Como todos los años, Moisés rompía las tablas de los Diez Mandamientos indignado por la masa de ignorantes pecadores que formaba lo que se suponía era el pueblo elegido. El viejo Charlton Heston tenía razón para estar enojado. Cerdos; así nunca entrarían al reino de los cielos. Estas escenas televisivas advertían con gesto amenazador la presencia de otro típico y celestial Viernes Santo. Pero estas señales ya no podían alcanzarme. Yo tenía un plan.
Apagué el televisor e imaginé a mi futura María, tal vez sentada también frente al televisor admirando la bíblica barba de Heston mientras se rascaba las nalgas. Entonces no tenía idea de que pronto llegaría un cliente, que a diferencia de los otros muchos hombres que satisfacía, estaba interesado fundamentalmente en el significado teológico de pecar en Viernes Santo. Aunque ella lo ignoraba, era una pieza de un plan antidivino, humano y sublime. Considerando que hacía mucho tiempo que estaba sexualmente inactivo y aprovechando la inevitable llegada de la Semana Santa, pensé que sería una buena oportunidad para realizar un pecado carnal de verdad. Había preparado mi plan tan cuidadosamente como Dios planificó hacer el mundo en 7 días. Pero a mí me tomó menos. Había calculado que dado el sentimiento de culpa cristiano generalizado existente en los países latinos, habría pocos tipos buscando sexo ese día; o al menos pocos dispuestos a pagarlo. Muchos esperarían hasta el sábado, en que, gracias a Dios, todos serían libres otra vez para pecar. Luego el domingo podrían nuevamente cambiar sus pecados por una misa, un par de rezos y uno que otro bostezo. Lo único que podía fallar era que las putas también quisieran tomarse el día libre para sentirse menos putas en un día tan simbólico. Aunque el papel de María Magdalena les quedaba muy bien y les permitía participar de la liturgia con cierta dignidad.
Como me tomo las prohibiciones religiosas muy en serio había decidido que debía comer de almuerzo una jugosa hamburguesa de res. Era perfecto, dos pecados indiscutiblemente carnales. Sabía bien que en muchas otras casas, en otras cocinas, la gente comía cosas que olían a pescado con una triunfal cara de satisfacción, esa que pone la gente cuando cree estar haciendo lo correcto. Es tan cómodo ser un buen cristiano. Pensé que debía acompañar mi sangriento almuerzo con música metal para crear un ambiente menos celestial, pero inmediatamente recordé que no tenía música metal ni me gustaba. Ese comportamiento disidente es de adolescentes rebeldes sin causa. Yo, que ya no era adolescente, era rebelde pero tenía causas perfectamente justificadas. Mi pecado sería una obra de arte. Una venganza sobre un pasado y una moral cristiana represiva que yo no había elegido pero cuyas consecuencias debía sufrir.
Había buscado el burdel más cercano a través del periódico y había llamado para preguntar si había chicas disponibles. Una mujer de voz ronca me contestó que ellas trabajaban todos los días del año. Me pareció muy considerado y amable que ofrezcan sus servicios todos los días. Definitivamente, debían ser mujeres que conocían bien a los hombres. El deseo sexual no acepta horarios de oficina. Mientras me bañaba pensaba en cómo sería mi María Magdalena. Pensé que debía ir muy limpio pues también esperaba que ella estuviese limpia para mí. Aunque sabía que era muy probable que su cuerpo estaría sucio con los olores y humores de otros hombres. Ni modo, eso era algo que yo no podía controlar. Al menos yo iría muy limpio para ella y ella me lo sabría agradecer.
Me secaba alegremente pensando en la ejecución de mi plan. Mi vecina del edificio de enfrente me miraba extrañada porque esta vez no me había desnudado frente a ella. Debo admitir que mi vecina me ha ayudado mucho durante mi tiempo de sequía sexual. Entre mi vecina y yo tenemos un juego erótico tácito. Yo salgo de la ducha para secarme y me ubico justo en la parte de la habitación donde ella puede verme desde su ventana. Ella se pasa toda la tarde tomando sol y poniéndose bronze. Nunca he podido verla de cerca pero desde la distancia que nos separa se ve que es una rubia muy guapa. Pero sus largas tardes al sol dorándose con un cálculo casi geométrico me hacen pensar que es una chica corriente en su categoría. Al menos le he dado la posibilidad de vivir algo excitante y perverso. Al comienzo tuve la esperanza de que ella siguiera mi ejemplo, pero eso hubiese sido demasiado cinematográfico; en la vida real esas cosas raramente pasan. Yo debía ser, como casi siempre, el protagonista que rompe con las restringidas reglas de la normalidad. Ella, que una vez me hizo señales para que me quitara de su vista, en el fondo debe estar muy agradecida. Es muy excitante que me mire sin querer mirar. Supongo que pensará que yo la fuerzo a mirar, la obligo a participar, tal vez como si la violara. Aunque eso también es algo que hace todo más excitante aún. Me convierto en exhibicionista y a ella la convierto en voyeur. Puede disfrutar del espectáculo y a la vez asumir el cómodo papel de víctima. Definitivamente, debe haber desarrollado ya el síndrome de Estocolmo, me odia pero cuando me vaya sé que pensará en mí con tristeza lanzando una mirada inútil a mi ventana cerrada. Hay días en que creo que está de mejor humor y decide participar más activamente, como por ejemplo, a veces se pone a saborear un helado durante mi función reemplazando freudianamente mi pene por su helado de fresa. El show es siempre el mismo. Me seco lentamente frente a su ventana y verla viéndome me excita al punto que me garantiza una satisfactoria masturbación en el baño. Luego regreso calmado y no la miro más. Supongo que mi indiferencia posterior me delata, pues sucede lo mismo en el sexo real. Luego me visto pero fuera de su alcance con el mismo pudor que muestran algunas mujeres que luego del coito se cubren como si algo hubiese cambiado. Tienen razón, antes y después del orgasmo las cosas definitivamente cambian. Aunque mi vecina aún no se atreve a imitarme al menos sí me permite observarla al vestirse en su ventana. Me ha revelado algo que sospechaba pero nunca había confirmado: Las chicas se prueban varias ropas incansablemente hasta que finalmente se deciden, como es predecible, por el primer trapo que se probaron.
Pero como decía, esta vez no me exhibí delante de mi hermosa vecina rubia. Supongo que ella habrá sospechado algo. De todas maneras al día siguiente seguí ofreciéndole mi show garantizando así la continuidad de nuestras cordiales relaciones vecinales. Ya en la calle podía oír el lejano barullo de la orquesta que dirigía la procesión. Era extraño pensar que la gente podía hacer cosas tan distintas al mismo tiempo. Me cruzaba con los viejos bien vestidos y los niños en sus mejores trajes domingueros (porque el Viernes Santo equivalía a un domingo reloaded). Muchos sonreían contentos y todo tenía esa aplastante y cristiana atmósfera familiar.
El burdel estaba a pocas calles de mi cueva y había calculado que la distancia me permitiría fumar un cigarrillo sin prisas. Empezó a llover ligeramente, pero no era una lluvia capaz de detener las cosas que ya se habían puesto en marcha. Pensé en Dios. Dios había mandado hacer llover para intentar sabotear mi plan. Yo, que había invocado las fuerzas del lado oscuro, sabía que esa débil lluvia era el producto de una guerra en el cielo. Era conmovedor pensar que Dios mandase un nuevo diluvio sólo para evitar mi pecado, considerando que eso arruinaría también la procesión de miles de creyentes compungidos que arrastraban sus adoloridos pies tras la imagen del crucificado. Era hermoso pensar que Dios pensaba tanto en mí en esos momentos. Yo, que he juzgado también a Dios, sé que es culpable de doblegar a tantos débiles de espíritu y mente. Aunque pensándolo bien, se lo merecen. Los débiles deben ser dominados. Este dios es peligroso pues no es tonto y tiene demasiado poder. Es verdad que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Dios era culpable por hacer del sexo un pecado y corromper y condenar el placer por ya más de dos milenios. Mi sequía sexual era también parte del daño colateral de sus malas artes. Pero hoy Dios iba a recibir su castigo y María Magdalena me estaba esperando para ejecutar mi plan antidivino. En el camino sentí ganas de rezar y como no me sé bien el Padre Nuestro pensé que debía cambiar las letras para hacer un rezo más acorde con la situación. Mis plegarias iban más o menos así:
María nuestra, que estás en la cama
grandes y duras sean tus tetas
muévenos tu culo como se lo mueves a otros
déjanos probar el fruto de tu coño pelado
líbranos del sida y de toda conversación
y no nos cobres más de lo debido
así como nosotros no pagamos menos por lo recibido
Amén.
La jefa era como la mayoría de las proxenetas, vieja y gorda. Seguramente una puta retirada que por fin había realizado el sueño de todo trabajador: ser su propio jefe. Cargaba un manojo de llaves en la mano como señal inequívoca de ser quien abre las puertas y controla todos los movimientos. Me hizo pasar a una habitación sin ventanas donde debía esperar el desfile de las chicas y elegir la que más me gustaba. Como en cualquier burdel corriente, la cama doble tenía un gran espejo en la cabecera y una pequeña mesa de noche con una lampara que iluminaba la habitación a media luz. Me sentía nervioso como si fuese mi primera vez (pues es verdad que la primera vez puede darse varias veces). Cuando pasaron las primeras dos candidatas inmediatamente me di cuenta de que mi María Magdalena no iba a ser una criatura celestial a la altura de mi obra. Había caído en un burdel de putas veteranas y rollizas. Creo que la mayoría debía haber pasado ya la barrera de los 35. Mujeres con cuerpos pesados y sin gracia. Mujeres con las que podría cruzarme en el mercado del barrio sin siquiera lanzarles una mirada. Pero no me podía quejar, 30 euros era el polvo más barato del mercado y por ese precio no me iba a tirar una sacerdotisa griega. Elegí a la brasileña por sus tetas y su pelo rubio teñido; era lo más parecido a un pasado mejor (he olvidado su nombre de combate, pero da igual, para mí era María). Hablaba mezclando portugués con español así que como yo pensaba que no me entendía bien terminé hablándole como Tarzán (yo Tarzán, tú puta), como se habla a los niños y a los idiotas. Nuestro diálogo era absurdo pero menos mal que la idea de pagar por sexo es justamente pagar por el derecho a no tener que hacer conversación previa alguna.
Siempre el servicio debe empezar con una buena felación. Supongo que sirve para garantizar una buena erección y un desenlace feliz. Mientras hundía su cabeza entre mis piernas podía ver las raíces negras de su pelo amarillo mal pintado. Me preguntaba cada cuanto tiempo debía teñírselo de nuevo. De pronto María se echó en la cama, abrió las piernas y se golpeó los muslos vigorosamente mostrándome su coño afeitado y exclamando con energía ¡fóllame! La escena era casi cómica, es difícil tomarse el erotismo en serio en tales circunstancias. Sin embargo, decidí ser muy obediente e intentar hacer un buen papel. Pensé que también tenía derecho a decir algunas cochinadas y sabía que ella estaba entrenada para consentirlas. Me animé a decirle cosas como ¿te gusta que te la meta verdad? Y ella, que era muy puta, me contestaba ¡sí, sí, fóllame así!
Todo está consumado. Me quedé tirado en la cama jadeando mientras María me limpiaba el semen sobrante con un trozo de papel higiénico y me decía con poca convicción que qué buen polvo. Y yo pensaba, sí, pero un polvo santo. Es muy feo tener que vestirse inmediatamente después de un polvo. Dan ganas de simplemente quedarse tirado un rato. Supongo que esa es una de las ventajas del sexo gratuito entre parejas de verdad: poder quedarse quieto un rato sin hablar. Pero la mecánica del comercio sexual no tiene consideraciones humanitarias. Cada minuto extra cuesta. Por hacer alguna conversación mientras me vestía le pregunté que hace cuánto tiempo estaba en Madrid. Me dijo que unos meses pero que estaba ahorrando porque a fin de año pensaba poner una peluquería. Es triste cuando las putas se avergüenzan de su trabajo y te dicen siempre que su oficio es temporal. Sentí ganas de preguntarle si le molestaba trabajar en Viernes Santo y quise contarle algo de mi plan del cual ella había formado parte sin saberlo. Quise decirle que acabábamos de escenificar el coito entre María Magdalena y Jesús que se negaba a ser crucificado. Jesús arrepintiéndose de su inicial doctrina de la debilidad y asimilando el carácter de los fuertes y rapaces dioses grecorromanos. El triunfo del placer y el cuerpo sobre la renuncia del alma ascética. La victoria sobre Platón y los despreciadores del cuerpo y la alegría vital. Luego, el diluvio ordenado por Dios para ahogarme en el camino y la gran batalla en el cielo. Mi jugosa hamburguesa en el almuerzo. En fin, el acto tenía dimensiones religiosas y metafísicas inconmensurables, pero pensé que toda esta explicación estaría de más.
En la calle me temblaban aún las piernas y sólo quería encontrar un lugar donde poder sentarme un rato. Finalmente llegué a mi cueva sintiéndome vencedor, sucio y pecador. Antes de meterme a la ducha pude distinguir en mi piel el extraño olor de María. El inconfundible aroma de puta barata. Un olor dulzón, penetrante e insolente; de esos difíciles de olvidar.
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