Pensamientos de un buen salvaje
Escapar del planeta azul es imposible. A pesar de nuestra insistencia, nuestros saltos no logran separarnos del suelo, y el cielo nos devuelve siempre las piedras arrojadas al implacable sol. Nuestros cráneos aún contienen las huellas de los impactos. Mientras tanto, hemos intentado aprovechar nuestra involuntaria estadía. Se nos ha pedido sonreír a los demás, dejar de comer con las manos, aprender los bailes modernos y disfrutar y sufrir con las hordas bárbaras que nos alimentan.
Condenados a una existencia banal y efímera, nos han obligado a perder el tiempo en actividades productivas. Nos han enseñado la importancia del ahorro, el control y la mesura. Hemos renunciado a la plenitud del mundo por una vida de carencia y austeridad. Hemos postergado el placer terrenal por promesas de futuros bacanales celestiales.
Sus dioses nos odian. Hemos despreciado la promesa de un cielo eterno por la incertidumbre de una existencia efímera de placer y dolor. Sus golpes nos hieren pero no nos matan. Lamemos nuestras heridas, las cicatrices tatúan nuestra piel y nos acompañan en nuestro azaroso andar en busca de carroña fresca.
La fealdad repta por las calles. Trepa por las paredes y se instala en las ventanas y en las puertas entreabiertas. Sonríe mostrando sus dientes falsos y sus malvados ojos apagados. La debilidad ha tomado el poder y gobierna con las uñas carcomidas y las manos amarillas del resentimiento. Los antiguos señores de la palabra certera se han convertido en mentirosos vasallos arrodillados ante el nuevo orden.
La compasión nos ha invadido como un parásito que duerme bajo la piel; forzada simbiosis que se alimenta de nuestra cobardía. La tentación del amor nos corrompe; el temor a la soledad y al frío; la sensación de perderse algo irreemplazable; la ambición de poseer la belleza y el color.
Siempre habrá tiempo suficiente para olvidar. Mientras tanto, seguimos fascinados por la falta de sentido y la inevitable gratuidad de las cosas. Somos agradecidos residuos del combate de los elementos. No seremos nosotros quienes traicionen la hermosa necesidad de lo real.
Pronto el sol nos calentará sobre las piedras olvidadas. Lentamente la sangre volverá a correr, ajeno al mundo y a las cosas. La lengua enrollada espera el paso de moscas inocentes. Nuestro viejo cerebro reptiliano no siente el dolor del deseo ni el inevitable tedio de la vida. Rendidos a la inmediatez, celebramos la muerte de la memoria y la afirmación del eterno presente.
El verano nos atrapó por sorpresa. El despiadado sol nos persigue en las calles y en las plazas. Nos ocultamos en las esquinas y en las amistosas sombras dispersas en el desierto urbano. Reducimos nuestras funciones vitales a respirar y pensar en los lejanos días de invierno. Nosotros nunca pedimos tanta luz y ahora no sabemos qué hacer con las interminables horas estivales. Nuestras manos sudan, blandas, vencidas e inútiles. Hemos seguido el rastro de las hormigas pero ellas parecen estar siempre ocupadas en cosas que nuestros entumecidos cerebros no alcanzan a comprender.
Hemos agotado las reservas de la memoria. Todos los días fueron ayer, todos los años son el año pasado, los aplazamientos eternos se reducen a lo que pudimos haber hecho hace un rato. Envejecemos en silencio sin pena entre siesta y siesta. Sólo el cuerpo tiene memoria; el pasado enquistado en la carne, grabado sobre la piel marchita; tatuado en las huellas de combates lejanos.
Condenados a una existencia banal y efímera, nos han obligado a perder el tiempo en actividades productivas. Nos han enseñado la importancia del ahorro, el control y la mesura. Hemos renunciado a la plenitud del mundo por una vida de carencia y austeridad. Hemos postergado el placer terrenal por promesas de futuros bacanales celestiales.
Sus dioses nos odian. Hemos despreciado la promesa de un cielo eterno por la incertidumbre de una existencia efímera de placer y dolor. Sus golpes nos hieren pero no nos matan. Lamemos nuestras heridas, las cicatrices tatúan nuestra piel y nos acompañan en nuestro azaroso andar en busca de carroña fresca.
La fealdad repta por las calles. Trepa por las paredes y se instala en las ventanas y en las puertas entreabiertas. Sonríe mostrando sus dientes falsos y sus malvados ojos apagados. La debilidad ha tomado el poder y gobierna con las uñas carcomidas y las manos amarillas del resentimiento. Los antiguos señores de la palabra certera se han convertido en mentirosos vasallos arrodillados ante el nuevo orden.
La compasión nos ha invadido como un parásito que duerme bajo la piel; forzada simbiosis que se alimenta de nuestra cobardía. La tentación del amor nos corrompe; el temor a la soledad y al frío; la sensación de perderse algo irreemplazable; la ambición de poseer la belleza y el color.
Siempre habrá tiempo suficiente para olvidar. Mientras tanto, seguimos fascinados por la falta de sentido y la inevitable gratuidad de las cosas. Somos agradecidos residuos del combate de los elementos. No seremos nosotros quienes traicionen la hermosa necesidad de lo real.
Pronto el sol nos calentará sobre las piedras olvidadas. Lentamente la sangre volverá a correr, ajeno al mundo y a las cosas. La lengua enrollada espera el paso de moscas inocentes. Nuestro viejo cerebro reptiliano no siente el dolor del deseo ni el inevitable tedio de la vida. Rendidos a la inmediatez, celebramos la muerte de la memoria y la afirmación del eterno presente.
El verano nos atrapó por sorpresa. El despiadado sol nos persigue en las calles y en las plazas. Nos ocultamos en las esquinas y en las amistosas sombras dispersas en el desierto urbano. Reducimos nuestras funciones vitales a respirar y pensar en los lejanos días de invierno. Nosotros nunca pedimos tanta luz y ahora no sabemos qué hacer con las interminables horas estivales. Nuestras manos sudan, blandas, vencidas e inútiles. Hemos seguido el rastro de las hormigas pero ellas parecen estar siempre ocupadas en cosas que nuestros entumecidos cerebros no alcanzan a comprender.
Hemos agotado las reservas de la memoria. Todos los días fueron ayer, todos los años son el año pasado, los aplazamientos eternos se reducen a lo que pudimos haber hecho hace un rato. Envejecemos en silencio sin pena entre siesta y siesta. Sólo el cuerpo tiene memoria; el pasado enquistado en la carne, grabado sobre la piel marchita; tatuado en las huellas de combates lejanos.
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