La mirada del ciego
Estoy ciego y no puedo ver más que mis recuerdos, todos sobre un telón negro. He aprendido a ver cosas invisibles, como la compasión, el temor y la mentira. Puedo ver cuando me miran mientras creen que no me doy cuenta, pues cuando me miran de reojo, callan. No pueden hablar y mirar al mismo tiempo, deben quedar demasiado fascinados con mi mirada de ciego. También he perdido el antiguo pudor, puedo ahora, sin vergüenza alguna, rascarme la nariz, hacer bolitas de moco y lanzarlas al negro vacío con la satisfacción de que se me perdonará, como la travesura de un niño, un niño ciego.
Al ciego se le perdona todo, pues ¿qué mayor castigo se le podría dar?, le queda tiempo nada más para merecerlo. Queda pues amigos mucho mal por hacer hasta reestablecer la justicia en el mundo. De no ser así podría llegar a la lamentable conclusión de que Dios es injusto, y necesito creer en él tanto como en mi bastón. Aunque no exista, alguna luz debe quedar tras su ausencia.
He perdido también el viejo sentimiento de culpa por levantarme en medio de la noche, dormir de día, qué más da. Son viejas preocupaciones de los videntes. Invento pues, como un animal ocioso, el día y la noche. Me divierte mucho construir historias con las frases que mis oídos recogen al azar en mi diario camino a ninguna parte. Hay tanta estupidez y profundidad en el mundo. Palabras al vacío, genialidades perdidas para siempre.
Ha aprendido a renunciar a mi orgullo y ser un pobre ciego inútil, necesitado de los demás. Es tan fácil dar lástima. A veces me siento mal por aprovecharme de la compasión ajena, pero recuerdo mi castigo, y sé que es justo, pues tampoco nací para ser santo. Alguien debe pagar también el derecho a leer las cosas que escribo y que yo mismo nunca leeré.
Tal vez lo más extraño de ser ciego es convertirse en objeto sin hacer lo mismo con el resto. Es el otro lo que nos impide ser únicos, pues la mirada ajena nos convierte inevitablemente en cosa. Soy una cosa que no cosifica. Tal vez es esta realidad la que hace tan aterradora la mirada del ciego.
Mis sentidos restantes ya han evolucionado buscando restablecer mi equilibrio vital. Puedo ya desde lejos reconocer el olor de una bella mujer. El olor se hace más intenso mientras se acrecienta el sonido de sus tacos sobre el asfalto. Entonces la veo bella. La mujer que no huele bien desde lejos o camina haciendo intervalos irregulares es definitivamente fea. Los hombres huelen a perro, mucho más de lo que ellos imaginan. Caminan también con mayor rapidez como si se estuvieran perdiendo algo o llegando siempre tarde.
He aprendido también a renunciar, pues desde que se apaga la luz en el mundo la belleza real desaparece y todo se vuelve ideal. Vivo en el enigmático mundo platónico, flotando entre la idea de la belleza y la verdad, cosas que sólo un ciego puede ver.
Al ciego se le perdona todo, pues ¿qué mayor castigo se le podría dar?, le queda tiempo nada más para merecerlo. Queda pues amigos mucho mal por hacer hasta reestablecer la justicia en el mundo. De no ser así podría llegar a la lamentable conclusión de que Dios es injusto, y necesito creer en él tanto como en mi bastón. Aunque no exista, alguna luz debe quedar tras su ausencia.
He perdido también el viejo sentimiento de culpa por levantarme en medio de la noche, dormir de día, qué más da. Son viejas preocupaciones de los videntes. Invento pues, como un animal ocioso, el día y la noche. Me divierte mucho construir historias con las frases que mis oídos recogen al azar en mi diario camino a ninguna parte. Hay tanta estupidez y profundidad en el mundo. Palabras al vacío, genialidades perdidas para siempre.
Ha aprendido a renunciar a mi orgullo y ser un pobre ciego inútil, necesitado de los demás. Es tan fácil dar lástima. A veces me siento mal por aprovecharme de la compasión ajena, pero recuerdo mi castigo, y sé que es justo, pues tampoco nací para ser santo. Alguien debe pagar también el derecho a leer las cosas que escribo y que yo mismo nunca leeré.
Tal vez lo más extraño de ser ciego es convertirse en objeto sin hacer lo mismo con el resto. Es el otro lo que nos impide ser únicos, pues la mirada ajena nos convierte inevitablemente en cosa. Soy una cosa que no cosifica. Tal vez es esta realidad la que hace tan aterradora la mirada del ciego.
Mis sentidos restantes ya han evolucionado buscando restablecer mi equilibrio vital. Puedo ya desde lejos reconocer el olor de una bella mujer. El olor se hace más intenso mientras se acrecienta el sonido de sus tacos sobre el asfalto. Entonces la veo bella. La mujer que no huele bien desde lejos o camina haciendo intervalos irregulares es definitivamente fea. Los hombres huelen a perro, mucho más de lo que ellos imaginan. Caminan también con mayor rapidez como si se estuvieran perdiendo algo o llegando siempre tarde.
He aprendido también a renunciar, pues desde que se apaga la luz en el mundo la belleza real desaparece y todo se vuelve ideal. Vivo en el enigmático mundo platónico, flotando entre la idea de la belleza y la verdad, cosas que sólo un ciego puede ver.
Se acerca el verano y las cosas empiezan a apestar más que de costumbre. El aroma de pelo de mujer recién lavado se entremezcla con el olor a hombre sudado. Las gente se descompone rápidamente y no se da cuenta. Yo mismo apesto más pero me da igual. Ninguna bella mujer se acercará a olerme, pues bien, que se me acerquen los perros.
Ser ciego es convertirse en un árbol, una pared o una casa abandonada. Es ser una cosa disponible al uso público pero sin nadie interesado en usarla. Un juguete roto tirado en la azotea de los recuerdos olvidados.
Soy un antibiótico visual irreversible, con la mirada elimino para siempre tanto la belleza como la fealdad. Y quedo suspendido en una oscura neutralidad, guiándome a través de ella con mi nariz, mis orejas y mis manos extendidas.
Ser ciego es convertirse en un árbol, una pared o una casa abandonada. Es ser una cosa disponible al uso público pero sin nadie interesado en usarla. Un juguete roto tirado en la azotea de los recuerdos olvidados.
Soy un antibiótico visual irreversible, con la mirada elimino para siempre tanto la belleza como la fealdad. Y quedo suspendido en una oscura neutralidad, guiándome a través de ella con mi nariz, mis orejas y mis manos extendidas.
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