a quien quiera por elección propia. Todo esto suena muy bien, pero en muchos casos esos matrimonios arreglados ―aunque movidos por intereses económicos y sociales, más que sentimentales—  tienen un final feliz. En muchos casos los novios, que apenas se conocen, son felices juntos y algunos incluso llegan a enamorarse (dentro de los parámetros afectivos de su propia cultura). Lo interesante en este caso es que si se llevan bien y se enamoran poco a poco lo hacen estando ya casados; con ello vivirán la parte más intensa del fenómeno amoroso en plena convivencia de pareja. Los hijos también llegarán en ese periodo y gozarán de la protección de los padres.

Nuestra cultura considera que ciertos valores, como la libertad y justicia, son sagrados. Creemos que ser libres para elegir nos conducirá a una mayor felicidad. Pero la libertad también tiene su lado oscuro. La libertad para elegir casi siempre va acompañada de la duda. Mientras más opciones haya para elegir, más dudas tendremos de haber elegido la mejor opción. Esto explica por qué muchas mujeres nunca se deciden a aceptar ningún hombre para casarse, quizás porque imaginan que siempre podrán encontrar un hombre mejor. Y así pasan los años y un buen día descubren que han perdido su belleza y juventud, luego dolorosamente reducen sus expectativas y abandonan la espera del príncipe azul para conformarse con un plebeyo gris.

Visto todo lo mencionado anteriormente, creo que lo mejor que pueden hacer aquellas parejas que recién inician su relación y que por ello están en la primera fase —que es también la más intensa y bonita— es abandonar todo para vivir juntos (incluso reproducirse si es posible). Hay que dejar de ser cobardes y entregarse al amor con todas sus consecuencias, sobre todo porque sabemos que es un fenómeno temporal y que a medida que pasa el tiempo se irá marchitando, como todo lo bello en la vida. Esperar a que el amor se haya calmado y aburguesado para recién tomarlo en serio es una actitud ciertamente mediocre de personas que evalúan el amor en términos de beneficios y ventajas como si se tratase de una transacción laboral o comercial. Hay que tomar el trastorno amoroso en serio cuando se presenta y experimentarlo plenamente con todo lo que venga. Y cuando el amor se acaba hay que asumirlo con valentía y resignación; al menos quedará el consuelo de haberlo vivido intensamente mientras duró.


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