Una mosca vuela ignorando nuestra humanidad mientras bostezamos aburridos ante el ajetreo del mundo. Ahora que la civilización occidental llega su fin tendremos tiempo de sobra para hacer más crucigramas. Hay demasiada belleza al final de las cosas como para lamentarse o intentar detener el proceso.
Es buen momento para cambios imposibles, planes a plazo infinito; es buena hora para detenerse a admirar el paisaje. Recoger las ruinas de la riqueza y la acumulación.
Los ricos serán menos ricos y los pobres morirán, pero finalmente no será para tanto, siempre habrá un rincón limpio y seco donde podremos echarnos la siesta.
Los hombres serios y tristes de traje gris siguen jugando a salvar al mundo. Ignoran que sus camisas rosadas y sus zapatos lustrosos nada podrán hacer para revertir la extinción. Los sabios idiotas se rascan la cabeza mientras buscan fórmulas mágicas para volver a la tediosa normalidad.
Las hordas hambrientas e impacientes babean mientras se preparan para saquear las últimas tiendas en pie. Se levantan nuevas barricadas en las calles. Las últimas latas de comida caducadas se acumulan tristemente en el trastero.
El temor se ha mudado al vecindario. Se pasea altivo por nuestras sucias calles; nos observa de reojo con desprecio. Conoce nuestras derrotas y sabe lo que guardamos en el cajón. Vergüenzas inefables camufladas entre los calcetines impares. Secretos impronunciables. La mirada del odio y la sospecha.
Hay que volver a los subterráneos; a las cuevas oscuras que habíamos abandonado por tanto tiempo fascinados por la luz del sol que iluminaba las cosas con claridad y distinción. Es tiempo de regresar a las sombras, confundir nuestros abatidos cuerpos con la noche perpetua.
Vigilamos el horizonte y esperamos con fascinación la venida de la nueva especie, más fuerte, mejor vestida y tal vez con más imaginación. La superficie del planeta azul se estira y despereza mientras se inicia un nuevo orden, un nuevo plan que ya no nos incluye.
El desorden se apodera del mundo como un nuevo dios aplastando a todos los que no creyeron en él. A todos aquellos que se arrodillaron ante el dios del progreso y la previsión. A los que hasta ahora no creían en su propia desaparición y pensaron formar parte de algún significado trascendental. A los que imaginaron que la muerte era algo más que la disolución de la materia organizada y el fin del drama biológico.
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