El enamoramiento es un trastorno temporal que
afecta la percepción y el entendimiento del amante. Aunque esta definición psiquiátrica puede
parecer fría y poco romántica, todos aquellos que han padecido el amor y que
luego se han curado saben que es verdad (y como el amor también es ciego,
aquellos que están enamorados están impedidos para ver dicha realidad). Lo
cierto es que existe un desfase entre nuestra visión tradicional del «amor
eterno» y su duración real. En tiempos en que la mayoría de nuestros artefactos
cotidianos están perversamente fabricados con el mecanismo de la llamada «obsolescencia
programada», vale la pena preguntarnos si nuestro amor eterno también tiene
una caducidad encubierta que la enfermedad amablemente nos oculta.
En todo caso nos seguimos
enamorando torpemente pensando que la enfermedad durará para siempre, aunque la
evidencia disponible lo niegue repetidamente. Esta es justo una de las
características fundamentales del trastorno amoroso: la sensación de vivir un
sentimiento eterno que se extenderá infinitamente. Por eso el enamorado puede
repetir impune que su amor durará «para siempre». La realidad luego le pondrá
límites a esa supuesta eternidad.
Sabemos que el amor en
las sociedades occidentales tradicionales se vive de manera muy distinta que en
otras partes del mundo. En la sociedad occidental se suele vivir un largo
noviazgo antes de tomar el paso decisivo hacia el matrimonio. Aquellos que
pasaron por esta fase conocen bien sus consecuencias: se llega al registro
civil cuando la fase más intensa del amor ya ha pasado. Esto es una de las más
extrañas contradicciones del amor en Occidente. Se espera a que el amor
pasional haya pasado para tomar la decisión de casarse y vivir juntos para siempre, cuando es evidente que ese
«para siempre» nunca será como tan intenso como al inicio de la relación.
Algunas parejas no
entienden por qué ese entusiasmo inicial desparece con el tiempo y creen (equivocadamente)
que están haciendo algo mal. Luego leen penosos libros de autoayuda que
intentan reavivar la «llama de la pasión» en la relación, cuando dicha llama hace
tiempo se ha extinguido (los disfraces ridículos, látigos y fantasías eróticas
sólo sirven para aplazar lo inevitable). Pero esta caducidad no implica un
fallo en la relación; es más bien el curso natural de los afectos humanos. Lo que
está mal no es la naturaleza de nuestros sentimientos, sino las instituciones y
rituales que las envuelven. La gente se sigue casando con la idea de que ese
matrimonio durará para siempre o al menos debería hacerlo (justamente porque el
enamoramiento los trastorna con la perspectiva de la eternidad).
Sabemos que el vulgo es
sentimental y que en general sus sentimientos participan de la visión platónica
y cristiana que considera que ciertos afectos, como el amor, deben ser puros y
atemporales, o que ciertos valores, como los de la verdad y la justicia,
existen en un mundo ideal libre de toda contaminación humana. Podemos entender
que dichas personas han sido víctimas de un prolongado adoctrinamiento cargado
de idealismo platónico-religioso. Lo curioso es que dicha deformación cultural
también ha deformado los sentimientos naturales de estas personas. Ellos creen
que sus sentimientos realmente son
eternos y que existe la justicia en
el mundo y que el mundo debería ser
de determinada manera.
La caducidad del amor
tiene una explicación racional desde el punto de vista de la psicología
evolutiva. El amor se expresa fácticamente mediante la atracción física, y esto
tiene como objetivo final el sexo. Y la finalidad del sexo (aunque generalmente
no se practique como tal) es la reproducción. El amor romántico no es más que
la contraparte afectiva del sexo. Obviamente esto no es nada nuevo, pero muchos
investigadores del amor han descubierto ciertos patrones en la duración del
amor de pareja. Se suele decir que muchas parejas de separan tras cuatro o
cinco años de relación. Este periodo de tiempo no sería casual sino que tendría
una explicación evolutiva.
Hace miles de años,
cuando una pareja de cavernícolas se gustaban copulaban inmediatamente (¡claro
que antes el macho seducía a la hembra con un cariñoso mazazo en la cabeza!).
Tras las cópulas la hembra quedaba embarazada rápidamente así que los hijos
llegaban al comienzo de la relación afectiva (no uso la palabra «amor» por
precaución, ya que según algunos estudiosos el amor romántico como lo
entendemos hoy recién apareció en la Edad Media, específicamente en el siglo XI
en Italia). Suponiendo que una pareja tuviera dos hijos tras cuatro años juntos,
después de ese tiempo los hijos ya serían lo suficientemente grandes como para
buscar su propia comida y sobrevivir. Antes de esta edad los niños dependen
totalmente de los padres para conseguir alimento y protección, por lo tanto
conviene que los padres estén juntos durante ese tiempo (el humano recién
nacido es uno de los mamíferos más vulnerables y prematuros del reino animal).
Una vez cumplida cierta edad los niños requieren menos protección, así que los
padres ya no necesitan estar juntos para criarlos. Esto explicaría la caducidad
promedio de cuatro años en una relación afectiva. Y luego, dado que el Homo sapiens es una especie
predominantemente polígama, conviene buscar nuevas parejas para seguir poblando
el planeta.
La neurociencia también
ofrece una explicación paralela a la caducidad del sentimiento amoroso. El
cerebro enamorado libera una serie de sustancias químicas generando un
trastorno que modifica la percepción del agente y que conducen a un
comportamiento obsesivo (pensar en la persona amada constantemente). El
desgaste bioquímico es tal que el cerebro no puede aguantar demasiado tiempo y
debe necesariamente volver a su estado normal. Pero como el cerebro tiende a
ser adictivo, induce después al agente a encontrar otra persona para volver a
enamorarse y nuevamente liberar todas esas sustancias químicas para satisfacer
sus urgencias hedonistas.
Es verdad que estas
interpretaciones no son tan atractivas como los coloridos relatos contados en los
cuentos de hadas, pero ofrecen una buena explicación a la caducidad del sentimiento
amoroso. Si estas teorías son ciertas, el amor nunca fue concebido para durar para siempre. Debía tener una función
específica y temporal. De alguna manera el amor fue traicionado por el
idealismo cultural que le impuso exigencias de durabilidad que no podía
cumplir. Luego mucha gente se siente decepcionada porque sus afectos no logran
ser duraderos, como si hubiesen fallado.
La tragedia del amor en Occidente
es la siguiente: las parejas deciden vivir juntos y tener hijos cuando el amor
pasional ya está por extinguirse. Van al altar casi resignados a seguir juntos
por inercia y comodidad. Claro que cuando tienen hijos esto puede fortalecer y
prolongar la relación afectiva justamente porque los niños necesitan de la
asistencia de ambos padres. Por eso las parejas que suelen tener varios hijos
con ciertos años de diferencia tienden a durar más tiempo, los hijos les sirven
como una prórroga afectiva. En muchos casos la relación de pareja sobrevive al
límite de los cuatro años porque cuando se cumple este tiempo la pareja recién
decide vivir juntos y tener hijos, con ello iniciando una segunda temporada de cuatro años a partir del nacimiento del primer
hijo. Las parejas que deciden convivir sin casarse y sin tener hijos son un
caso distinto. En cierta manera logran «engañar» el declive de la pasión tras
el matrimonio, aunque al mismo tiempo, al no casarse y no tener hijos, están
más libres para separarse sin demasiadas molestias (perversamente uno también
podría pensar que no se casan ni tienen hijos porque en el fondo no creen en la eternidad de su amor).
Pero me parece lamentable
que las parejas esperen hasta que la fiebre del amor pasional haya bajado para
casarse y tener hijos. Claro que lo hacen movidos por razones puramente
instrumentales. Quieren estar seguros de la otra persona, quieren un buen
trabajo para garantizar una cómoda y apacible vida burguesa. Parece que el amor
romántico y tormentoso no fuera suficiente; quieren saber si existen otras
razones que los mantienen unidos. Pero luego se quejan de cierta frialdad y
quieren que la llama de la pasión se
mantenga encendida con la misma fuerza tras los años. Esto revela que existe
una contradicción entre los tiempos naturales y culturales del enamoramiento.
Mientras este desequilibrio no se ajuste la gente seguirá pensando que han
fracasado cuando sus sentimientos naturales hayan cambiado defraudando el ideal
del amor eterno.
La mentalidad occidental
suele criticar los matrimonios arreglados que se celebran en algunos países
orientales como, por ejemplo, la India. Se considera una violación a la
libertad individual. Creemos que cada uno debe tener el derecho a amar a quien
quiera por elección propia. Todo esto suena muy bien, pero en muchos casos esos
matrimonios arreglados ―aunque movidos por intereses económicos y sociales, más
que sentimentales— tienen un final feliz.
En muchos casos los novios, que apenas se conocen, son felices juntos y algunos
incluso llegan a enamorarse (dentro de los parámetros afectivos de su propia
cultura). Lo interesante en este caso es que si se llevan bien y se enamoran
poco a poco lo hacen estando ya casados; con ello vivirán la parte más intensa
del fenómeno amoroso en plena convivencia de pareja. Los hijos también llegarán
en ese periodo y gozarán de la protección de los padres.
Nuestra cultura considera
que ciertos valores, como la libertad y justicia, son sagrados. Creemos que ser
libres para elegir nos conducirá a una mayor felicidad. Pero la libertad
también tiene su lado oscuro. La libertad para elegir casi siempre va
acompañada de la duda. Mientras más opciones haya para elegir, más dudas
tendremos de haber elegido la mejor opción. Esto explica por qué muchas mujeres
nunca se deciden a aceptar ningún hombre para casarse, quizás porque imaginan
que siempre podrán encontrar un hombre mejor. Y así pasan los años y un buen día
descubren que han perdido su belleza y juventud, luego dolorosamente reducen
sus expectativas y abandonan la espera del príncipe azul para conformarse con un
plebeyo gris.
Visto todo lo mencionado
anteriormente, creo que lo mejor que pueden hacer aquellas parejas que recién
inician su relación y que por ello están en la primera fase —que es también la
más intensa y bonita— es abandonar todo para vivir juntos (incluso reproducirse
si es posible). Hay que dejar de ser cobardes y entregarse al amor con todas
sus consecuencias, sobre todo porque sabemos que es un fenómeno temporal y que
a medida que pasa el tiempo se irá marchitando, como todo lo bello en la vida.
Esperar a que el amor se haya calmado y aburguesado para recién tomarlo en
serio es una actitud ciertamente mediocre de personas que evalúan el amor en términos
de beneficios y ventajas como si se tratase de una transacción laboral o
comercial. Hay que tomar el trastorno amoroso en serio cuando se presenta y
experimentarlo plenamente con todo lo que venga. Y cuando el amor se acaba hay
que asumirlo con valentía y resignación; al menos quedará el consuelo de
haberlo vivido intensamente mientras duró.
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