Pero no se lo digas a nadie, tía, es algo fuerte.
Tranquila tía, no diré nada. Seguro que te has liado con algún chico. Bueno, ya cuenta, y no descuides los detalles...
Las chicas reían jovialmente mientras Juan, desde su asiento, intentaba seguir la conversación. Se preguntaba si las chicas se bajarían antes que él impidiéndole escuchar toda la historia. Cada pasajero tenía una parada y un destino; las paradas ajenas siempre le habían intrigado y se entretenía inventando absurdas teorías sobre los motivos que obligaban a los otros a bajar. Sabía que el mundo estaba lleno de secretos, pero como eran secretos la gente no lo sabía o fingía no saberlo. El secreto siempre era un medio para ejercer un poder.
Entonces me llamó en la noche como a las 10.30 y me dijo para quedar el sábado para una copa.
¡Qué fuerte tía! ¿Y qué le dijiste?
Le dije que vale pero que hablábamos antes para confirmar...
De niño, Juan estaba convencido de que todos sus amigos, familiares y vecinos, conocían un gran secreto, una información vital cuya revelación le daría el poder de un dios, pero al igual que Adán en el paraíso, se negaban a revelar para mantenerlo siempre en su limitada condición mortal. Tal vez ese terrible secreto había sido el culpable de su mediocridad actual, sus estudios ordinarios de contabilidad, su insignificante pero cómodo puesto en la burocracia estatal; su corbata barata y zapatos desgastados; sus alegrías y miserias de hombre pobre pero honrado. Sin duda, su apariencia de oficinista hacía que los motivos de su parada no fuesen un secreto para nadie. Era esa falta de misterio, esa predictibilidad en sus gestos y palabras lo que le resultaba insoportable. Juan seguía la conversación en paralelo con sus pensamientos. Se dio cuenta de que él también, involuntariamente, sería cómplice del secreto de esas chicas. Pero siempre había sido igual, todos los secretos que alguna vez manejó fueron ajenos, y en cada caso estuvo tentado en contarlos sólo para que alguien supiera que él un tenía secreto, aunque fuese ajeno.
En el bar tomamos una cerveza, luego dos y tres y no sé cuantas más.
Emborracharse en la primera cita; mmm… eso es peligroso.
No siempre; depende de las intenciones que tengas...
Una de las chicas llevaba el pelo suelto que invadía el respaldar del asiento; la otra llevaba el pelo amarrado con una liga roja. Entonces no pudo evitar recordar a una lejana niña llamada Alicia. Hace mucho tiempo, en el colegio, Juan también había revelado secretos y traicionado la sagrada confraternidad masculina. Como en casi todos los casos, había vendido la amistad por el amor, o al menos, la esperanza del amor. Pero Alicia, esa bella niña de coquetas coletas, era capaz de provocar la peor de las traiciones. Su amigo Miguel le había confiado su devoción por esa niña inalcanzable para Juan y para casi todos los mortales de su clase.
¿Entonces lo hicieron o no?
Lo hicimos a medias, tú sabes, juegos y cosas así.
Qué perra...
Juan le había contado cosas feas a Alicia sobre Miguel para así arruinar las intenciones conquistadoras de su amigo. Miguel nunca se enteró quién le había traicionado pero aseguró que si se enteraba le iba a partir la cara a ese hijo de puta. Lo que me han hecho es un putada, lo más maricón que he visto, había exclamado. Juan había asentido con la cabeza con poca convicción ante las amenazas de su amigo. Ya no quedan hombres en este mundo, agregó Juan hipócritamente. Alicia le había jurado que no lo delataría y esa promesa era para Juan, sino un gesto de amor, al menos un gesto de complicidad que creaba entre los dos algo precioso, un secreto, al fin. Con eso podría vivir.
¿Y qué vas a hacer con él ahora?
No sé, el tío me llama y está algo desesperado, creo que se ha pensado otra cosa.
Tal vez se ha pensado esta tía es fácil y conviene quedármela.
Tal vez, pero no parecía de esos...
Juan podía sentir en sus dedos el húmedo y limpio pelo castaño de la chica que contaba su secreto sentada delante de él. Sujetaba el tubo del asiento y disimuladamente acariciaba con el revés de la mano los rizos de la chica ―aprovechando los movimientos del autobús en cada curva— y se imaginaba si así de suave serían ahora los alegres rizos de Alicia. De su asiento podía percibir el agradable olor a primavera que despedían las chicas y se preguntaba cómo algunas chicas podían oler así, siempre tan frescas y limpias. Se preguntaba si Alicia había conservado su secreto después de tantos años, secreto que era finalmente una tontería pero en aquellos días adolescentes todo parecía tener la importancia de un secreto de Estado. Pensó en buscar a Alicia y preguntárselo, sería una buena excusa. Sabía que estaba casada con hijos y que ya no usaba coletas. Aún así, el secreto entre los dos podría merecer una visita.
¿Y si se entera Javier?
Imposible, no hay testigos. Además, él salió con los colegas ese día y seguro que se fueron a ligar. No me lo dice, pero yo conozco a sus amigotes.
Tranquila tía, los hombres siempre quieren ligar, otra cosa es que de verdad liguen...
Miguel nunca pudo cumplir su amenaza ni descubrió al traidor porque unos años después del colegio se mató en un accidente de tránsito, esos accidentes que ocurren los domingos de madrugada entre jóvenes borrachos, osados e invencibles y que el noticiero nocturno apenas dedica unos segundos porque esas noticias ya no interesan a nadie. A pesar de que Miguel había sido su compañero de clase durante cinco años Juan no sintió nada cuando escuchó la noticia. Aunque la muerte de Miguel no le dejó indiferente del todo, tuvo que soportar la molestia de sentirse más viejo. Tal vez porque la muerte está siempre rondando a los viejos. La muerte ajena siempre conduce a algún fastidioso tipo de balance y reflexión. Juan había ido al entierro con su único traje gris oscuro que usaba indistintamente para entierros y matrimonios, ambas ceremonias pesadas por su estricto protocolo. Nunca pudo dar un pésame convincente, tal vez porque en verdad no lo sentía o no sabía mostrar sus sentimientos o simplemente porque todo el asunto le parecía obsceno. Había aprendido, al menos, que en los matrimonios era mejor cruzar las manos por detrás y en los entierros cruzarlas por delante. Nunca había entendido porqué de tal distinción. Y ahí, con las manos cruzadas por delante, frente al frío cuerpo de Miguel, Juan había confesado su traición. Pero a Miguel, ya muerto, no parecía importarle demasiado. Alicia también había ido pero ambos pensaron que era poco apropiado hablar del pasado y de las infructuosas tentativas de Miguel por seducirla. En fin, esas eran cosas de niños. Además, de los muertos sólo se pueden decir cosas buenas, sobre todo cuando aún están frescos.
Mira, me acaba de mandar otro mensaje. El tío me está dando un poco de miedo, me manda mensajes al móvil a cada rato. Sólo un idiota no se daría cuenta de que no me interesa.
Tal vez se hace el idiota.
Sea idiota o no, es un pesado, si Javier me revisa los mensajes del móvil estoy jodida.
Borra los mensajes y ya está.
¿Estás loca? Los necesito como trofeos de guerra. Siempre es interesante ver hasta cuánto puede arrastrarse un tío....
Juan nunca se atrevió a intentar algo con Alicia. Tal vez porque ya sabía que no tenía posibilidades. Al menos, debía reconocer el valor de Miguel. Juan había sido siempre el compañero tranquilo buena gente que nunca hacía travesuras ni copiaba en los exámenes ni destacaba en los deportes. No destacaba en nada. Esos tipos que nunca se saltan un semáforo en rojo. En fin, de esos que las chicas populares consideran invisibles y que sólo descubren para pedir un bolígrafo o el resumen de la tarea. Alicia una vez le pidió la tarea de religión. Juan, que siempre fue un niño obediente, había ido a misa todos los domingos para escuchar las palabras del sacerdote del pueblo. No las escuchaba por interés o por un precoz fervor religioso; sólo lo hacía porque el profesor de religión les exigía como tarea tomar apuntes del sermón de la misa dominguera. Una forma de extorsión que lejos de formar creyentes sólo formaba hipócritas y ateos resentidos. Un hombre se sentó en el asiento de al lado. Juan le miró de reojo con desconfianza. El hombre pronto captó la conversación de las chicas y por momentos sonría divertido con disimulo como si riera por cosas que recordaba. Juan, quien era hasta entonces el único testigo cercano de la conversación, se enfadó pensando que otro también compartiría la historia.
El otro día me encontré con un antiguo compañero del colegio, está gordo pero parece que le va bastante bien. Me dijo para quedar un día.
¿Y qué vas a hacer si te llama? Esos reencuentros del colegio...
Creo que siempre tuvo fijación por mí pero en esos días era un capullo, esos empollones que no se levantan nada. Supongo que ya habrá cambiado...
En una de las clases de educación física Juan había recogido en el patio una liga roja que sostenía una de las preciosas coletas de Alicia. Alicia la había estado buscando con desesperación pues la ausencia de una liga arruinaba por completo la indiscutible simetría de sus hermosas coletas. Al abandonar la búsqueda se resignó a hacerse una única cola con la liga que le quedaba. Juan recogió la liga y la apretó con fuerza en su temblorosa mano adolescente. Por fin, un fetiche de amor. La liga contenía el suave aroma del pelo de Alicia y varias veces Juan durmió con ella sujeta a su muñeca derecha. Luego la guardó en una cajita especial para así conservar en lo posible su precioso olor a primavera. El intercambio era justo, Alicia lo había utilizado para sus propios fines y él había conservado su liga para los suyos. Al terminar el colegio Juan dejó de ir a misa porque ya no era necesario. El primer domingo que no fue se dio cuenta que no creía en Dios. Tuvo miedo y se sintió más solo que nunca. En la tarde llamó a Alicia para preguntarle si Dios existía. Ella se río, le dijo tonto y le dijo también que Dios existía aunque él no lo creía. Juan se tranquilizó y quiso invitarla a salir y confesarle la historia de su liga roja, pero no se atrevió. Fue la última vez que la llamó.
Me dijo que tenía algo mío del colegio, algo que yo perdí y que él había guardado por muchos años.
Uy, esos tipos que guardan cosas desde el colegio son los que luego son sicópatas o asesinos en serie.
Tal vez, pero con eso despertó mi curiosidad, tal vez lo vea sólo por eso.
Juan no estaba casado. Como muchos hombres, alguna vez había amado a una mujer hermosa, y como muchos, la había perdido. Luego esperó pacientemente hasta encontrar otra, pero nunca llegó. Las mujeres bellas están reservadas para los hombres ricos o interesantes. Juan no era ni uno ni lo otro. Siempre había sido sólo un buen chico. Se requiere cierto valor para ser malo y romper las reglas. Juan había recriminado a los chicos malos de su clase por su conducta por razones morales pero en el fondo era envidia por no atreverse a ser como ellos. Juan era un cobarde pero no lo sabía; prefería pensar que era bueno por sus principios y no por su cobardía. Había sido siempre el ejemplo de buena conducta, el niño bueno, el tranquilo, el marica... Pero las chicas se levantaron de pronto para bajar en la próxima parada. Juan hizo un esfuerzo por ver sus caras pero el autobús iba lleno y sólo pudo ver sus perfiles. Quiso gritar: ¡eh Alicia, tengo tu liga! Pero se quedó callado. Y eso fue todo. Encogido y avergonzado, sintiéndose estúpido, miró al hombre a su lado para ver si le observaba.
El autobús siguió su recorrido normal. Todo era como siempre. Faltaba también poco para la parada de Juan y poco también para luego entrar, como todos los días, a su triste oficina. Pero Juan no parecía estar triste. Había descubierto con satisfacción que él también tenía un secreto. Insignificante como muchos, pero al fin y al cabo, un secreto. Entonces, sin poder contenerse, se dirigió al hombre de al lado.
Disculpe, tengo que decirle algo.
¿Sí, dígame?
El hombre no parecía estar sorprendido.
Yo tengo un secreto.
Sin mirarlo y con aire pensativo, se tomó unos segundos antes de contestar.
Lo sé, yo también.
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